Colum Mccann, autor de 'Apeirógono' (Seix Barral)

Colum Mccann, autor de 'Apeirógono' (Seix Barral) Elizabeth Eagle

Letras

La brillante novela de Colum McCann sobre el conflicto palestino-israelí

Apeirógono recuerda a la Patria de Aramburu en que está basada en un caso real y en que presenta el diálogo como único medio para la paz

13 enero, 2022 02:31

Apeirógono

Colum McCann

Traducción de Rubén Martín Giráldez. Seix Barral, 2021. 528 pp. 22,90 euros

Recuerdo mi estremecimiento durante la lectura de Patria de Fernando Aramburu. Se trataba de una sensación de inquietud al resultarme casi imposible evaluar la obra como creación literaria más allá de la crudeza descarnada de los hechos narrados: el sufrimiento de la familia Lertxundi tras el asesinato de Txato, un empresario vasco, a manos de ETA.

Algo similar me ha ocurrido al concluir Apeirógono (polígono degenerado con infinito número de lados). Además del singular 50 consejos para ser escritor o Trece formas de mirar, en la línea del más genuino John Barth de La ópera flotante, los lectores en español conocemos al irlandés Colum McCann (1965) por novelas como Trasatlántico, donde el interés por reflejar temas sociales incluso eclipsaba a los personajes. Una de las tres historias incluidas tenía que ver, además, con las negociaciones de paz en Irlanda del Norte a finales de los 90.

Portada de 'Apeirógono'

Portada de 'Apeirógono' Seix Barral

La misma sensación que leyendo Patria tengo al concluir Apeirógono, donde los bandos en eterno e infinito conflicto como en un apeirógono, son judíos y palestinos en Israel/Palestina. El argumento es apriorísticamente simple y sencillo: Rami Elhanan es judío y Bassam Aramin palestino. Ambos tienen algo en común, sus dos hijas murieron de forma violenta siendo unas niñas. Smadar tenía 13 años cuando un palestino se inmoló haciendo explotar una bomba; Abir tenía 10 y murió a causa una bala de goma disparada por un soldado israelí. Ahora los dos padres intentan rehacer sus vidas y trabajan juntos buscando caminos que conduzcan a la paz entre sus dos comunidades.

Las diferencias entre las novelas de Aramburu y McCann son infinitas, pero argumentalmente la más importante es que la tragedia narrada por McCann fue real como reales son los personajes. Esta particularidad condiciona en buena medida la valoración de lo leído condicionando tanto el contenido de la reseña como el equilibrio interpretativo. Cómo no empatizar con quien tarda hora y media en llegar a su trabajo a causa de los controles cuando el mismo recorrido para el otro personaje apenas si supone 15 minutos. La reflexión de Bassam en Belfast durante una conferencia sobre la paz, es tremendamente lúcida: resultaba “más fácil ser palestino en el extranjero que en casa” (p. 210).

Como en un crisol, la narración mezcla la historia con la política, el arte con la naturaleza. El resultado es ciertamente brillante

Al inicio de la interminable lista de agradecimientos, se encuentra la clave interpretativa: “Esta es una novela híbrida con un núcleo de invención, un trabajo de narración que, como todas las narraciones, entreteje elementos especulativos, de memoria, hechos e imaginación.” (p. 523). Tal como ensayara en Trasatlántico, el irlandés muestra idéntico interés por cómo se cuenta la historia como en el hecho histórico mismo. Eso sí, en algunos casos las constantes informaciones ornitológicas –entiendo que con intencionalidad metafórica– me han resultado algo tediosas.

En la más pura ortodoxia posmodernista escoge un modelo narrativo similar al de Las 1001 noches reconvertidas en su pluma en los 1001 relatos, muchos de ellos de tan solo una línea o incluso fotografías; los más breves resultan tan impactantes y sugerentes como un haiku japonés: “Las colinas de Jericó son un baño de oscuridad” (p. 520) es el último. La numeración de estos 1001 relatos es ascendente y descendente con el punto de inflexión en el centro. Por algún motivo me ha recordado al monumento a la Guerra de Vietnam en Washington con sus implicaciones simbólicas. En cierta forma los dos personajes realizan el mismo recorrido de entrada hacia el odio para llegar a la conclusión de salida: que tan solo el diálogo, la generosidad, la comprensión y reconocimiento del otro es el camino a seguir para conseguir una paz duradera.

La complejidad narrativa se amplifica al considerar que la narración se mueve vertiginosamente en el tiempo y el espacio; como en un crisol se mezcla la historia con la política, el arte con la naturaleza, y el resultado es ciertamente brillante.