Image: El emperador está desnudo

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Infantil y juvenil

El emperador está desnudo

Panorama crítico de la literatura infantil

Gustavo Puerta Leisse
Publicada

Tras el espejismo de Harry Potter y los fuegos de artificio de superventas siempre ajustados a la fórmula exitosa de turno, subsiste una literatura infantil de calidad encarnada en un puñado de pequeñas editoriales y en una nueva generación de escritores e ilustradores.

En estos tiempos exhibicionistas y de arraigo narcisista, la importancia que socialmente le atribuimos a la lectura en la infancia contrasta con el escaso interés con el que contemplamos el cuerpo de la literatura infantil. Sorprende, por ejemplo, cómo personas exigentes que escogen con esmero aquello que van a leer son descuidadas, poco críticas y en exceso condescendientes a la hora de seleccionar un libro para sus hijos. También llama la atención la escasa presencia de parámetros literarios en la selección del material que conforma la biblioteca escolar (allí donde las haya) o en la elección por parte del maestro de las lecturas obligatorias.

Empecemos dejando a un lado tanta obsesión con Harry Potter. Hay mucho más en la literatura para niños y jóvenes, de la misma forma que España es mucho más que toros y flamenco. Cuidémonos de los espejismos que reflejan una imagen de bienestar en la producción y atengámonos a la realidad de una oferta precaria y homogénea encubierta tras tanto efecto especial, tanta portada con purpurina y tantos indicadores de bienestar económico de la industria. Y, sobre todo, refutemos de una vez ideas arraigadas, extendidas y falaces como: "Si un libro es bueno necesariamente es una lectura difícil y elitista", "si un chaval no lee hay que darle obras fáciles para crear el hábito", "los libros sirven para transmitir valores ", "no importa tanto qué se lee como que se lea"...

Con la primera entrega de Memorias de Idhún de Laura Gallego, quedó en evidencia cuánto ayuda un agresivo y costoso plan de mercadotecnia para conseguir que un novela prolija en defectos y estereotipos, que en un inicio no consiguió el favor de la crítica ni del público, se convierta en un éxito de superventas. Esto, obviamente, no es una situación exclusiva de la literatura juvenil. Sí lo es en cambio que un escritor mediocre, hiperproductivo y sensacionalista como Jordi Sierra i Fabra obtenga, gracias a un trabajo de pasillo, el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil y ni siquiera lo secunde una voz de protesta en la prensa. Si una elección semejante se diera con el Premio Nacional de Literatura, no imagino la magnitud del escándalo.

Las dos situaciones antes apuntadas no son más que síntomas del avance y consolidación de la paraliteratura destinada al público infantil y juvenil: de esas obras de apariencia literaria que responden exclusivamente a necesidades comerciales y se ajustan a una fórmula exitosa. De pocos autores españoles para niños y jóvenes se puede decir que escriban porque conciban al niño como un interlocutor. Aunque hay escritores técnicamente muy buenos que consiguen obras logradas, son escasos los que tienen algo propio que contar. A esto se debe la preponderancia de temáticas sociales extraídas de los noticieros y del periódico, la proliferación de polizones en la conmemoración del quinto centenario de la muerte de Colón, el cansino compromiso y óptica rousseauniana con que variopintas minorías y discriminados oprimen las colecciones juveniles de los principales grupos editoriales, el resurgimiento del libro rosa o la plantilla fantástica caza recompensas.

Si el prestigio editorial o el de un autor otrora era garantía de calidad o, al menos, de cierta concepción literaria, este criterio sólo nos sirve hoy cuando tenemos frente a nosotros los libros de un puñado de pequeñas editoriales: Lóguez, Media Vaca, Ekaré, Libros del zorro rojo, Barbara Fiore, Ediciones del Eclipse, Diálogo y algunas más. Ciertamente incluso en los sellos de mayores dimensiones se publican buenas obras, pero no es porque sus editores se planteen una búsqueda estética ni porque asuman proyectos novedosos y autoexigentes. Sus quebraderos de cabeza van en otra dirección. Bastante tienen con satisfacer el ritmo de producción y conseguir la rentabilidad inmediata de cada novedad.

Una nueva generación de ilustradores que aún mantiene cierta independencia del mercado del libro de texto (principal empleador del medio), que desarrollan proyectos personales, arriesgados e interesantes; un puñado de escritores periféricos; algunos foros, colectivos y publicaciones; algún maestro, algún bibliotecario y algún librero que realiza una labor entusiasta, rigurosa y callada; junto aquellos pequeños sellos editoriales que antes mencionábamos, nos plantean otra imagen y realidad de la literatura infantil y juvenil, del niño y del joven, de la infancia y de la creación. Imagen y rea-lidad que merecen ser tenidas en cuenta y que sinceramente se desarrolla al margen de su invisibilidad.

Contamos con voces, contamos con pinceles, contamos con un público cautivo, contamos con medios económicos, contamos con la remesa latinoamericana y con el interés internacional que, por ejemplo, quedó de manifiesto cuando hace dos años España fue país invitado a la Feria de Bolonia. Contamos también con unos cuantos libros de calidad que mensualmente aparecen en las mesas de novedades. Tenemos todo para confeccionar un traje a medida del emperador, ¿lo conseguiremos?

Los datos

La literatura infantil y juvenil obtuvo en 2006 el 10’7% de la facturación total de venta de libros en España con 7.375 títulos editados y 45.150.702 ejemplares vendidos. Estas cifras suponen un aumento sobre 2005 del 14’8%. El índice de lectura del sector se situó en el 4’7% del conjunto.