El general nazi Reinhard Gehlen, la operación Damocles y el Frente de Liberación Nacional de Argelia. Diseño: Rubén Vique

El general nazi Reinhard Gehlen, la operación Damocles y el Frente de Liberación Nacional de Argelia. Diseño: Rubén Vique

Historia

De nazis a mercenarios, espías o traficantes de armas: así se reinventaron los criminales del Tercer Reich

El historiador israelí Danny Orbach construye un trepidante relato sobre agentes del régimen de Hitler que después de 1945 se reconvirtieron y trabajaron para diversos bandos.

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Esta es la historia de unos hombres que se quedaron sin trabajo y tuvieron que rehacer sus vidas. Eran nazis (algunos, miembros de las SS o la Gestapo, criminales de guerra, responsables del Holocausto…) y después de la Segunda Guerra Mundial y la caída del Tercer Reich también se quedaron sin causa, sin horizonte, sin líder, con la necesidad o la obligación de reinventarse, lo que según los casos implicaba trámites como emigrar, cambiar de identidad, borrar asuntos del pasado, engañar, traicionar, comerciar con información propia o ajena, blanquearse, establecer nuevas alianzas, redefinir filias y fobias o aprovechar sus conocimientos y experiencias para conseguir un buen empleo. Muchos se hicieron mercenarios, traficantes de armas, espías, agentes de inteligencia (a veces, dobles o triples) en un complejo tablero internacional marcado por el inicio de la Guerra Fría.

Fugitivos

Danny Orbach

Traducción de Raquel Marqués
Debate, 2026
368 páginas. 23,90 €

Es la historia, vibrante, en muchos aspectos desconocida, que cuenta Danny Orbach (Petah-Tikva, Israel, 1981), investigador y profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén, en Fugitivos (Debate): sorprendente, llena de giros, maldades y fantasías, rica en escenarios, de Berlín a Damasco, de El Cairo a Tel Aviv, y en personajes novelescos y despreciables.

Reinhard Gehlen es el protagonista de la primera sección, “Caída y resurgimiento”. General nazi, fue, al amparo de la CIA, y después de unos meses como prisionero de guerra, el creador de la organización de la que surgió el servicio secreto de la recién nacida República Federal Alemana (RFA).

No dudó en dar trabajo a antiguos agentes de inteligencia nazis, que de esta manera entraron en el escenario del conflicto entre las superpotencias. En su proceso de reciclaje o reinvención, muchos agentes de la maquinaria del Tercer Reich se aferraron al factor anticomunista y trabajaron para Occidente, integrándose en el sistema democrático de Alemania Occidental. Otros, como el arrogante Heinz Felfe, experto en contrainteligencia, eligieron el antioccidentalismo y ofrecieron sus servicios a la URSS (fue un espía predilecto para Moscú, topo tremendo, hasta que lo dejaron caer).

Hubo quienes se hicieron fuertes en el antisemitismo, y también los que no se sintieron comprometidos con un bloque o ideología y, con su lealtad en subasta, sirvieron a unos u otros en función del momento, las circunstancias y los intereses.

En su proceso de reciclaje, muchos agentes del III Reich se aferraron al factor anticomunista

En el centro del relato se sitúa también el más cercano colaborador de Adolf Eichmann, Alois Brunner, personaje infame que acabó sus días en una cárcel siria. Protagonista del segundo apartado del libro, “Efectos colaterales y consecuencias”, en él convergen varios hilos de esta historia, como los círculos nazis de tráfico de armas, los cazanazis del Mosad y los trapos sucios de los servicios de inteligencia de Alemania Occidental (BND), dirigidos por Gehlen.

Brunner se unió a Wilhelm Beisner, turbio nazi asentado en El Cairo y colaborador del BND, y otros socios para ganar mucho dinero vendiendo armas a los revolucionarios árabes de Oriente Próximo (y a países de otras latitudes como la Cuba de Castro) a través de una empresa tapadera llamada OTRACO, que tuvo una rápida expansión. Entre sus clientes figuró el Frente de Liberación Nacional de Argelia, que necesitaba material armamentístico para su revuelta de independencia.

En esta historia plagada de paradojas, ironías y complejidades, el apoyo de Gehlen y el BND a la OTRACO y a la intervención en Argelia suponía un ataque a objetivos prioritarios de la Alemania Occidental del canciller Adenauer: el acercamiento a Francia y el avance hacia una comunidad europea unificada que hiciera frente al gigante soviético. Francia puso en marcha una campaña de asesinatos e intimidaciones. Beisner fue objeto de un atentado fallido en Múnich. También Brunner, en Damasco, pero en este caso la operación era del Mosad.

Gehlen cayó en desgracia por una serie de causas entre las que figuran el descubrimiento de la traición de Felfe, las relaciones del BND con antiguos nazis, las circunstancias políticas y el pasado no del todo limpio de algunos dirigentes de la RFA. La OTRACO desapareció, Eichmann fue capturado y juzgado y emergió la figura del fiscal Fritz Bauer. La nueva Alemania de Adenauer iba tomando cuerpo.

Pero queda un tercer bloque, “Secuelas y sombras”, sobre la campaña secreta del Mosad (la operación Damocles, impulsada, afirma Orbach, por “miedos irracionales” a un segundo genocidio y a la desaparición del Estado de Israel) contra científicos alemanes que trabajaban para Egipto en el desarrollo de misiles. Se pone aquí de manifiesto “la frecuente incongruencia entre las operaciones encubiertas y la política nacional”. Y la evidencia de que la “imagen falsa” de las actividades nazis podía sumir en el terror a Estados y servicios de inteligencia, con resultados inquietantes. Uno de los objetivos principales de la operación, el proveedor nuclear Otto Joklik, se entregó voluntario y el Mosad lo contrató (más allá de este caso, hubo nazis al servicio del Estado judío).

Alemania Occidental mostró su malestar con la retórica israelí y obtuvo la respuesta de que hiciera regresar a los científicos de Egipto, lo que no era fácil. Israel modificó la estrategia con un enfoque más político, pensando en sus relaciones con EE. UU. y la RFA.

Pero a medida que avanzó la década de los 60 el interés por los mercenarios y fugitivos alemanes (que se revelaron menos importantes de lo que se pensaba) fue decayendo. Francia les quitó el foco e Israel se cansó de cazar criminales nazis (el primer ministro Menájem Beguin quiso revitalizar el proceso a finales de los 70, pero con poco recorrido).

Sombríos y viscosos, a estos fugitivos y mercenarios cabe verlos, según el historiador, que apoya su investigación en documentos de los organismos de inteligencia de EE. UU., Alemania e Israel (algunos, recientemente desclasificados), como “fantasmas en un espejo”. Turbios pero vaporosos, residuales, “se disolvieron en el olvido en el momento en que los hechizados observadores volvieron la vista hacia otro lado”.