Álvaro Pombo, Rosa Montero, Luis Mateo Díez y Marta Sanz

Álvaro Pombo, Rosa Montero, Luis Mateo Díez y Marta Sanz

Letras

Vejez y literatura: Luis Mateo Díez, Álvaro Pombo, Rosa Montero y Marta Sanz ponen luz al crepúsculo de la vida

El aterrizaje en librerías de varias obras que se ocupan de la senectud nos alerta del interés que suscita, ahora que la población está más envejecida que nunca.

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La esperanza de vida en España ha aumentado más de diez años en el último medio siglo, según el Instituto Nacional de Estadística. En 1975 se situaba en 73,44 años y ahora supera los 84. En los países desarrollados la longevidad se ha incrementado notablemente, o sea, los ancianos viven mucho más tiempo que antes.

Pero no es el envejecimiento de la población lo que preocupa a la escritora Marta Sanz (Madrid, 1967), sino que "la fragilidad se convierta en vulnerabilidad en los sistemas neoliberales", según afirma a El Cultural. "No prima el cuidado, sino la ley del más fuerte. Hemos dejado de ser productivos y pasamos a ser prescindibles", lamenta.

La tesis de Sanz, que publicó Susana y los viejos (Destino) en 2006 tras quedar finalista del Nadal, entronca con la denuncia que en 1970 elevó Simone de Beauvoir en La vejez. Más de cincuenta años han transcurrido desde que se atribuye al narcisismo de la sociedad capitalista el desprecio hacia los ancianos, sujetos inconvenientes para un mundo que rinde culto a la juventud, como si fuera eterna.

El de la gran exponente del feminismo en el siglo XX es uno de los grandes libros que se han escrito sobre la vejez. El otro imprescindible es De senectute, de Cicerón, escrito en el 44 a. C., más de dos milenios antes. El pensador y político romano lo escribió durante sus últimos meses y era una suerte de consejos para soportar el invierno de la vida, no exento de reflexiones acerca de la decrepitud, siempre en clave optimista.

En esa línea se inscribe el nuevo libro de Erri de Luca, que en diálogo con Inès de la Fressange, experta en moda y modelo de algunos de los diseñadores más famosos del mundo, define la senectud como La edad experimental (título del libro, que acaba de publicar Seix Barral) porque suscita, dice, "la extraña sensación de que nadie ha sido viejo antes que yo".

"Ahora tengo bastante menos miedo a la muerte que cuando tenía veinte años”

Se le asemeja esta etapa vital "a la subida por un bosque de montaña". Y es que "solo puedo ver lo que me rodea, pero a medida que subo […] se abren claros, hay más luz", leemos.

Esto lo hubiera secundado Rosa Montero (Madrid, 1951), que nos garantiza que escribe "con el mismo ánimo" de sus inicios gracias a que no ha perdido la curiosidad, "el combustible de la literatura, pero sobre todo de la vida". Aunque se considera una autora existencialista, "ahora tengo bastante menos miedo a la muerte que cuando tenía veinte años", confiesa.

Tampoco le teme Álvaro Pombo (Santander, 1939), el último escritor que ha recogido el Premio Cervantes, pues está convencido de que "es una liberación del cuerpo". "Los achaques son peores", apunta al otro lado del teléfono y postrado en la cama.

Luis Mateo Díez (Villablino, León, 1942), ungido con la misma distinción, concede que la muerte "literariamente es muy interesante, y la cercanía la intensifica". Sin embargo, a sus 83, escribir sigue siendo "un reto y una pasión". Precisamente, "los años me lo hacen más imprescindible porque no me queda otra cosa más importante que hacer", asegura.

Diseño: Rubén Vique

Diseño: Rubén Vique

El italiano Norberto Bobbio, uno de los pensadores europeos más influyentes del siglo pasado, también tenía más de ochenta cuando publicó De senectute, en 1997, tomando el título de la citada obra de Cicerón. El libro de Bobbio podría ser una síntesis entre el del pensador romano, más esperanzador, y el de la filósofa francesa, mucho más combativo.

La flamante reedición de Taurus, recién llegada a las librerías, desvela su absoluta vigencia –"al octogenario, salvo excepciones, se le considera un viejo decrépito de quien no vale la pena ocuparse"–, pero sobre todo el admirable compromiso del autor con la escritura en el ocaso de su vida. "Me estoy dando cuenta de que muchas cosas que escribo estos últimos años son variaciones sobre un mismo tema", leemos como la confesión de quien aspira a no repetirse.

Hacia el final de su nueva película, Amarga navidad, Pedro Almodóvar también esgrime una reflexión velada acerca de la autocomplacencia del creador consagrado que afronta la vejez, pero de esto nos ocuparemos en otro momento.

En tanto que "la dimensión en la que vive el viejo es el pasado", como dice Bobbio, la memoria es el principal ingrediente del que un anciano se sirve para contar su vida. Pero cuidado con la memoria, que es "caprichosa", nos advierte Díez, cuyas aproximaciones a la vejez en su obra –Los ancianos siderales, Vicisitudes, …– arraigan en lo ficcional.

"De la memoria se hacen usos indebidos, se la manipula y trastea. La imaginación es más libertaria"

Según el creador de las Ciudades de Sombra, la imaginación, además de ser "la contrapartida a que la memoria se disuelva", resulta "más libertaria y verdadera". "El olvido es más piadoso; de la memoria se hacen demasiados usos indebidos, se la manipula y trastea", dice a El Cultural. Y apuntala: "Hay que cuidarse para no ser víctima de los recuerdos".

Pombo también resta relevancia al cacareado poder de la memoria, cuya utilidad solo alcanzaría sentido de la mano de la inteligencia: "Memoria e inteligencia son uno y lo mismo. Si tienes memoria, tienes inteligencia para interpretar el mundo".

Pero qué sería del relato de la ancianidad sin los recuerdos, que de un modo inevitable se inmiscuyen –para decirlo con Rilke– en "la patria de la infancia", temática profundamente anclada a las grandes recapitulaciones. En La edad experimental, De Luca agradece a la memoria que le devuelva "lugares y personas que había olvidado".

Al mismo tiempo, lamenta "que se dé por caduco y acabado el amor de los ancianos", para muchos "inapropiado, abusivo". Pero "no me desaniman las habladurías. Amo de todas las maneras posibles".

Rosa Montero, por su parte, recuerda su perplejidad ante el hecho de que algunos celebraran su novela La carne (2016) por la supuesta valentía de contar la peripecia sexual de una mujer de sesenta años. La escritora, que ya tenía alguno más, tuvo que aclarar que tanto ella como las amigas que le rodeaban seguían "haciendo el amor, teniendo novios... Y eso no se lo preguntan a Mick Jagger, que tiene más de ochenta y sigue saliendo con modelos. En fin, eso es un sexismo".

A propósito del sexo en la vejez, Marta Sanz señala: "Sería muy deseable dejar de criminalizar o mirar con asco las formas del deseo. Lo que sí resulta extraño es la necesidad, la urgencia incluso, de mantener artificialmente el deseo sexual hasta el instante previo a la muerte". En la misma línea, "respeto a las personas que quieren parecer eternamente jóvenes, pero yo no quiero, ni siquiera sé si tengo dinero para parecerlo", dice. El caso de Montero es distinto: "Yo no asumo la vejez en absoluto, soy trastemporal".

En todo caso, estos posicionamientos pavimentan una reflexión acerca de la mirada que, a lo largo de la historia, la sociedad ha arrojado sobre la vejez, así como las representaciones que ha tenido en la literatura.

El filósofo Aurelio Arteta nos recuerda en sus Cuadernos de la vejez (cuatro volúmenes publicados entre 2015 y 2023) que, mientras que ahora se margina miserablemente a los ancianos por una causa tan mercantilista como la ineficiencia, el mundo clásico fue mucho más considerado, equiparando la senectud con la sabiduría y mostrando un enorme respeto por quienes, hacia el final de sus días, podían ofrecer claves trascendentales acerca de la existencia. Ahí está Néstor, el rey pacífico y hospitalario de La Odisea, que a tantos personajes ilustró con sus consejos.

En las celebérrimas Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, el emperador romano hace recuento de su periplo vital desde la serenidad que le reportaron sus conocimientos filosóficos.

Nos recuerda a las reflexiones de Umbral en uno de esos artículos que El Cultural dio a conocer en exclusiva antes de la publicación de los volúmenes editados por Renacimiento. "A la juventud le espanta eso de envejecer, que no va con ella, pero con la edad se aprende que el envejecimiento es un confort, una instalación en la vida. […] Aprendamos despacio que envejecer es bello, aprendamos despacio que morir no es un rayo, que morir es oficio como vivir y amar, oficio de vivir".

Y, sin ir más lejos, la semana pasada el crítico Ignacio Echevarría confesó en estas páginas que vive en paz con su edad gracias a los autores a los que admira: "Cada año que cumplo mi vida es más rica, más experta en las complejidades de la inteligencia y del corazón".

No todos han encarado el acabamiento físico con ese aplomo. Antonio Gamoneda reveló su conciencia del deterioro en el poemario Arden las pérdidas (2003), donde se hacía eco de la convivencia entre "agonía y serenidad" que la vejez implica. "Te habitas a ti mismo pero te desconoces", leemos. Y lo mismo que "el dolor es parte de la serenidad", no elude la gravedad de la coyuntura: "Miro mi desnudez. Contemplo / la aparición de las heridas blancas".

"La precariedad tiene un efecto multiplicado en un cuerpo viejo: el frío es más frío"

Luis Antonio de Villena, también poeta, aún se muestra más inclemente en Miserable vejez, publicado hace un año: "Odio el tiempo final de mi vida, que la vejez impía achica y merma y cercena y pudre".

Marta Sanz se hace cargo de esta óptica negativa, pero elevando la cuestión a un plano en el que confluyen lo personal y lo político. "Las cuestiones de género, de raza y de clase, sus vínculos, son fundamentales a la hora de hacer el relato de las transformaciones del cuerpo y mirar literariamente la vejez", explica.

La autora de Clavícula, en el que abordaba la menopausia –entre otros asuntos–, y Amarilla, su poemario más reciente, donde reflexiona sobre el paso del tiempo con el cuerpo como punto de partida, cree que "la precariedad tiene un efecto multiplicado en un cuerpo viejo: el frío es más frío".

Si, además, se trata de mujeres, el caso se agrava. Sanz recuerda, a propósito, dos obras "muy recomendables para entender esa desventaja": Que planche Rosa Luxemburgo, de Francisca Aguirre, y Silencios, de Tillie Olsen. Por aquí cabe recordar cómo las obras literarias han retratado a las viejas: si en la Edad Media les asignaron a menudo personajes de curandera o de bruja, en el Siglo de Oro fueron relegadas a roles como el de la alcahueta o la viuda. Además, la Celestina de Fernando de Rojas es una manipuladora sin escrúpulos.

"La juventud siempre se ha ocupado de sí misma, pero no me parece que ahora se menosprecie a la vejez"

Siguiendo con el Barroco, los protagonistas de El Lazarillo de Tormes y el Quijote, dos de nuestras obras maestras, son ancianos. No pocos creyeron –y siguen creyendo– que el ingenioso hidalgo era un alter ego de Cervantes. De lo que no cabe duda es que, para su época, fue un escritor extraordinariamente longevo: andaba cerca de los 68 cuando escribió aquello de "Puesto ya el pie en el estribo / con las ansias de la muerte…".

A partir del siglo XIX, la vejez se representa en toda su crudeza. La muerte de Iván Ilich, de Tolstói, simboliza el cambio de paradigma. Desde entonces, las novelas que se ocupan de la vejez presentan un enfoque más panorámico: tan importante resulta lo privado –escenas íntimas que dan cuenta de un drama familiar (una enfermedad, por ejemplo)– como lo público: las reflexiones acerca del sistema geriátrico o el dilema moral que suscitan los cuidados.

"Cuidar puede ser un modo de violentar y, a la vez, quienes cuidan muchas veces se sienten vampirizados por las necesidades de una persona vieja o enferma. El límite es delicadísimo", expone Sanz.

Pombo escribe desde hace más de medio siglo. Ha usado el bolígrafo, la máquina, el ordenador y hace muchos años dicta sus textos. Actualmente, a una de las personas que lo cuida. "No me parece que se menosprecie a la vejez", afirma. O sea, "la juventud se ha ocupado siempre de sí misma, pero la vejez también", explica. Sabe que si se mantiene agarrado a la vida es, precisamente, gracias a la gente joven. Y a la escritura, claro, que "es una continuación de la vida".

Para Luis Mateo Díez también sigue siendo "el mejor refuerzo". Y apunta, con su genuina sorna, que la vejez es algo de lo que también se presume. "Una coquetería como otra cualquiera".