Me despisté y se me saltó la fecha, pero el pasado viernes 4 de septiembre se cumplían cien años del nacimiento de Iván Illich en Viena. Hoy no son muchos los que se acuerdan de él, pero fue una verdadera estrella en el escenario intelectual de los años 70 y 80, años en los que el deslumbrante despliegue de sus potentes y ácidas críticas a las doctrinas del “desarrollismo” entonces imperante –entre ellas las dirigidas a los sacrosantos pilares de la escolarización obligatoria y el moderno sistema sanitario– le confirió una gran proyección internacional.

El pensamiento de Iván Illich (1926-2002) sacerdote afín a los planteamientos de la Teología de la Liberación, crítico, historiador, sociólogo y antropólogo cultural, además de apasionado polemista– suele encuadrarse en la contracultura de los 60, pero su lectura resulta especialmente pertinente y acuciante en estos tiempos, cuyos rumbos él supo diagnosticar conforme a criterios que no han hecho más que cobrar actualidad.

Resulta imposible dar cuenta ni siquiera sumarísima de los asuntos en que intervino, provisto de una cultura y de una memoria verdaderamente portentosas. Baste decir que el haberse embebido en su juventud de la alta cultura centroeuropea, sumado a su hondo conocimiento de la sociedad y de las culturas estadounidense y latinoamericanas, lo proveyó de una agudeza analítica y de una amplitud de miras que convierten su obra en una mina inagotable de sorpresas, de perspectivas sugerentes, de nuevas y fértiles categorizaciones, útiles para abrirse paso, también hoy, en los más diversos campos, algunos tan pugnaces como la ecología, las teorías de género o la inteligencia artificial.

Tan crítico –en aquellos tiempos de Guerra Fría– hacia el bloque capitalista como hacia el comunista, razón por la que fue tachado frecuentemente de “anarquista”, el “humanismo radical” de Illich evolucionó hacia “una arqueología de las certezas” en que se funda nuestra sociedad. Su forma de hacerlo tiene algo en común, al menos a mis ojos, con la de pensadores como Elias Canetti y Rafael Sánchez Ferlosio, con los que Illich comparte su manera tan resuelta de repensar ab initio las cuestiones que lo ocupan, no dejándose ensordecer por la fraseología dominante.

A diferencia de Canetti y Ferlosio, sin embargo, Illich, de personalidad carismática, dotado de un gran atractivo personal (era alto, delgado, apuesto, siempre sonriente), fue un virtuoso de la amistad, un incesante tejedor, allí donde iba, de redes humanas, y un pensador cuyo método de producción intelectual fue casi siempre coral; sus panfletos y ensayos son casi todos fruto de prolongados seminarios, debates y discusiones en que sus ideas fueron puestas a rodar previamente.

El pensamiento de Iván Illich suele encuadrarse en la contracultura de los 60, pero su lectura resulta especialmente pertinente y acuciante en estos tiempos

Aunque soy miembro de la generación que en su día lo veneró –la de los boomers–, mi descubrimiento de Illich ha sido tardío, al hilo de mi interés por el tránsito de la oralidad a la escritura y por la historia del libro y de la lectura, que me condujo a leer su sensacional ensayo El viñedo del texto (1993), del que les hablé en una de estas columnas. Desde entonces no he dejado de leer, siempre con asombro y enorme provecho, su obra riquísima, casi toda ella de libre acceso a través del sitio web Iván Illich creado por el Colegio de Morelos y Univirtual.mx.

Sus principales libros fueron en su día puntualmente publicados en España, y en la actualidad la bibliografía en torno a él es inabarcable. Para quienes quieran asomarse a su obra, circulan en librerías una útil y completa antología (Iván Illich, un humanista radical, de Braulio Hornedo, Ediciones la Llave) y una excelente monografía (Otra modernidad es posible. El pensamiento de Iván Illich, de Humberto Beck, Malpaso), además de los dos impagables volúmenes de sus conversaciones con David Cayley (Conversaciones con Iván Illich, Enclave de Libros, y Últimas conversaciones con Iván Illich, El Pez Volador).