Éramos pocos y parió la abuela. En este caso, la abuela se llama AENA (Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea), empresa pública participada en un 51% por el Estado español, más en concreto por el Ministerio de Transportes. Haya sido o no el impulsor de la iniciativa, el ministro Óscar Puente se merece una buena colleja. Y otra, más fuerte, Maurici Lucena, el presidente de la entidad. A quién se le ocurre.

Resulta escandaloso que se destine un millón de euros, nada menos, a premiar “el mejor libro de narrativa del año”, con el argumento –en palabras de Lucena, que emplea para la ocasión la más repelente jerga de los empresarios y jerarcas– de “devolver a la sociedad lo mucho que la sociedad ha dado a los trabajadores y accionistas de AENA”. ¿Es esta la mejor manera que se le ocurre a Lucena de devolver a los usuarios de los aeropuertos las humillaciones que padecen en los accesos a los vuelos y las copiosas ganancias que obtiene AENA a fuerza de convertir esos aeropuertos en bazares infestados de tiendas cuya gestión es adjudicada a multinacionales de artículos de lujo?

¿Y qué demonios pinta AENA en la promoción de la lectura? ¿O es que de verdad se han creído la cursilada esa de que “Leer es volar”?

Un millón de euros destinados a un solo autor, que lo más probable es que termine siendo –ojalá me equivoque– cualquier figurón más o menos consagrado, editado por algún conglomerado editorial más o menos hegemónico. Daría risa si no suscitara indignación. Con todo lo que se lleva dicho sobre los premios y sus mecánicas casi siempre corruptas o tendenciosas. Con la insostenible saturación de premios de toda especie que se conceden en este país, tanto comerciales como institucionales. Con la de cosas mucho mejores que podrían hacerse con ese millón de euros (y los muchos más que vendrá costando todo el tinglado) con vistas al objetivo de procurar “el acceso a contenidos de calidad en centros educativos, bibliotecas y espacios culturales”.

Abultar la cuenta corriente de un escritor particular, abonando la ética del pelotazo, es la idea que al parecer tienen Puente y Lucena de cumplir una labor social y cultural, de contribuir –de nuevo Lucena– a que la sociedad sea “libre en espíritu crítico, diversa y esté cimentada en principios democráticos”.

Ningún agente cultural con un mínimo de decencia y de sentido de responsabilidad debería prestarse a participar en esta cutre y bochornosa tramoya

Qué ingeniosa estrategia para “reforzar el hábito de la lectura y estimular que se publiquen buenos libros”. ¿Se imaginan los lectores los privilegios que confiere a los jurados, caprichosamente elegidos, la potestad de conceder a quien sea un millón de euros (más 30.000 a los cuatro finalistas)?

Por lo demás, y como suele ocurrir, los jurados apenas leerán cinco libros, preseleccionados por un equipo, también caprichosamente elegido, a cuyos integrantes se atribuye, no se sabe en función de qué índices, la “solvencia profesional e imparcialidad” necesarias, sin duda, para discriminar entre miles de libros de más de veinte países.

Pero lo de menos es el funcionamiento siempre engañosamente ecuánime de un mecanismo diseñado de partida para destacar lo más obvio y publicitariamente rentable. Lo escandaloso es recurrir a estas alturas al expediente de un premio millonario, aduciendo para dignificarlo a los prestigiosos modelos del Booker (Inglaterra) o del Goncourt (Francia), cuya irradiación cultural no se ve, como en España, penosamente distorsionada por la ruidosa interferencia de decenas de premios comerciales, todos amañados en un grado mayor o menor, con el también millonario Planeta a la cabeza.

La cortedad de miras, la absoluta ausencia de imaginación, la nula sensibilidad social y las grotescas ínfulas emulatorias y ostentatorias que parecen inspirar la creación de este premio justifican de sobra el enfado.

Ningún agente cultural con un mínimo de decencia y de sentido de responsabilidad debería prestarse a participar en esta cutre y bochornosa tramoya.