Sigo dando vueltas a ese concepto de “literatura universal” al que dediqué una de mis últimas columnas. Se me ocurre enlazarlo ahora con unas palabras de mi añorado Francisco Rico que, como tantas suyas, esconden la más certera inteligencia bajo el aspecto provocativo de una boutade. Decía Rico, refiriéndose a los libros que, como según qué clásicos, alcanzan lo más aproximado a una reputación “universal”: “Quizá no se haya insistido lo bastante en que para alcanzar el contorno máximo en el espacio y en el tiempo un libro ha de superar dos peajes: la traducción no especialmente feliz y la suprema traición de no necesitar ser leído”.

Baste pensar en la Biblia, en la Ilíada, en la Divina Comedia, pongamos por caso. Si alguien menciona cualquiera de estos libros en una conversación, se da por supuesto que todo el mundo los conoce, un supuesto que no abarca, ni mucho menos, la pretensión de que todo el mundo los haya leído. Y aun si alguno, entre los conversadores, da muestras de haber leído, que sé yo, la Ilíada, a nadie se le ocurre inquirir en qué versión lo ha hecho.

En el Resumen de mi vida de Thomas Mann, recientemente recuperado por Nórdica, el autor de La montaña mágica evoca la buena recepción que la novela tuvo en Francia cuando se publicó, y al hacerlo cita unas palabras del ensayista y crítico literario Émile Faguet en las que viene a decir que la oportunidad de ser traducido y leído en el extranjero equivale a una especie de “posteridad contemporánea”.

Es una idea interesante, además de hermosamente formulada: toda traducción supone una suerte de “transmigración” no sólo a una lengua sino también a una cultura distinta de la propia, en las que las palabras suenan y resuenan de otra manera, como lo harán, pasado el tiempo, entre los lectores de generaciones futuras. Puede que esto explique, un poco más allá de los legítimos deseos de celebridad, dinero y consagración, la particular complacencia que los escritores obtienen de ver sus libros editados en otros países.

En la actualidad, casi cualquier libro que obtenga un gran éxito en su país de origen es traducido a otras lenguas, donde sus respectivos editores aspiran a repetir ese mismo éxito. Los autores de literatura popular, de best sellers, conquistan con relativa facilidad un mercado internacional por el que circulan libros en definitiva bastante semejantes entre sí. Experimentan de este modo esa “posteridad contemporánea” a la que aludía agudamente Faguet, probablemente la única a la que sus libros tendrán acceso, dado que ese tipo de literatura no suele atravesar las capas de tiempo y muere casi siempre con las modas y los fenómenos que los han impulsado, por lo general antes aún que sus autores.

Cabe establecer una relación inversamente proporcional entre el índice de la fama de que goza un libro y la presunción de que haya sido leído

Claro que, llegados aquí, ¿quién se atreve a hablar seriamente de la auténtica posteridad? ¿Y a quién le interesa esa “fama póstuma”, que es como define el término posteridad el Diccionario de la lengua?

Recuerdo siempre la respuesta que Roberto Bolaño dio a la pregunta de qué sentimientos le despertaba la palabra póstumo: “Suena a nombre de gladiador romano. Un gladiador invicto. O al menos eso quiere creer el pobre Póstumo para darse valor”.

Pero regresemos a ese doble peaje al que se refería Francisco Rico. Viene a sugerir que cabe establecer una relación inversamente proporcional entre el índice de la fama de que goza un libro y la presunción de que haya sido leído, ya no digamos bien leído. Se suele hablar de la fama como un malentendido. Pero el verdadero peligro de la fama es que tiende a consolidarse como un sobrentendido: obvia la exigencia del conocimiento real, efectivo. Esa es, sin duda, la “suprema traición” de la que habla Rico: la que condena a los libros, ya que no al olvido, sí a su infinita postergación.