John William Waterhouse: 'Un niño enfermo traído al templo de Asclepio', 1877

John William Waterhouse: 'Un niño enfermo traído al templo de Asclepio', 1877

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Historia

Enfermar y curarse en la ciudad romana: medicina, magia y herencias griegas

Un libro de la UNED reúne estudios de diez especialistas sobre las dolencias, los médicos y la atención sanitaria en el final de la época republicana y durante el periodo imperial.

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Los estudios reunidos en este libro muestran la variedad de soluciones aplicadas durante la Antigüedad, y en el mundo romano en particular, a los problemas de salud, que eran atribuidos fundamentalmente al azar o a castigos divinos. En cualquier caso, las dolencias, afecciones, epidemias…, planteaban enormes desafíos.

Portada de 'Salud y enfermedad en la ciudad romana'. UNED

Portada de 'Salud y enfermedad en la ciudad romana'. UNED

Título: Salud y enfermedad en la ciudad romana

Coordinadora: M.ª Ángeles Alonso Alonso

Editorial: UNED

Año de edición: 2026

Disponible en Editorial UNED

Como afirma M.ª Ángeles Alonso Alonso, editora de Salud y enfermedad en la ciudad romana (UNED), “todas las respuestas que se dieron ante la enfermedad en la antigua Roma se comprenden dentro de los ámbitos de la religión, la magia y la medicina, siendo todas válidas y pudiendo darse al mismo tiempo”.

A partir del siglo III a. C. se introdujo en Roma la medicina técnica griega, pero esto no supuso el fin de la medicina folclórica tradicional romana. La realidad es que esta disciplina vivió un gran desarrollo desde finales de la época republicana y durante toda la imperial.

Sergio García-Dils de la Vega analiza las actuaciones que se llevaron a cabo en la estratégica fundación (en un entorno ambientalmente hostil) de la colonia Augusta Firma–Astigi (Écija) para asegurar la salubridad de la población. Revisa aspectos como la trama viaria y la red de saneamiento (encuentra parecidos con Ostia), el abastecimiento de agua, la ubicación extramuros de los vertederos de residuos urbanos y la presencia de médicos.

Maria do Sameiro Barroso se traslada a Bracara Augusta, fundada por el emperador Augusto en el año 15 a. C. y de la que aún queda mucho por descubrir (las excavaciones comenzaron en 1976). Se centra en algunos hallazgos de la vida cotidiana relacionados con la medicina, la cirugía y la atención sanitaria, objetos que son el resultado de un complejo proceso de romanización en territorio portugués. Un conjunto de instrumentos medicoquirúrgicos documenta la práctica de la medicina racional y científica en la ciudad.

La mayoría de ellos no procede de la tumba o casa de un cirujano, sino de la colina de Alto da Cividade, donde se encuentran un teatro y edificios termales. Esto indica que los balnearios eran lugares elegidos por los profesionales para intervenciones quirúrgicas y la recuperación de pacientes. Además, un exvoto griego dedicado a Asclepio e Hygieia testimonia la coexistencia en la ciudad (como ocurría en el mundo grecorromano) de la medicina científica y la religiosa.

La medicina en Augusta Emerita, “un reflejo del saber que se transmite desde la propia capital del imperio”, es el tema de trabajo de Ana M.ª Bejarano Osorio. También los dioses y las supersticiones convivieron con la práctica médica en esta importante ciudad.

Bejarano analiza el papel de los médicos, que constituían un colectivo numeroso al servicio de la ciudadanía, si bien “aspectos como dónde trabajaban, sus salarios, desplazamientos o su vinculación a la comunidad son completamente desconocidos”. Sí hay constancia de la presencia de especialistas, sobre todo oftalmólogos.

Alfredo Buonopane estudia la percepción positiva del médico en las fuentes epigráficas del occidente romano. Muchos son recordados como profesionales serios y bien preparados, que tratan a sus pacientes con competencia y afecto. Un número significativo de inscripciones también presenta la figura del médico amigo (medicus amicus), que trata al paciente no como a un cliente sino como a un ser querido.

M.ª Ángeles Alonso Alonso examina el caso del prestigioso L. Quinctius Theoxenus, médico y sacerdote encargado del culto imperial de la antigua Setia, recordado en un gran bloque de caliza que incluye una representación de instrumental quirúrgico y se conserva en el Antiquarium Comunale de Sezze. Es un ejemplo de cómo algunos de estos profesionales tuvieron un rol activo en la vida municipal en actividades diferentes a las propias de su oficio.

Filipa C. Silva aporta una visión general de las enfermedades en el Imperio romano, cuyo conocimiento procede de cuatro fuentes principales: los textos de autores antiguos, los epitafios funerarios, las producciones artísticas y los restos óseos humanos.

El registro paleopatológico muestra que la osteoartrosis y las enfermedades dentales son las más comunes, seguidas de los traumatismos. Se observan ocasionalmente enfermedades infecciosas como la malaria, tuberculosis, lepra o brucelosis en distintas provincias. También están presentes el escorbuto, el raquitismo, la gota y la osteoporosis. Las evidencias tumorales son escasas.

Mercedes López Pérez ofrece un texto sobre Asclepio, Arcágato y los inicios de la medicina técnica en Roma, adonde llegan los primeros médicos griegos a partir del siglo III a. C. Esta circunstancia y la incorporación del culto al dios Asclepio ilustran la transición de la medicina entre Grecia y Roma. Arcágato del Peloponeso, conocido en la literatura médica por un emplasto que lleva su nombre, es, según las fuentes, el primer médico de procedencia griega en llegar a Roma (en 219 a. C.).

Su recurso a la cirugía contrastaba con la práctica tradicional de la medicina romana, de carácter folclórico y más cercana a la superstición y a la magia. La cirugía y la inclusión de nuevos minerales en la farmacopea provocaron el rechazo de algunos romanos, si bien la oposición no fue duradera. El pueblo romano pronto asimiló el vocabulario y las prácticas médicas de los griegos, pero la medicina de carácter mágico-religioso continuó teniendo una gran importancia.

El papel de la magia en la prevención, curación y transmisión de epidemias es la materia de estudio de Diego Meseguer González. Los brotes de peste fueron un fenómeno constante en el Mediterráneo antiguo y el discurso oficial los atribuía a un castigo divino, de ahí el amplio despliegue de ritos y ceremonias religiosas para expiar el agravio cometido y obtener el perdón de los dioses.

Se conoce la existencia de amuletos diseñados para prevenir una epidemia o mitigar algunos síntomas asociados a ella como las úlceras y la fiebre. En el ámbito privado de las prácticas mágico-religiosas prevalece también la concepción de la enfermedad “como un fenómeno de origen divino y, en consecuencia, susceptible de ser controlado o manipulado con ayuda de encantamientos, sacrificios y maldiciones”.

Sabino Perea Yébenes recuerda la figura de Rufo de Éfeso (c. 70-110 d. C.), uno de los principales representantes de la escuela ecléctica, prolijo autor de tratados de medicina, y comenta sus textos relacionados con las aguas beneficiosas y perniciosas y las enfermedades que producía su ingestión. A Rufo se deben notables avances médicos en oftalmología.

Santiago Montero cierra el volumen con un caso de curación de un soldado pretoriano en Lacetania. Lo relata Plinio el Viejo: los dioses revelan en sueños a una mujer el remedio de la rosa canina para curar a su hijo, militar, de la rabia.

El panorama que se abre con esta obra, señala Alonso, es “el de una temática inagotable, como también debieron de serlo las estrategias que idearon los antiguos romanos para paliar sus problemas de salud”.