"Una de las desgracias de nuestro siglo es que las distintas generaciones han dejado de hablar entre sí. Sobre todo la generación nacida ya después de la Segunda Guerra Mundial tiene la tendencia a encerrarse en sus enclaves, sin mostrar ningún tipo de interés por nadie que no sea de su quinta".

Son palabras de Wislawa Szymborska extraídas de su estupendo Correo literario (Nórdica, 2018). Szymborska hacía esta observación en los años 60 del siglo pasado, pero se diría que el tiempo transcurrido no ha hecho más que ratificarla. Entretanto, casi todos hemos tenido oportunidad de constatar ese desinterés al que ella se refiere, compatible con los antagonismos latentes en eso que se ha dado en llamar la "brecha generacional".

En el trato con los más jóvenes, me percato de que no son pocos los adultos que se resienten, con ofendida susceptibilidad, de su falta de curiosidad. Y es cierto que a menudo ostentan actitudes autosuficientes, cuando no soberbias o condescendientes. Pero en no pocos casos cabe preguntarse cuánto hay, por debajo de las apariencias, de timidez, de intimidado respeto, incluso de buena educación.

Digo esto recordando, por mi parte, las ocasiones en que he tenido oportunidad de tratar a personalidades que eran bastante mayores que yo y con las que no fui capaz de establecer una relación de más confianza, de lo cual me lamento retrospectivamente.

Así, por ejemplo, en los años en que trabajé en la edición de las Obras completas de Nicanor Parra, tuve varios encuentros con él, durante los cuales mantuvimos largas conversaciones; incluso me alojé más de una vez en su destartalada casa de Las Cruces, en la costa del Pacífico. Nuestra relación era cordial, incluso afectuosa, y por mi parte lo escuchaba embelesado cuando él se ponía a hablar mientras navegaba por su memoria oceánica. Sin embargo, no me atrevía a preguntarle abiertamente sobre cuestiones que yo mismo juzgaba que podían ser delicadas, o demasiado personales, o simplemente que, por ser muy conocidas, suponía que para él era una lata volver sobre ellas.

Con frecuencia son los más jóvenes los que asumen en sus relaciones con los mayores una verticalidad de la que estos apenas tienen conciencia

Algo semejante me pasó luego con Rafael Sánchez Ferlosio, a quien también tuve el privilegio de tratar bastante de cerca durante los trabajos de edición de sus ensayos, de sus pecios y de otros libros suyos. En este caso, a mi cautela se sumaba su propia timidez, y el pudor que tanto le dificultaba referirse a asuntos más o menos privados.

Solo demasiado tarde comprendí que fue un lamentable error conducirme con tantos miramientos. Que seguramente mi prudente reserva terminaba por resultar decepcionante. No pretendo sugerir que ni Parra ni Ferlosio ni ningún otro de los escritores de muy mayor edad que la mía a quienes, venerándolos desde joven, he tenido la suerte de conocer, sintieran la menor necesidad, ni siquiera el impulso de contarme nada, mucho menos de sincerarse conmigo. Por mi parte, la diferencia de edad me impedía aspirar siquiera, pobre de mí, a que se tejiera entre nosotros algo semejante a una amistad.

Y por qué no, me digo ahora. Probablemente, ellos esperarían de mí una mayor curiosidad, menos discreción: signos de que podían interesarme aspectos de su vida y de su pensamiento, de su experiencia, no tan circunscritos a los cuidados de su obra.

Con frecuencia –sigo diciéndome– son los más jóvenes los que asumen en sus relaciones con los mayores una verticalidad de la que estos apenas tienen conciencia. Se suelen impedir de este modo, debido quizás a un malentendido, cauces de transmisión por los que podrían circular mucho más fluidamente la memoria y el conocimiento, también el humor y los afectos, las a menudo insospechadas afinidades. Tantas cosas como uno, conforme envejece, piensa –sin demasiado dramatismo– que habrán de perderse en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.