Bernardo Atxaga. Foto: Ernesto Valverde.

Bernardo Atxaga. Foto: Ernesto Valverde.

Letras

'Golondrinas': Bernardo Atxaga convierte la vida del boxeador Urtain en una fábula fantástica e irreverente

El escritor vasco, Premio Nacional de las Letras, recorre pasado y futuro para explorar la amistad, la fidelidad y las frustraciones humanas en torno al suicidio del púgil.

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Desde el mismo arranque de su nueva novela, Golondrinas, obliga Bernardo Atxaga (Asteasu, Guipúzcoa, 1951) a poner en juego lo que se conoce como “suspensión de la incredulidad”. No queda otro remedio que admitir de inmediato lo imposible para avanzar sin reservas por una fábula fantástica en la que, de entrada, encontramos cuatro “ángeles militares”. Pertenecen a unas “legiones de vigilancia”, llamadas “grigoris”, que acechan, o controlan, a los “seres materiales”, curiosa etiqueta con que se denomina a los humanos.

Portada de 'Golondrinas'

Portada de 'Golondrinas'

Golondrinas

Bernardo Atxaga

Alfaguara, 2026. 151 páginas. 20.90 €

Estos datos funcionan a manera de delantal de un argumento que tampoco anda escaso de fantaseamientos. La novela, dividida en tres bloques, empieza con la ceremonia mortuoria en el cementerio guipuzcoano de Arroa Goia (Cestona) del “ser material” José Manuel Ibar Azpiazu, el antaño famoso boxeador Urtain, a raíz de su suicidio en 1992. Sigue con otro entierro, en 2017, el de un “ser material” malévolo, alias el Tirolés, que odiaba al púgil.

El último apartado de la historia se emplaza en un futuro sin apenas rasgos distópicos, en el año 2042, y se centra en otro entierro, también en Arroa Goia, el de un pintor que admiraba al boxeador. Al servicio de esta fábula tan original e inventiva como rara y sorprendente, incluso no poco caprichosa y bromista, pone Atxaga un aparataje literario bien variado.

El reto mayor lo tiene en la caracterización de los cuatro “grigoris”, narradores de los sucesos referidos. Uno de ellos, Uzariel, un “mi-cuit” inadaptado y caviloso, híbrido de ángel y ser material, lleva la voz cantante en su condición de cronista, pero todos ostentan rasgos singularizadores en los que Atxaga despliega ingenio. Uno, por ejemplo, tiene la clarividencia hipertrofiada y la base de su prestigio está en su afición al “lenguaje sucio” (le gusta decir cabrón o hijoputa).

Todos comparten ciertos rasgos: riegan su habla con puros sonidos (up, kra, fluf) y onomatopeyas, construyen las oraciones con el signo +, dan la medida numérica de cualquier cosa (la tumba de Urtain mide 3’20 por 1’80), indican el correspondiente Pantone de los colores, su clarividencia puede aumentar o disminuir y padecen el irremediable mal de acedía.

En la trama de 'Golondrinas' se abordan amistad y sexo, fidelidad y engaño, deseos y frustraciones

Estos rasgos sugieren una afición vanguardista de Atxaga, no insólita en su escritura, en la que vuelca un plus de innovación, pero me parece que no es ese el estímulo principal. Más bien, creo, obedece a algo más sencillo, a un espíritu bromista, a un talante desacralizador de la escritura que le lleva a llenar la fábula de juego y humor.

Hay indicios de que se lo ha pasado muy bien escribiéndola y de que busca que también el lector se divierta. A la vez que, además, la aprovecha para darse algún gusto y, sin caer de lleno en la autoficción, hablar de cosas privadas suyas y homenajear a amigos, algo que hace con la treintena larga de pintores a quienes cita nombre a nombre en las páginas finales.

Mucho espacio ocupa la creatividad pura (incluso la verbal: “montes poliverdes”) y la pura invención en la novela, pero no es literatura escapista, ajena a lo humano. En su trama se abordan amistad y sexo, fidelidad y engaño, deseos y frustraciones. Una discreta dosis de intriga hilvana el nudo de asuntos. Y un aliento poético los envuelve: el del paisaje vasco tintado de emoción autobiográfica y el de las golondrinas del título que van y vienen sin descanso por las páginas de este libro.