Borís Pasternak junto a la nueva edición de su novela 'Doctor Zhivago' y un fotograma de la adaptación cinematográfica. Diseño: Rubén Vique

Borís Pasternak junto a la nueva edición de su novela 'Doctor Zhivago' y un fotograma de la adaptación cinematográfica. Diseño: Rubén Vique

Letras

Vuelve 'El doctor Zhivago', la novela que le valió a Borís Pasternak un Nobel que le obligaron a rechazar

El sello italiano Feltrinelli desembarca en nuestro país con una nueva edición de este clásico de la literatura rusa que está estrechamente ligado con sus primeros años de historia.

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La editorial Feltrinelli, histórico sello italiano, desembarca en España este mes de mayo bajo el nombre de Feltrinelli Editores. Lo hace habiendo probado antes las aguas en nuestro país, pues en 2010 comenzó un proceso de adquisición paulatino ya culminado por el que se hizo con la mayoría del capital de Anagrama.

Dos publicaciones el 6 de mayo le servirán como carta de presentación en el muy competitivo mercado editorial español. Una de ellas será una novela contemporánea, con sabor a presente, Principio, medio, fin, de la autora mexicana Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983). La otra es El doctor Zhivago del ruso Borís Pasternak (Moscú, 1890 - Peredelkino, 1960), uno de los mayores monumentos literarios que nos legó el pasado siglo y que está muy estrechamente ligado a la historia de la casa italiana.

Y es que, pese a que este texto es una indiscutible obra cumbre de la literatura rusa, la versión original en la lengua de Pushkin no se pudo encontrar en las librerías soviéticas —al menos legalmente— hasta 1988, al abrigo aperturista de la Perestroika, 18 años después de la muerte del autor. En cambio, apareció por primera vez en el mercado internacional en una traducción italiana de 1957 por —lo han adivinado— la editorial fundada por Giangiacomo Feltrinelli dos años antes.

La razón por la que esta novela no se publicó en primer lugar en el idioma en el que fue escrita es, claro, la censura soviética. Aunque tiene fragmentos escritos por un joven Pasternak entre 1910 y 1920, la novela se escribió en su mayoría en el periodo inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial y se culminó en 1955, dos años después de la muerte de Stalin.

Pasternak, de hecho, había mantenido durante décadas un extraño tira y afloja con el régimen estalinista y, más específicamente, con el zar rojo. Con él sostuvo en 1934 una intrigante conversación telefónica después de que el futuro autor de El doctor Zhivago tratase de interceder por su amigo y compañero Ósip Mandelshtam cuando este fue apresado por su Epígrama de Stalin. Preguntado por el líder soviético acerca de su relación con el poeta detenido, replicó que tenían filosofías completamente diferentes sobre la poesía. Entonces, su interlocutor respondió: "Ya veo, no eres capaz de defender a un camarada".

Más tarde, Pasternak se negó a firmar durante la Gran Purga estalinista de 1937 una declaración en apoyo de la pena de muerte para los acusados emitida por la Unión de Escritores Soviéticos, apelando, aparentemente, a las firmes convicciones tolstoyanas de su familia. Durante su infancia, sus padres se habían adscrito al movimiento filosófico del autor de Guerra y paz, con quien además la familia tuvo una estrecha relación. Y, aunque parezca mentira, tan insólito argumento pareció funcionar pues, pese a que Pasternak pensaba que había firmado su sentencia de muerte, el dictador, según se cuenta, dijo: "¡Dejad en paz a ese santo idiota!".

Eso no quiere decir que se fuera de rositas. Años después, ya entrados en la década siguiente, Olga Ivinskaya, una mujer de 34 años que trabajaba en la revista literaria Novy Mir, con quien el escritor mantuvo una relación extramatrimonial hasta su muerte, fue detenida y trasladada a la prisión de Lubyanka, tristemente famosa por ser la sede de la KGB. Estando embarazada, la torturaron para obtener información incriminatoria sobre el escritor, que la mujer se negó a proporcionar. Consecuencia de los tratos recibidos, sufrió un aborto espontáneo. Posteriormente, la llevaron a un gulag, de donde no salió hasta la muerte del dictador.

No sorprenderá, por tanto, la animadversión de Pasternak hacia el régimen soviético. El desencanto ante las inconsistencias de los idealismos, la firme convicción de mantener un espíritu crítico frente al discurso impuesto por la turba y el miedo y su impresión de la degradación moral y material por la que había pasado su país, todo ello lo volcó con admirable elegancia el escritor que, hasta la llegada de Doctor Zhivago, era principalmente conocido por su poesía.

El doctor Zhivago es un intrincado aparato literario en el que comparecen infinidad de personajes exquisitamente perfilados y en el que prosa y poesía dialogan. Es también y sobre todo una formidable peripecia vital que tiene a Yuri Zhivago como protagonista, un muchacho pequeñoburgués que pierde a su madre al principio del relato y al que acompañamos en las primeras revueltas de principio de siglo contra el zarismo, cuando es un estudiante de medicina; en el frente durante la Primera Guerra Mundial, en la revolución de octubre de 1917, en la posterior guerra civil entre rojos y blancos y en la instauración definitiva de la dictadura de los sóviets.

Cubierta de 'El doctor Zhivago' (Feltrinelli editores, 2026)

Cubierta de 'El doctor Zhivago' (Feltrinelli editores, 2026)

Vertebrando todos estos acontecimientos históricos, mientras la narración viaja con el doctor de una punta a otra de Rusia dejando por el camino algunas de las descripciones más majestuosas de los parajes siberianos —esos inmensos páramos nevados perforados por el tren transiberiano, ese serbal que inflama la imaginación de Zhivago cuando es obligado a ser el doctor de un regimiento del ejército rojo, esos amaneceres que bañan de tonos rosados la inabarcable taiga—, aparece la relación amorosa del protagonista con Lara, una mujer casada a la que conoce durante la Primera Guerra Mundial y a la que el destino insiste en llevar a los brazos del doctor reencuentro tras reencuentro. Una mujer que es difícil imaginar con otro rostro que no sea el de Olga Ivinskaya.

Repleta de golpes certeros que iban directos a la línea de flotación del régimen, el espíritu crítico de la novela no pasó desapercibido para los censores del nuevo gobierno de Jrushchov. En 1956 fue rechazada por la Novy Mir —esa misma revista donde estaba empleada Ivinskaya— por su postura contraria al realismo socialista, en la que se mostraba mayor interés por el bienestar individual de los personajes que por el progreso de la sociedad. Pero, ante todo, lo que más escocía era lo mal parada que salía la dictadura de los trabajadores.

El problema está en las formas. Yuri Zhivago, al que vemos en los albores de la revolución comprometido con un cambio que ve incluso lógico, algo que tenía que llegar tarde o temprano, pasa por un proceso de desafección hasta quedar como flagrante víctima de los tiempos, un mero espectro en sus últimos años de vida al que se le ha arrebatado todo. Su cuerpo sigue funcionando, sí, pero por simple inercia. Aquí Pasternak vuelve a la tradición del hombre superfluo, que tantos buenos personajes ha dado a la literatura rusa. En el caso de Zhivago, sin embargo, no es la falta de un Dios o de un propósito lo que ha propiciado ese apagón espiritual, sino el discurso ad hoc y en continua mutación de las autoridades.

Pasternak, empeñado en lograr la publicación de su obra magna, ofreció a otras editoriales y revistas el texto, sin éxito. Su suerte cambió cuando conoció a Sergio D'Angelo, corresponsal italiano enviado a la Unión Soviética por el PCI. Giangiacomo Feltrinelli, miembro importante de dicho partido, le había encomendado la tarea de encontrar textos rusos que fueran atractivos para el público soviético. Enterado de la existencia de El doctor Zhivago, el periodista viajó hasta Peredelkino para ofrecerle la publicación en Italia de la novela. El escritor, tras escuchar la propuesta, le entregó el manuscrito y, según cuenta la leyenda, le dijo: "Quedas invitado a verme enfrentarme al pelotón de fusilamiento".

Giangiacomo Feltrinelli fue expulsado por el PCI por la publicación de la traducción italiana en 1957 de El doctor Zhivago. Meses antes, varios emisarios soviéticos intentaron disuadir al editor italiano para cancelar el lanzamiento. Fue en vano. La novela fue un éxito inmediato y en poco tiempo contó con su versión en inglés y en francés. También se distribuyó en Rusia por la vía del samizdat (imprentas clandestinas ilegales). Existe poca discusión que fue esta novela la que finalmente inclinó la balanza en favor de Pasternak para que ganara el Nobel de Literatura en 1958. Sin embargo, el escritor fue forzado a rechazarlo por presiones del régimen.

En 1965 llegó a los cines la adaptación de la novela dirigida por David Lean. En ella, vemos la historia enmarcada al comienzo por la aparición de una joven durante la Segunda Guerra Mundial que en el libro no conocemos sino en el epílogo. De su mano seremos testigos de la historia de sus padres, Yuri Zhivago y Lara.

El sistema que tanto castigó a Pasternak acabaría derrumbándose. El escritor también murió, y lo único que ha persistido, por encima de autor y régimen, ha sido la novela y todo lo que ella contiene: los cantos por la libertad de pensamiento, los aguijonazos contra la opresión soviética... y sí, también esa criatura que iba a nacer del vientre de Olga Ivinskaya y que en este libro sobrevive a los padres para contar su sobrecogedora historia.