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Letras

Las noches de Flores

8 julio, 2004 02:00

César Aira

Mondadori. Barcelona, 2004. 140 páginas, 14,50 €

No cabe duda de que Mondadori ha optado por la obra del escritor argentino César Aira (nacido en Coronel Pringles en 1949). Ha aprovechado la aparición de su nueva novela para reeditar en Debolsillo El bautismo (1991) y Una novela china (1987).

Sin embargo, su obra es más dilatada: Ema, la cautiva (1997), Cómo me hice monja (1998), La mendiga (1999), Cumpleaños (2001), El mago (2002) y Canto castrato (2003), hasta una treintena. Ha publicado también ensayos, cuentos, teatro y traducciones, desarrollando labores docentes en las universidades de Buenos Aires y Rosario. En su última obra podemos advertir dos partes: la primera llegaría hasta la página 90 aproximadamente y en ella se describe el trabajo y las reflexiones, como repartidores de pizza, de una pareja ya entrada en años: Alda y Rosita Peyró. Ello les impedirá utilizar las habituales motocicletas, efectuando el reparto a pie.

Pero tal actividad les pone en contacto con un grupo de jóvenes de la clase media (aquellos que pueden disponer de vehículo), quienes trabajan para ganar algún dinero que les resulta sustancial o cubre sus gastos extras. El escenario elegido es el del barrio de Flores, en Buenos Aires, y su labor es nocturna. Traza el autor las líneas maestras de la crisis reciente argentina, el secuestro y asesinato de un muchacho, Jonathan, que sin ser un repartidor, repercutirá sobre el comportamiento de los grupos y atraerá la atención de los medios de comunicación. El desarrollo de esta primera parte parece ajustarse al modelo del realismo sucio o del costumbrismo con digresiones sobre la situación social.

Se desarrollarán algunas figuras juveniles: Diego, Walter (quien cree que Diego es una muchacha), Nardo y un extraño convento de monjas que acostumbran a consumir pizzas a altas horas de la noche. Descubriremos en la página 79, como de paso, que Rosa es invidente y el autor insistirá en el clima de violencia que se desarrolla en la ciudad con múltiples secuestros hasta el descubrimiento del Mal (en términos idealistas y absolutos). El paralelismo entre las monjas y la policía llevará al autor a la siguiente consideración: “Esa motivación dejaba de lado la vocación y el compromiso, y liberaba a las monjas de la obligación de creer en Dios, así como liberaba a los policías de la necesidad de creer en la Ley.

Por una coincidencia no casual, la misma crisis hacía que a estos mismos ejércitos se les enfrentara un fantasma monstruoso y gigante, y ya se sabe cuánto se complican las cosas (hasta lo inextricable) cuando interviene el Mal”. En este punto, con la aparición del fiscal Zenón Mamaní Mamaní la novela se invierte y gana en tensión, intensidad, humor negro y fuerza dramática. El lector quedará sumergido en un clima disparatado, casi onírico, donde todo lo que ha venido leyendo y cuanto ha sucedido esconde, de hecho, otra realidad oculta, comenzando por la pareja de ancianos que no son lo que aparentan, siguiendo la línea argumental del descubrimiento del asesinato de Jonathan, cuando se pone en evidencia la falsedad del presunto convento de monjas, del engranaje entero de la novela.

Surgen mafias inmobiliarias, escenas derivadas de la novela gótica (o de Sábato) hasta finalizar en un happening de horror. Todo ello brota de las investigaciones de un fiscal que diserta sobre arte y literatura, porque antes de ocuparse del caso recibe la visita de un falso escritor boliviano. Una sociedad confusa, con varios accidentes en una autopista, pero donde nada es lo que parece y tras la realidad literaria se esconde otra más genérica y simbólica.

Aira resulta, en este sentido, neovanguardista, anarcoide, heredero de Roberto Artl, porque rompe los tradicionales esquemas aparentes de este barrio de la clase media bonaerense lleno de subterráneos. Pero su aventura literaria, resulta arbitraria y tan poco convincente como su falsa novela china, Una novela china. Imaginativo, sorprendente, no llega a convencer, tal vez por una excesiva pretenciosidad y cierto descuido formal barojiano, aunque no lo haya leído, como cabe suponer.