Image: Sexo, coca y orfidales: las drogas de nuestros escritores

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Letras

Sexo, coca y orfidales: las drogas de nuestros escritores

16 marzo, 2017 01:00

Ilustración de Jean-François Martin en Drogadictos (detalle)

Demipage edita Drogadictos, un libro sobre la adicción con relatos y confesiones de Marta Sanz, Juan Bonilla, Sara Mesa y Francisco Javier Irazoki, entre otros autores españoles y latinoamericanos. El Cultural adelanta en exclusiva el de José Ovejero, que confiesa por primera vez en público su adicción al sexo.

Como dice José Ovejero, "asomarnos a la intimidad de los demás, escarbar en ella, nos atrae, sí, también a los que no somos aficionados a la telebasura". En el caso de las historias sobre adicciones, también nos tienta adentrarnos, a través de las experiencias de otros y sin correr ningún riesgo, en la transgresión, el hedonismo y la autodestrucción. De Baudelaire a Bukowski, pasando por Artaud, Cocteau, Huxley, Hunter S. Thompson, Burroughs o Kerouac, nos encantan los escritores borrachos y drogatas, sobre todo si escriben sobre ello. Sin ir tan atrás ni tan lejos, tenemos a Daniel Jiménez, que irrumpió con estruendo en el panorama literario el año pasado con Cocaína. También hace un año Olivia Laing nos sirvió una nueva dosis con El viaje a Echo Spring, un ensayo en el que analizaba la adicción a la bebida de autores como Hemingway, Scott Fitzgerald, Tennessee Williams y Raymond Carver.

Ahora la editorial Demipage nos pone delante otro anzuelo con Drogadictos, un volumen que ve la luz este lunes 20 de marzo y en el que los editores David Villanueva y Manuel Guedán han convocado a Lara Moreno, Juan Bonilla, Marta Sanz, Manuel Astur, Sara Mesa, Juan Gracia Armendáriz, Carlos Velázquez, Francisco Javier Irazoki, Richard Parra, Mario Bellatin y el mencionado Ovejero. Entre sus textos los hay más o menos ficticios y personales, sin que quede claro en todos los casos si lo que nos cuentan ocurrió de verdad o no, a ellos o a otros. Cada uno de los relatos se ocupa de una adicción distinta, de drogas minoritarias como el opio a otras plenamente aceptadas socialmente, como el alcohol, el tabaco y el lorazepam, todo ello aderezado con las ilustraciones de animales antropomórficos de Jean-François Martin que se han convertido en marca de la casa de la editorial.

El relato más abiertamente autobiográfico y revelador es también el principal reclamo para atraer la curiosidad del lector: la confesión de Ovejero de su adicción al sexo, que nunca antes había aireado y que El Cultural adelanta aquí en exclusiva. "Cuando nos encontremos, ya no veréis a ese tipo en general amable y tranquilo, algo callado, quizá un poco arrogante, que habíais visto hasta ahora. El monstruo, es decir, mi yo oculto, se materializará entre nosotros".

También huele a verídico el relato del mexicano Carlos Velázquez. Si en El karma de vivir al norte ya habló de su afición a la cocaína, en "El pericazo sarmiento (Selfie con la cocaína)" vuelve a hablar de ella. "Retirado" ya de sus tiempos de "atleta" de la coca -decisión que tomó en Madrid tras una mala experiencia- se da un atracón de 13 gramos en cuatro días durante un viaje a Lima. Allí se vuelve a enamorar de la droga por la pureza de la mercancía peruana, que no le deja efectos secundarios como la "mierda" que venden en la capital española. "Era un hecho. Nos habíamos reconciliado. La coca y yo. Y le dije lo mismo que le digo siempre que volvemos. Por favor no volvamos a pelear, nena". El aire de historia de amor llega a convertirse en comedia romántica cuando cruza corriendo la ciudad para llegar a tiempo a su cita con el camello. "Como Woody Allen corrió en Manhattan para alcanzar a Tracy antes de que se fuera a Londres".

Juan Gracia Armendáriz (marihuana), Juan Bonilla (MDMA) y Manuel Astur (tripis) relatan sus torpes experiencias iniciáticas con las drogas. Gracia Armendáriz probó la hierba, que entonces era algo exótico en España, cuando vivía en México. Mientras él daba una calada a su primer porro en una cabaña, al otro lado del mar "Felipe González hacía la uve de la victoria". En mitad de una discusión sobre el colonialismo español y de los propios mexicanos contra los indígenas, el autor tuvo que salirse fuera a vomitar "seiscientos años de historia".

Bonilla probó el éxtasis en casa de unos amigos de Barcelona. Superada la reticencia inicial, se unió a un "viaje" cuidadosamente programado y su texto es un informe de las distintas etapas emocionales de su travesía: tras un angustioso despegue, la calma, la introspección, el ensanchamiento del yo y finalmente la comunión con el universo. "Extasis sí: estaba muy buen puesto el nombre para aquel bicho momentáneo que podía elevarnos hasta ese lugar de la conciencia desde donde otear la maravilla inexplicable de existir". Astur, por su parte, relata una noche al raso en un pueblo de Asturias, acompañado de su mejor amigo y mentor en el mundo de los tripis. La sustancia parece no hacer efecto al principio, pero la escritura surreal de Astur lo va desmintiendo gradualmente a medida que avanza el relato. Y en medio, una buena explicación de la adicción "espiritual" (no la física) a las drogas: "Lo que da miedo de estar cerca de Dios es que, tarde o temprano, hay que regresar y quedarse a vivir aquí. Eso es lo que te empuja a repetir, a intentarlo una vez más hasta caer".

Lara Moreno se ocupa del opio a través de un relato en el que recuerda o imagina una relación con una niña cuyos laxos padres, vecinos de la narradora, consumen la droga y se la administran a la pequeña para calmar su dolor tras quemarse el brazo con el horno. Sara Mesa escribe sobre la morfina y clama contra los pacatos que prefieren evitar la adicción antes que paliar el sufrimiento. Lo hace a través de la historia de su hermano, postrado en una cama de hospital con la cara desencajada de dolor, rogando al enfermero que le aumente la dosis de este potente calmante.

El escritor peruano-mexicano Mario Bellatin, que a menudo posa en las fotos con un garfio de apariencia steampunk y rodeado de sus perros, dedica su relato a la talidomida. Su madre le explicó que había nacido con un solo brazo porque consumió durante el embarazo el famoso medicamento que provocó un aluvión de malformaciones congénitas. Él se marchó a Alemania para tratar de recibir la indemnización que la empresa responsable del fármaco pagó a los afectados, pero el médico que lo examinó (el mismo que inventó el medicamento), negó que su caso estuviera relacionado con la talidomida. Bellatin abandonó el país con un certificado oficial de mutante expedido por le República Federal Alemana que hizo enmarcar en su estudio.

Mientras espera un autobús con el que comenzará un largo y aburrido viaje con varias escalas de Águilas a San Roque para dar una charla, Marta Sanz nos habla del exceso de preocupaciones, del nerviosismo y del insomnio que trata de paliar con lorazepam. Lo suyo es un desfile de first world problems que van mermando su paz interior: el retraso del autobús que quizá le impida hacer el trasbordo, un váter con demasiada lejía, una limpiadora demasiado borde, un taxista con el que se ve obligada a hablar de banalidades, y en la estación de autobús un trasiego "personas que me harán sentirme demasiado blanca, demasiado limpia, incluso demasiado rica".

El limeño Richard Parra firma un indescriptible relato formado por siete sueños narrados por un adicto a la base de cocaína, que manifiesta los delirios propios del consumidor a largo plazo. Andrés Felipe Solano escribe sobre el alcohol, cuatro historias independientes, delgadísimas tranches de vie en los que el alcohol interviene las historias con distintos grados de protagonismo. Y Francisco Javier Irazoki escribe sobre el tabaco, aunque no fuma. No lo necesita. Su abuelo cultivaba, según su relato, un extraño tabaco cuyos efectos alucinógenos legó genéticamente a sus nietos. "Mi hermana y yo nunca tomamos drogas. ¿Para qué? Nuestras neuronas interpretaban, con los ojos vendados, las danzas regionales de países que no sabíamos situar en el mapamundi de la escuela".

Nos encantan los secretos ajenos. Nos encantan las historias de drogas. Nos encanta que nos las cuenten bien y, sobre todo, que los protagonistas sean gente que normalmente guarda las apariencias. Demipage lo sabe. Sabe que su mercancía es de primera y que correremos a por la papelina.

@FDQuijano