Image: Mrs. Bridge / Mr. Bridge
Evan S. Connell
Seix Barral, 640 pp.
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Mrs. Bridge
1. Amor y matrimonio
Se llamaba India; nunca pudo acostumbrarse al nombre. Le parecía que, cuando se lo impusieron, sus padres debían de estar pensando en otra persona. ¿O era que esperaban otra clase de hija? De niña estuvo muchas veces a punto de preguntarlo, pero fue pasando el tiempo y no dijo nada.
De vez en cuando, mientras crecía, pensaba que ella podría prescindir perfectamente de un marido y, con gran disgusto de sus padres, esta idea subsistió durante varios años después de que terminara sus estudios. Pero llegó una noche de verano, y llegó un joven abogado llamado Walter Bridge: muy alto y muy serio, pelirrojo, con una cara que reflejaba decisión e inteligencia, y ligeramente encorvado, de manera que, aunque irguiera el cuerpo, la americana siempre le colgaba un poco por delante. Hacía varios años que lo trataba sin ver en él nada que le llamara la atención en ningún sentido, pero aquella noche de verano, en el porche de la casa de sus padres, ella, jugueteando con una ramita de menta, lo miraba atentamente mientras fingía escuchar lo que él le decía. Él le decía que pensaba ganar dinero y prestigio y que un día llevaría a su esposa ("cuando finalmente decida contraer matrimonio", dijo, porque aún no estaba preparado para comprometerse), un día llevaría a su esposa a hacer un viaje por Europa. Le habló de Ruskin y de Robert Ingersoll, y aquella misma noche, en el porche, le leyó unos versos del Rubaiyat mientras los padres se acostaban y las cigarras cantaban en los olmos.
Varios meses después, tras la muerte de su padre, ella se casó con Walter Bridge y se fue con él a Kansas City, donde él había decidido abrir un bufete.
Todo parecía ir bien. Los días, las semanas y los meses pasaban más aprisa que durante la niñez, y ella no sentía ninguna inquietud, a no ser en determinados momentos de la noche, en los que ella y su nuevo marido, abrazados buscando seguridad el uno en el otro, esperaban el amanecer, el día y otra noche que tal vez les diera la inmortalidad. Mrs. Bridge se sentía entonces completamente desvelada. Durante aquellos momentos, descansando en brazos de su marido, miraba con intranquilidad el techo o la cara de él que el sueño despojaba de firmeza, como si viera u oyera un anuncio de los grandes años que se avecinaban.
Ella no estaba segura de lo que pedía a la vida, ni lo que podía esperar, porque había vivido poco, pero estaba segura de que, en cierto modo -porque así lo quería ella-, sus necesidades y sus expectativas eran las mismas.
Durante los primeros tiempos de su matrimonio estaba tan solicitada que no dejaba de resultar agradable que él se durmiera al fin. Más adelante, sin embargo, él empezó a dormir toda la noche, y ella a despertarse más a menudo, y se quedaba mirando la oscuridad, preguntándose por la naturaleza de los hombres y dudando del futuro, hasta que una noche despertó a su marido y le habló de su propio deseo. Afablemente, él le pasó por la cintura uno de sus brazos largos y blancos y ella se volvió, contenta, expectante y confiada. Pero no pasó nada más y, a los pocos minutos, él dormía otra vez.
Aquella noche, Mrs. Bridge sacó la conclusión de que, si bien el matrimonio podía ser equitativo, el amor en sí no lo era.
2. Hijos
Su primer hijo, una niña, sorprendentemente morena, que casi nunca lloraba y que parecía no desear sino que la dejaran en paz, nació cuando llevaban poco más de tres años de matrimonio. Le pusieron Ruth. Después del parto, las primeras palabras coherentes de Mrs. Bridge fueron: "¿Es normal?"
Dos años después -Mrs. Bridge tenía treinta y uno-, apareció Carolyn, aproximadamente un mes antes del tiempo, como si ya fuera capaz de cuidar de sí misma, y la llamaron cariñosamente Corky. Era rubita, rolliza, con los ojos azules como su madre, más turbulenta que Ruth y más exigente.
Dos años después de Carolyn, nació un niño, callado, delgado y pelirrojo como el padre, al que pusieron Douglas. No pensaban tener más de dos hijos, pero, puesto que las dos primeras fueron niñasm decidieron probar una vez más. Aunque el tercero hubiera sido otra niña, habrían parado; tampoco había por qué seguir adelante con algo que podía empezar a divertir a la gente.
3. Primera educación
Mrs. Bridge educó a sus hijos como sus padres la habían educado a ella, y esperaba que, cuando se hablara de ellos, fuera por sus buenos modales, su afabilidad y su limpieza, porque éstas eran las cualidades que ella valoraba por encima de todo.
Con Ruth, y después con Carolyn, por ser niñas, se sentía segura de sus normas; pero con el chico a veces no tenía más remedio que actuar por intuición, y luego resultó -no sólo en el caso de Douglas sino también en el de sus hermanas- que lo que ella les había inculcado con más afán no era ni mucho menos lo que ellos recordaban de mayores.
Lo que Ruth más vívidamente recordaría de su niñez era un incidente que Mrs. Bridge prácticamente había olvidado una hora después de que ocurriera. Una tarde de verano, toda la familia, con excepción de Mr. Bridge, que estaba trabajando, fue a la piscina del barrio; Douglas estaba echado sobre una estera de goma, debajo de una sombrilla, pataleando con sus piernecitas delgadas y torcidas y gorgoteando, y Carolyn chapoteaba en la piscina de los pequeños. Hacía mucho calor, y Ruth se quitó el bañador y empezó a caminar por la terraza. Esto lo recordaba borrosamente, pero lo que ocurrió a continuación no se le olvidaría nunca. Mrs. Bridge, al advertir que Ruth estaba desnuda, cogió el bañador y corrió tras ella. La niña echó a correr a su vez y, mojada como estaba, se escurría de los brazos que se extendían hacia ella desde todas las direcciones. La pequeña pensó que aquello era un juego. Entonces vio la cara de su madre. Ruth se sintió desconcertada, luego alarmada, y cuando por fin la cogieron, chillaba histéricamente.
4. Mermelada
Su marido era tan competente como trabajador, y puesto que quería dar tanto a su familia, se iba al despacho muy temprano, cuando la mayoría de los hombres aún dormían, y con frecuencia se quedaba trabajando hasta muy tarde. Trabajaba el sábado y parte del domingo, y las fiestas para él no eran sino un engorro. Muy pronto cundió la voz de que Walter Bridge era el hombre indicado para llevar el caso.
La familia lo veía poco. A veces los niños no lo veían en toda la semana. El domingo por la mañana, cuando bajaban, lo encontraban sentado a la mesa del desayuno; él les saludaba cordialmente y ellos respondían con deferencia y también con un poco de tristeza, porque le echaban de menos. Él, al notarlo, redoblaba sus esfuerzos en el despacho, a fin de proporcionarles cuanto pudieran necesitar.
Por consiguiente, se mudaron a una casa grande, situada a dos pasos de la avenida Ward, varios años antes de lo previsto y, puesto que la casa era tan grande, tomaron a una muchacha de color llamada Harriet para que se encargara de la cocina y la limpieza.
Una mañana, durante el desayuno, Carolyn dijo con petulancia:
-¡Estoy harta y aburrida de la mermelada de naranja!
Mrs. Bridge, que estaba chafándole el huevo duro, respondió con paciencia:
-Corky, debes recordar que hay en el mundo muchas niñas que no tienen mermelada de ninguna clase.