VISCONTI. Meursault acude desde Argel al entierro de su madre en un asilo. Al día siguiente, inicia una relación sexual con Marie. Después, durante una excursión, mata de cinco disparos a un muchacho árabe en una playa. Es juzgado y condenado a la guillotina.

En esencia este es el argumento de El extranjero (1942), de Albert Camus, que anunció un año antes: “Los tres ‘absurdos’ están terminados”. Tenía 28 años. Se refería a El extranjero, El mito de Sísifo y Calígula. ¿Es absurda la vida en sí misma o es absurda por terminar con la muerte? Vi la versión cinematográfica de François Ozon y me gustó. Luego recuperé en Filmin la de Luchino Visconti de 1967, que no me agradó mucho en su día, y releí la novela.

ALEGRÍAS. La película de Visconti me ha gustado ahora más que la de Ozon. Con un pie en el postneorrealismo, Visconti hizo una lectura más natural y realista. El color ayuda a una recreación sensorial, sensual y directa de la realidad, de la mediterraneidad –tan cara a Camus–, del sol y del calor –fundamentales en la novela– y del deseante sexo entre Meursault y Marie, un elemento decisivo para desmentir la frialdad y la pasividad que, ya de carril, se atribuye siempre al personaje.

Se olvida que en la novela Meursault recuerda sus “alegrías más simples y más tenaces: los olores del verano, el barrio que amaba, cierto cielo de la tarde, la risa y los vestidos de Marie”. Todo esto –y su gusto por nadar– indica un cierto vitalismo placentero que tantas veces se le niega a Meursault en las interpretaciones de El extranjero y que está mejor dado, con el color y con Marcello Mastroianni y Anna Karina, por Visconti.

Me parece ahora que la versión de Ozon en blanco y negro es formalista y caligráfica, esteticista, intensa y, con ello, tan hierática como Benjamin Voisin en muchos momentos, se acoge a la canónica interpretación filosófica de la novela, desatiende algunos de sus matices y, por supuesto, no modifica los hilos que maneja Camus interesadamente para facilitar sus conclusiones.

Camus hace que Meursault sea condenado a muerte no tanto por su crimen como por ser un monstruo de alma vacía

VEROSIMILITUD. Camus hace que Meursault –más sincero y cáustico que insensible– sea condenado a muerte no tanto por su crimen –que es incapaz de lamentar– como por ser –según afirman el instructor, el fiscal y ¡hasta su abogado defensor!– un monstruo de alma vacía al haber ingresado a su madre en un asilo, declinar ver su rostro en el ataúd, fumar y tomar café en el velatorio e ir al día siguiente a nadar, al cine y acostarse con Marie.

Carente de una posición moral activa, lo más repugnante que hace el no siempre indiferente Meursault –siendo punible su crimen– es prestarse a escribir la carta a la amante árabe de su execrable amigo Raymond para que este vuelva a acostarse con ella y maltratarla después.

El extranjero no se desenvuelve como una fábula, sino, guste o no, más cerca de una novela negra, pero la proclamación del absurdo que Camus persigue –junto a su reiterada condena de la pena capital– fluye mejor al evitar la verosimilitud del juicio.

En él no pintan nada los personajes del asilo, se hurta la deliberación del jurado y el defensor no muestra el cuchillo esgrimido por el árabe, ni interroga a sus amigos –que rondan amenazadoramente a Raymond y llegan a herirle–, ni argumenta que la pistola del impremeditado crimen no era de Meursault, sino de Raymond. Meursault se la había pedido minutos antes, precisamente para que no la utilizara.

La novela sigue gustando por su atmósfera, su fraseo claro y breve y la carga fatalista que ya lleva encima, pero cabe preguntarse: ¿el absurdo está precocinado o es que radica en la imprevista fatalidad que puede quebrar una vida?