El violinista Vladimir Repin.

El violinista Vladimir Repin. Alexander Ivanov

Música

Repin y Luganski llegan a España: el virtuosismo ruso acepta el desafío de Prokófiev y Beethoven

Violinista y pianista visitan este mes Madrid, Valladolid y Bilbao con un sólido programa en el que se encuentra la 'Sonata n.º 9', "Kreutzer", del genio de Bonn.

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Uno de los conciertos más interesantes del presente ciclo de Grandes Intérpretes de la revista Scherzo es el que protagonizarán dos grandes artistas rusos: el violinista Vadim Repin (1971) y el pianista Nikolái Luganski (1972).

Repin empezó a ganar concursos, el más prestigioso, ya a los 17 años, el Reina Isabel de Bruselas. Desde entonces mantiene con Bélgica una entrañable relación. Allí bebió las esencias de una violinística que había tenido en el polaco Wieniawski uno de sus puntos de referencia.

Hoy toca, indistintamente, un Stradivarius de 1708, llamado Ruby —en el que Sarasate tocó por primera vez la Sinfonía española de Lalo—, y un Guarneri del Gesù de 1737, heredado de Isaac Stern y que es el que prefiere.

No hay que olvidar que Repin es un honrado y consciente seguidor de la música de los últimos decenios. Sus interpretaciones del Concierto de John Adams bajo la dirección del compositor recibieron en su día múltiples elogios. Actualmente domina una colección de más de 120 partituras pertenecientes a todos los géneros.

Un repertorio que muestra un admirable eclecticismo y en el que se mueve con una seguridad pasmosa. Una afinación impecable, una sonoridad de especial redondez, una articulación de rara perfección son algunas de sus características.

Como Repin, Luganski, hijo de científicos, empezó en serio sus estudios a los cinco años. Pronto encontró a la ilustre pianista Tatiana Nikolaieva, que lo ahormó, lo situó en el camino de los grandes premios —Bach de Leipzig, Rachmaninov de Moscú, Chaikovski, al que accedió en 1994—.

Pese a una naturaleza más bien introvertida, las reservas de energía de este joven virtuoso son aparentemente inagotables, como ya hemos apreciado en Madrid en varias ocasiones.

El arte de Luganski está dominado por una tranquilidad, una serenidad de exposición y una templanza singulares

Su arte está dominado por una tranquilidad, un control soberano de medios, una serenidad de exposición y una templanza singulares. En él, sin embargo, no percibimos nunca ni agitación, ni prisa; ni la menor señal de esfuerzo, aun en los pasajes más endiablados, que realiza con el aplomo de un artista ya muy experimentado como el pétreo y hermético Sokolov.

Pero Luganski es más abierto y poroso, más juvenil en sus modos y talante. Con limpieza, con donosura, con elegancia, con un aire levemente deportivo, sabe extraer de las teclas —en la línea más profunda de Richter— inesperadas tempestades y dar cita a todas las fuerzas telúricas, a todos los elementos desatados. Es como si el caudal sonoro manara directamente, sin elaboración, de sus dedos.

Estamos pues de enhorabuena, máxime cuando el programa que anuncian es verdaderamente apetitoso: Cinco melodías op. 35 y Sonata n.º 1 op. 80 de Prokofiev y Sonata n.º 9 op. 47, "Kreutzer", de Beethoven. Composiciones de extrema dificultad que requieren el toque mágico de los grandes instrumentistas.

El concierto madrileño de la Fundación Scherzo, en el Auditorio Nacional, tendrá lugar el día 20. Tocarán el mismo programa en Valladolid, día 18 (Centro Cultural Miguel Delibes) y en Bilbao, día 22 (Sociedad Filarmónica).