Laetitia Colombani. Foto: Asís Ayerbe

Laetitia Colombani. Foto: Asís Ayerbe

Letras

Laetitia Colombani: “En la India lo terrible y lo sublime van de la mano”

La escritora regresa a la India en 'El vuelo de la cometa', donde reflexiona sobre los derechos de las mujeres y la necesidad de la educación

11 marzo, 2022 03:11

Cuando en 2017 Laetitia Colombani (Burdeos, 1976) irrumpió en el panorama literario francés con La trenza nada podía hacerle prever que su libro se convertiría en uno de los fenómenos editoriales de la temporada, alcanzando más de dos millones de lectores. Directora, actriz y guionista de cine, cuenta que es su inquietud por contar historias lo que le hizo cambiar la cámara por el folio en blanco. Desde entonces, ha publicado otros dos libros, Las vencedoras (2019), y su última novela, El vuelo de la cometa, que aterrizará en España de la mano de Salamandra el próximo 3 de marzo, y donde vuelve a los temas recurrentes de su narrativa: la sororidad y los derechos de las mujeres y de las niñas, además de la importancia de la educación en la liberación femenina.

Inmersa en el rodaje de la adaptación de su primera novela, que la llevará a recorrer los próximos meses la India, Canadá e Italia, Laetitia Colombani se conecta desde su casa por videollamada días antes de viajar a Asia, donde pasará algún tiempo en un pueblo de intocables cerca de Varanasi. “Quería seguir con la aventura de aquel libro que fue tan inesperada para mí –comparte- y tenía ganas de continuar de esta manera”. Responsable del guion y la dirección, ella misma ha sido la encargada de elegir las localizaciones, los decorados y los actores. “Todo está siendo bastante mágico. Sentir que la historia se va concretando y se va encarnando en este proyecto forma parte también de la magia de cine”, defiende.

No en vano La trenza, también tiene mucho que ver con la escritura de El vuelo de la cometa, donde retoma la historia de uno de los personajes de aquel debut, la de Lalita, y regresa al país asiático. “Después de su publicación –relata la autora francesa-, un lector, que era un maestro francés, me escribió una carta para contarme que había fundado una escuela en el Rajastán y me invitó a visitar su proyecto para ver cómo trabajaba”. Impactada por aquel testimonio, Colombani decidió que tenía que verlo por sí misma y aceptó el guante. “Estuve con su equipo, con algunos alumnos de la escuela y, sobre todo, con algunas niñas intocables. Al volver fue evidente para mí que tenía que escribir sobre la fundación de una escuela como la de este profesor francés, que se convirtió en mujer para mi novela”.

Pregunta. ¿Qué fue lo que más le impactó de aquel viaje?

Respuesta. He viajado varias veces a la India y he visitado distintas regiones. Lo que siempre me sorprende es la pobreza, la cantidad de gente, tantas personas a las que nos gustaría ayudar, que viven en la calle en una pobreza extrema. Esto me conmueve, porque al mismo tiempo es un país magnífico. Vemos cómo lo terrible y lo sublime van de la mano. Pero lo que más me impresionó de este viaje en concreto fueron los testimonios de los niños y, sobre todo, de las chicas adolescentes, de 12 o 13 años, que tenían el miedo de que sus padres las casaran. Recuerdo a una niña de 14 años que se había casado y que ya había tenido a su primer niño. Yo soy madre y esto me impresionó. Entonces pensé que había que contar la vida de estas niñas que viven en los pueblos, que no van a la escuela y que son casadas muy jóvenes. Fue algo que no pude contar en La trenza y quería hacerlo.

La India, un país de paradojas insalvables

P. Tal y como relata, la India es un país de grandes contrastes. ¿Qué tiene que nos fascina y nos conmociona tanto?

R. La India es el país del yoga, la meditación, la medicina ayurvédica y los ahsrams. Tiene una espiritualidad extremadamente fuerte, muy desarrollada, pero, al mismo tiempo, cohabita con una sociedad muy violenta, con una discriminación muy grande. Allí se considera que no todos los hombres son iguales, que hay unos superiores a otros. Esta es la base de las castas. Para nosotros, que vivimos en una realidad en la que las personas nacen libres e iguales, esto es muy chocante.

P. En El vuelo de la cometa pone además mucho énfasis en la historia de las niñas intocables, ¿por qué esa atención especial?

R. Sí, los intocables son una comunidad muy discriminada por el resto de la población, que solo se relacionan entre ellos. Así es como se perpetúan las tradiciones de estas bodas tan precoces que, a fin de cuentas, aumentan la pobreza. Pude visitar algunos de estos pueblos y me sorprendió que, a pesar de que la gente apenas puede comer, los niños tienen esas ganas de aprender, de ir a la escuela. La educación para ellos es su salvación y, aunque viven la misma vida que sus padres, la determinación por aprender, la fortaleza y la voluntad de estas niñas y niños me pareció una gran lección.

P. Justamente su novela incide en la importancia de la educación en la independencia de la mujer y en los derechos de los niños: ¿"Educar a una mujer es educar a toda una nación”, como dice el proverbio africano que cita en su libro?

R. Sí, totalmente. He conocido a mujeres de 30 años que tenían doce hijos a los que ni si quiera podían alimentar. Dándoles la posibilidad de estudiar, también podemos eliminar este círculo vicioso de pobreza. Si las mujeres se casan a partir de los 18 años, en vez de a los 13, es más fácil que puedan negarse a hacerlo, que puedan al menos elegir. Así que para mí la educación de las mujeres es algo fundamental, estoy convencida de que una sociedad no puede ir bien si no existe la posibilidad de aprender.

P. Una de las conclusiones a las que llega su protagonista es que peor que la miseria, son las tradiciones, ¿por qué es tan complicado romper con las costumbres?

R. Es muy perturbador, pero la tradición representa un peso enorme, sobre todo en las zonas rurales. En uno de mis viajes conocí a una mujer que lloraba desconsoladamente porque acababa de casar a sus hijas de 14 y 15 años. Le preguntamos que por qué lloraba si era ella la que las había casado. Nos contestó que porque había que hacerlo, así funcionaban las cosas allí. El peso de las tradiciones es lo más importante. A esta mujer también la habían casado a esa edad. Ella reproducía algo que había padecido porque creía que no había otra posibilidad. De alguna manera hablar de educación con estas personas, proponer la escolarización de los niños, también es ofrecerles otra visión de las cosas. Es como abrir una puerta, pero es difícil de abrir porque son tradiciones milenarias y porque su creencia en la reencarnación es una forma de resignación. Tienen la convicción de que en el más allá hay vidas mejores, y que en la actual lo único que uno puede hacer es esperar y resignarse.

Un canto a la sororidad

P. Todas sus novelas están siempre protagonizadas por mujeres, ¿diría que son un canto a la sororidad? ¿Son este tipo de historias necesarias?

R. Sí, esta es una novela que habla de sororidad, como las anteriores, como La trenza y Las vencedoras. Me inspiran estos personajes femeninos basados en mujeres que me rodean y a las que conozco durante mis viajes. Cada vez que voy a un país distinto intento escuchar a las mujeres, intento que me cuenten sus vidas, sus dificultades, sus alegrías y sus luchas. La sororidad es un valor muy importante para mí en mi vida cotidiana porque creo firmemente en esta ayuda que podemos tejer entre nosotras.

P. Escribe además sobre las Brigadas Rojas, grupos de mujeres y adolescentes que aprenden a pelear y a defenderse, ¿estuvo en contacto con ellas?

R. Las descubrí a partir de varios reportajes, no tuve la ocasión de conocerlas directamente, pero me he documentado mucho sobre ellas. La primera brigada nació hace unos diez años en el norte del país y se encargaba de la seguridad de las mujeres del barrio. El personaje del que escribo en el libro, Usha, existe realmente, tiene unos 30 años y creó esta brigada para enseñar a las mujeres a luchar y a responder a las agresiones porque se había dado cuenta de que ni la policía ni la justicia las protegían. Luego fueron imitadas, y hoy en día hay miles de mujeres y de chicas en la India que se entrenan gracias a ellas en la autodefensa. A mí me pareció fantástico ver cómo las mujeres decidieron tomar por su cuenta esta voluntad de autoprotegerse. Hablo de chicas que a veces empiezan con 12 o 13 años, son muy jóvenes pero son valientes y tienen una gran determinación. Ellas sirven de modelo y ejemplo para el resto de la población. Y además salvan a muchas chicas de agresiones, de tentativas de violaciones, de asesinatos, de raptos. Su labor es esencial.

P. Como comenta en su libro, la India tiene el mercado de mano de obra infantil más grande del mundo, ¿no es aterrador que esto siga ocurriendo en pleno siglo XXI?

R. La explotación infantil es posible porque en India la ley prohíbe el trabajo de los menores, pero hay muchas maneras de saltarse esa ley. Por ejemplo, los niños pueden trabajar, excepcionalmente, si trabajan para su familia y hay muchísimas empresas familiares, así que todos acaban trabajando para el primo del primo. Hablo de trabajos manuales de doce horas diarias en muchos casos. Yo diría que el gobierno cierra los ojos y nosotros también. Aunque también es verdad que nosotros no somos muy conscientes hasta que viajamos a la India.

P. En este sentido, sobre nuestra responsabilidad como personas ajenas a esa realidad, en su libro una de sus protagonistas se plante precisamente si ella está legitimada para pelear por ciertas causas, ¿se siente así?

R. Es un equilibrio difícil y es algo que me planteé cuando empecé a escribir esta novela. Me cuestioné sobre mi legitimidad para escribir sobre todo esto. ¿Cuál era mi lugar? Pero creo que las mujeres de las que escribo, las intocables, las niñas, nunca tendrán la posibilidad de escribir un libro para contar cómo viven porque no han tenido o no tendrán la posibilidad de ir a la escuela. En el fondo, se puede hablar de todo a condición de escuchar y respetar la palabra de las otras personas. En este sentido, mi papel como escritora es dar a conocer esa realidad sin dar lecciones de moral e intentado no aportar ningún juicio sobre ello. De todos modos, cuando uno ve a una niña de 13 años casada por la fuerza que se pasa el día de su boda llorando, ya sea indio, español, francés o inglés, la emoción es la misma. Las lágrimas de un niño son algo universal, esto es lo que yo entendí.