MUJERES. “El mayor ingenio del mundo”. Eso dijo la extraordinaria Madame de Staël (1766-1817) de Benjamin Constant (1767-1830). El ditirambo lo recoge Sainte-Beuve en Retratos de mujeres (Acantilado), su imprescindible libro sobre las salonnières, aquellas mujeres francesas y burguesas que, como Staël, convocaban en sus casas tertulias en las que deliberaban los más brillantes intelectuales y artistas del momento.

Constant fue una de las estrellas del salón de Staël y fueron amantes intermitentes y accidentados entre 1795 y 1810. Amén de, presuntamente, una hija, Albertine, compartieron sus tornadizas filias y fobias políticas. Amigos de Goethe y Schiller durante su común exilio en Weimar, les unió también su devoción por el Romanticismo alemán que, en cierto modo, importaron a Francia.

Staël, grandísima intelectual, escritora y ensayista, teorizó sobre el Romanticismo y lo practicó en sus novelas. En Corinne (1807), por ejemplo, simultánea a la escritura por parte de Constant de Adolphe, publicada casi diez años más tarde.

Adolphe es la joya de los cuatro textos de Constant reunidos por Periférica, con traducción de Manuel Arranz, en Los amores inconstantes, que comprende además las novelas igualmente breves Cécile (1810) y Amélie y Germaine (1803), junto a El cuaderno rojo (1807), memorias de infancia y juventud.

En los tres primeros, autobiográficos, late la figura y la sombra de Madame de Staël. Alejandro Dumas dijo de Constant “que no había hecho nada excepto bajo la inspiración de las mujeres; en literatura, ellas eran sus maestras; en política, ellas eran sus guías”.

'Adolphe' es la joya de los cuatro textos del escritor y político francés reunidos por Periférica en 'Los amores inconstantes'

AUTOFICCIÓN. Escritor de la subjetividad y de la intimidad, detallado arqueólogo y cirujano de los sentimientos y de los movimientos del alma, Constant estuvo a punto, como quien dice, de inventar la hoy pujante autoficción.

Adolphe es un clásico del estudio de la pasión y del ahora muy criticado amor romántico. En primera persona, Adolphe narra el proceso de amor y desamor de un joven veinteañero que desea incontrolablemente a la bella Ellénore, una treintañera casada con un viejo conde y madre. Ella lo rechaza, aumentando la enfermiza obsesión de él, y luego cae en sus brazos. Muy poco después, Adolphe se siente atrapado en el exigente y demandante amor de la mujer y llega a pensar que nunca la ha querido.

Así se abre la torturante para ambos, y por motivos distintos, decadencia de su relación hacia la tragedia. Sufrir y, a la vez, hacer daño, seguir al corazón o a la razón, sentir la culpa, calibrar la responsabilidad moral o establecer la frontera entre el egoísmo y la entrega son algunos temas del relato. Benoît Jacquot adaptó Adolphe al cine en 2002 con Isabelle Adjani.

LIBERAL. Benjamin Constant nació en Lausana y su madre murió al mes del parto. Siguiendo los destinos y las prescripciones de su padre militar, residió en Bélgica, Holanda e Inglaterra e hizo estudios superiores en Baviera y Edimburgo. Diarista, novelista y ensayista, deudor de la Francia de Montesquieu, Voltaire, Rousseau y Diderot, Constant, hijo al cabo de la Ilustración, fue un liberal de comportamiento inestable.

Apoyó la Revolución francesa y se opuso pronto a sus excesos. Se enfrentó al comienzo a Napoleón y se acercó a él en los últimos tiempos. En todo ello, más o menos, coincidió con Madame de Staël, muy activa políticamente. En cuatro tramos distintos fue miembro enardecido de la Cámara de Diputados y llegó a presidir el Consejo de Estado.

Tuvo amigos, claro, pero no paró de hacer enemigos: se batió en duelos. Igual que Staël estuvo dos veces casado y mil veces liado, aunque la hermosa Juliette Récamier –inmortalizada por Jacques-Louis David– le dio calabazas. Fue partidario del protestantismo y estudió durante cuarenta años el fenómeno religioso hasta publicar en cinco volúmenes De la religión considerada en sus fuentes, sus formas y sus desarrollos (1824-1831). Casi nada.