¿Puede presentarse la historia de la filosofía como "una divertida novela de misterio para jóvenes"?, ¿puede guiarnos un diablillo por "el fascinante y novedoso mundo de las matemáticas"?, ¿puede convertirse la gramática "en un juego ameno y divertido para todas las edades"? Dentro de la literatura juvenil han aparecido novelas-híbrido que yuxtaponen la divulgación "científica" con la ficción, buscando edulcorar la teoría y hacerla accecible. El resultado suele conseguir lo peor de ambos territorios: un recetario manualesco de conocimientos junto a una novela floja y aburrida.
Erik Orsenna (1947), galardonado con el premio Goncourt en 1988 por La exposición colonial, ya tenía precedentes. En La historia del mundo en nueve guitarras buscó infructuosamente retratar de un modo atractivo momentos estelares de la humanidad. En La isla de las palabras la intencionalidad didáctica es aún más expresa y el vuelo narrativo aún más pobre.
Personajes planos, situaciones forzadas y un simbolismo facilón se amparan bajo la narración fantástica. El resultado es una lectura en la que cuesta avanzar y que se erige como un obstáculo que debe sortear el aprendiz de gramática.
Erik Orsenna (1947), galardonado con el premio Goncourt en 1988 por La exposición colonial, ya tenía precedentes. En La historia del mundo en nueve guitarras buscó infructuosamente retratar de un modo atractivo momentos estelares de la humanidad. En La isla de las palabras la intencionalidad didáctica es aún más expresa y el vuelo narrativo aún más pobre.
Personajes planos, situaciones forzadas y un simbolismo facilón se amparan bajo la narración fantástica. El resultado es una lectura en la que cuesta avanzar y que se erige como un obstáculo que debe sortear el aprendiz de gramática.