Retratos de Francisco de Quevedo, santa Teresa de Jesús y Luis de Góngora

Retratos de Francisco de Quevedo, santa Teresa de Jesús y Luis de Góngora

Letras

El deseo en el Siglo de Oro, según De Villena: así amaron Garcilaso, Teresa de Jesús, Lope, Quevedo y Góngora

El poeta y ensayista analiza en 'Diamantes, mística y cilicios' las múltiples formas que adoptó el amor en las vidas y los versos de los grandes autores españoles de aquel periodo.

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Entre el idealismo y el misticismo, entre conceptos e imágenes, del cuerpo al espíritu, del convento al burdel, el amor se revela de múltiples maneras y con memorables acentos e intensidades en los versos y las peripecias de los grandes escritores del Siglo de Oro.

Diamantes, mística y cilicios

Luis Antonio de Villena

Siruela, 2025
172 páginas. 18,95 €

Lo analiza Luis Antonio de Villena (Madrid, 1951) en Diamantes, mística y cilicios, un sugerente y perspicaz recorrido (con su proverbial facilidad para la exégesis literaria y la proyección del conocimiento) por instintos, pasiones, tensiones, experiencias y modalidades amatorias que encontraron cauces poéticos en gran medida sublimes.

Militar y poeta, “Renacimiento puro”, en Garcilaso de la Vega se decantan “el neoplatonismo humanista y la herencia del amor cortés”. Se sabe que, ya casado, amó mucho a la dama portuguesa Isabel Freire, también comprometida y que, igual que el poeta, murió joven. Se le conocen un hijo ilegítimo y aventurillas con mozas rurales y otras amantes en España y Nápoles. Es autor de versos palpitantes nutridos de deseo, vitalismo, sensibilidad y bucolismo de tradición grecolatina.

Seguidor suyo, el sevillano Fernando de Herrera acuña un perfil de erudito en busca de “un amor imposible”.

Hambrientos de Dios, Teresa de Ávila y Juan de la Cruz son sublimadores de la sensualidad. Ese amor fogoso que es anhelo de unión, anota De Villena, se modula en Teresa en forma de “pulsiones eróticas, arrobo y dolor hasta lograr las visiones unitivas”.

Teresa de Ávila y Juan de la Cruz son sublimadores de la sensualidad. Lope de Vega se ordena sacerdote y, burla burlando, sigue fornicando

Con parecidas ansias, Juan de la Cruz es más un intelectual religioso en el que hay saber y estudio (en ella, “afán y apetito”). Su poesía, altísima, enaltecida por un sugerente lenguaje erótico, es “el alma buscando a Dios”, el encuentro “con el Sumo Amor divino, que viene del despojamiento y del silencio”.

Vital y culto, Lope de Vega experimentó “un caudaloso y plural amor humano, directo y real”, una pasión por la mujer que se reflejó en numerosas relaciones (algunas, matrimoniales). Amó a mujeres casadas, a actrices, a viudas. En 1613 se ordena sacerdote y, burla burlando, sigue fornicando. Vigoroso, más realista y vivencial que idealista, Lope representa “la pasión de amar”. Tuvo muchos hijos.

¿Y Góngora? “Difícil, elegante y sospechoso”, además de “arrogante” y “total”: un esplendor lírico sin parangón. La sensualidad de su poesía se dirige al mito o la idea. No revela “pasiones reales”. No se le conocen historias de amor “ni un solo nombre de mujer”. Sí aporta constantes “descripciones de mozos bellos”: Medoro, Acis, Miguel de Guzmán (jovenzuelo noble abatido por un rayo). Luis Antonio de Villena considera “evidente” la obsesión del cordobés “por la belleza moceril”.

Por su parte, Quevedo aparece como “un enamorado sin amada”. Más allá de los relatos que le atribuyen cierto gusto por las mancebías, su poesía amorosa “suena a potente construcción verbal e intelectual”. En sus versos están la rotundidad, el juego galante, el desengaño, la pirueta, la metafísica y un enamoramiento perpetuo y problemático.

La mexicana sor Juana Inés de la Cruz es para muchos “la última gran floración del Siglo de Oro español”. De Villena detecta un claro “lesbianismo platónico” en su trato con la virreina María Luisa Manrique de Lara, que le dio amistad y protección. Fue un personaje “nuevo, singular y admirable”.

El libro se cierra con textos dedicados al personaje de don Juan, “mito español de amor y muerte”, el “Soneto del rapto de Ganimedes” de Juan de Arguijo, el sexo en un poema de Francisco de Aldana y en “La cazzaria” de Antonio Vignali y el conde de Villamediana, “libertino, donjuán, sodomita, caballeroso hombre galante, poeta y artista”.