Fernando Aramburu. Foto: Iván Giménez

Fernando Aramburu. Foto: Iván Giménez

Letras

La novela de Fernando Aramburu sobre un terrible suceso real esconde una novedad sorprendente

El autor de 'Patria' parte de una explosión de gas ocurrida en 1980 en un pueblo de Vizcaya y engendra un crudo relato emocional en 'El niño'.

1 abril, 2024 01:52

La nueva novela de Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959), El niño, parte de un terrible suceso real. Una explosión accidental de gas ocurrida el 23 de octubre del año 1980 en el colegio público Marcelino Ugalde de la localidad vizcaína de Ortuella dejó el tremendo saldo de diez niños y tres adultos muertos. El infortunio conmocionó al País Vasco y a toda España y en internet se encuentran abundantes testimonios de su repercusión en la prensa.

El niño

Fernando Aramburu

Tusquets, 2024. 270 páginas. 20,50 €

Aramburu pone el foco en aquella desgracia, pero no la reconstruye en sus detalles. Con el certero instinto del narrador avezado que es recrea solo rasgos generales de la catástrofe, pinta de forma sucinta el horror de las familias afectadas, los ritos funerarios inmediatos y los destrozos materiales. No hace, sin embargo, un reportaje del daño colectivo sino que selecciona un material humano concreto, una de las familias damnificadas.

Con ese criterio aísla un dolor específico, el de Mariaje y José Miguel, padres de Nuco, una víctima de seis años, y del abuelo materno, Nicasio. El relato arranca, también con una muestra de acierto formal, con la estampa desolada y ya un punto enfebrecida de Nicasio en su habitual visita de los jueves al cementerio.

Como El niño es una novela corta concentrada, monda de palabrería y hojarasca verbal, importa fijarse en la literalidad del texto: sube al columbario para "hacerle compañía al nieto".

La historia novelada a partir de ese episodio cierto se expande hacia el pasado y hasta nuestro presente. Queda constancia del origen emigrante de la familia, con su problemática. También de los conflictos previos del matrimonio. El futuro anota las consecuencias en los tres personajes principales de la catástrofe vivida, sin separarlas del ayer.

La narración del accidente se convierte en el relato acerca de una familia, en una historia de aspiraciones, fracasos y traumas familiares. Algún elemento de suspense garantiza la tensión de una peripecia humana en verdad dura, signada por un auténtico fatalismo.

Esas vidas zarandeadas por el destino, víctimas de un ciego fatum, dan lugar a retratos psicológicos no poco sutiles. Por un lado, tenemos el complejo fondo anímico de un matrimonio sin aparentes aristas mentales, y sin embargo cargado de secretos, disimulos y engaños que desvanecen el retrato de una relación conyugal perfecta.

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Por otro, la figura de estirpe clásica del loco-lúcido, ese cervantino Nicasio cuya personalidad en el límite entre la sabiduría y la enajenación convierte el autor en un reclamo básico de la fábula. Esta pequeña galería de retratos privados –a la que se añaden algunos complementarios: una amiga íntima de la mujer, un amante por provecho– se presenta de forma un tanto descarnada pero bruñida con piedad. No descalifica ni juzga Aramburu a sus personajes, los ve con cierta proximidad y comprensión.

La historia la cuenta un narrador que muchos años después del accidente conversa con la madre y toma nota de las noticias que le proporciona la mujer con vistas a escribir el libro que leemos. Este reportero innominado, a quien podemos considerar un doble del propio Aramburu, testimonia los efectos imprevisibles de la tragedia en la familia y sugiere un alcance general, metafórico, de una experiencia concreta.

'El niño' traza una estampa tan conmovedora como inquietante de la fragilidad de nuestra naturaleza

A esta construcción tradicional, de engañosa sencillez, acopla Aramburu un recurso de moderado vanguardismo, y nada dificultoso, que proporciona a la novela una dimensión nueva. Gracias a ella el relato de la tragedia se transforma en original indagación de dolencias del alma.

El propio Aramburu lo explica en una "Nota del autor" preliminar. Las breves secuencias del relato troncal se interrumpen con diez pasajes en letra cursiva que remiten a la novela principal, por así decirlo. Hallamos algo en verdad sorprendente. En ellas no habla un personaje o narrador sino el propio texto, consciente de su condición de tal, de su cualidad de obra narrativa.

Este "humilde texto" se refiere al autor y a sí mismo, hace enmiendas y apostillas y hasta complementa lo contado. Todo resulta oportuno al entramado anecdótico de la novela corta, menos la no convincente explicación de por qué se cambian los nombres de las personas reales, pues los datos menudos de la familia sobran para identificarla.

Justifica Fernando Aramburu el procedimiento como una manera de introducir un remanso de sosiego reflexivo en la novela. Pero su alcance va más lejos, al punto de que el quid del relato reside en esta ingeniosa novedad. Por analogía, tiene un efecto semejante al del recurso teatral del distanciamiento del autor alemán Bertolt Brecht.

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Rompe la tensión emocional derivada de una historia muy fuerte y, sobre todo, impide que esta caiga en el patetismo agudo o en el melodrama desatado. Un juego lúdico permite también el distanciamiento. En la estela cortazariana de Rayuela, cabe la posibilidad de leer la novela breve de un tirón saltando los pasajes en bastardilla.

El "texto" hablante enfría la emoción descontrolada y proporciona con sus ironías y precisiones técnicas un punto de racionalidad y reflexión. Encarrila la historia plagada de muertes por la vereda de las adversidades de las que nadie estamos libres y confiere un grado de verdad corriente, tremenda pero corriente, a una peripecia humana con densidad alegórica.

Aunque el parlanchín "texto" se conforme con contener "las humildes y a menudo infortunadas peripecias" de sus personajes, la "novelita" va bastante más lejos. En última instancia, El niño traza una estampa tan conmovedora como inquietante de la fragilidad de nuestra naturaleza. Esta amarga historia de complicidades alrededor de un inocente, Nuco, la trasmite un relato absorbente y, por otra parte, ameno, si se admite que este sarcasmo califique tanto dolor.