La revolución del populismo suele devorar a sus propios demagogos. Y el sanchismo no ha sido la excepción de la regla.
La dimisión de Montse Mínguez, portavoz de la Ejecutiva Federal del PSOE, es la primera consecuencia política tangible de la estrategia que el Gobierno de Pedro Sánchez ha desplegado en torno al 'caso Maricarmen'.
Su dimisión es la consecuencia lógica de haber convertido la vivienda en un relato maniqueo de buenos y malos, de derechos absolutos frente a "fondos buitre", y de haber apostado la campaña electoral del 29 de noviembre casi por completo a esa bandera.
La primera en caer bajo ese estándar ha sido una de las voces más beligerantes del propio partido contra "los fondos buitre".
El desahucio de una mujer de ochenta y siete años en Madrid, con un contrato de renta antigua extinguido desde hacía años, generó una movilización social que ha derivado en la privatización del espacio público por parte de grupos de activistas, muchos de ellos violentos, en la acampada de Sol y de una campaña demagógica que ha explotado la emocionalidad de una catástrofe social, la destrucción del mercado de la vivienda, en beneficio del PSOE.
El Gobierno ha respondido a su propia campaña populista acelerando los dos decretos de vivienda que el Congreso rechazó y convirtiendo el caso en el emblema de una "emergencia" que justificaba el adelanto electoral.
Desde entonces, el PSOE ha insistido en que la vivienda es un derecho y no un negocio, ha señalado a los grandes tenedores como el problema principal y ha acusado a quien no apoya sus medidas de estar del lado de la especulación.
Mínguez encarnaba ese discurso.
Fue ella quien, desde la tribuna y las redes, preguntó "¿fondos buitres o mayoría social?" y quien defendió los decretos con la contundencia que exige la teatralidad sanchista.
Tres días después de que se publicara que su pareja dirige Nest Capital Homes (un holding que gestiona al menos una treintena de pisos y apartamentos en alquiler, con activos por valor de millones de euros y varios procedimientos de desahucio por impago), Mínguez anunció ayer viernes que daba "un paso atrás" por el bien del "proyecto colectivo".
La contradicción es obvia. La portavoz que exigía quitarse las caretas convivía con un gran tenedor que alquila y desahucia cuando hay impago.
Nada hay de ilegal y ni siquiera de moralmente reprochable en ello. Pero de acuerdo con los propios estándares de la portavoz del PSOE, su pareja es un peligro social. Poco menos que un parásito que se nutre de la sangre de los inquilinos más vulnerables.
Ella misma reconoció que su pareja se podía considerar "gran tenedor", pero que cumplía la ley.
Pero el problema no es la legalidad de la actividad empresarial, sino la incompatibilidad con el relato moralizante que el PSOE había elevado a categoría de eje de campaña. También la empresa que pidió el desahucio de Maricarmen cumplió la ley a rajatabla. Y aun así, Mínguez la demonizó.
Este es el mecanismo clásico de la demagogia populista. Cuando un partido simplifica un problema complejo (oferta insuficiente, regulación que desincentiva la inversión, inseguridad jurídica, presión migratoria y demográfica) hasta reducirlo a una lucha del bien contra los "buitres", establece un estándar de pureza que sus propios cuadros no pueden sostener.
El relato no admite matices: o se está con la "mayoría social" o se está con los especuladores. Aplicado a Mínguez, el resultado ha sido inmediato. La portavoz no ha caído por un delito, sino porque el cuchillo que ella misma había afilado se volvió en su contra en el peor momento posible.
Pedro Sánchez ha reaccionado desde Bruselas lamentando la decisión, subrayando que Mínguez "está rota" por la dureza de las críticas y hablando de "líneas rojas" cruzadas. Es la misma respuesta que el sanchismo ha dado ante otros episodios de su entorno: la culpa es del "odio" exterior, no de la incoherencia o de la corrupción interna.
El partido ha emitido un comunicado respetuoso que habla de "trayectoria intachable". Mientras tanto, la campaña que debía girar en torno a la vivienda ha quedado marcada, desde su arranque, por la imagen de una de sus principales portavoces dimitiendo precisamente por ese tema.
El PP lo ha resumido de forma cruda: "Nos acusaba de buitres y tenía al especulador en casa".
¿Con qué cara recibirá ahora el PSOE la huelga general que los sindicatos han convocado contra gente como Mínguez y su pareja? ¿Con qué argumentos?
Esto es algo más que una anécdota de precampaña. El sanchismo ha apostado de nuevo por la simplificación emocional y la señalización de enemigos como sustituto de políticas que aborden las causas reales de la escasez de vivienda.
Pero la bandera del populismo se ha deshilachado en cuanto se ha examinado de cerca a quienes la enarbolan. A seis semanas de las elecciones, el partido que quería que el debate girara en torno a la vivienda ha visto cómo su propia portavoz se convertía en el argumento más eficaz en su contra.
Claro que peor todavía es presumir de feminista y pontificar contra la prostitución mientras eres beneficiario a título lucrativo de ella.