Música

Shakira inicia su aullido en Madrid con muchas marcas y pocas voces

La artista colombiana reúne a 55.000 personas en un estadio con su nombre y la promesa de un homenaje a su tierra gracias al denominado ‘Macondo Park’.

Fue el estreno europeo de la gira LMYNL, con residencia en España durante casi un mes y 12 conciertos.

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Hubo aglomeraciones en la puerta, colas kilométricas para cualquier tipo de compra o actividad, carreras entre canciones, algún desmayo y mucho despiste ante lo que se publicitó como una experiencia total de lo latino y su significado artístico. No hubo colaboraciones, ni grandes decorados, ni casi esos músicos de ‘big band’ que saben canalizar el sabor del Caribe, de las lomas tropicales, de los bateyes o de las trochas salpicadas por el aroma del café o la guayaba en ritmos de salsa y despecho. En definitiva, en Madrid sólo hubo lo que la gente buscaba: a Shakira.

Su nombre apodaba este estadio creado a propósito para una residencia de 12 conciertos -casi un mes de duración en total- bajo la gira LMYNL (Las mujeres ya no lloran). Y bastaba para congregar a unos 55.000 espectadores con la promesa de una ciudad donde reinara el realismo mágico de su tierra. Pero al denominado ‘Macondo Park’, que aludía al universo imaginado por Gabriel García Márquez en Cien años de soledad, le faltó poesía. No era una fábula donde la llegada del hielo es un acontecimiento ni un nido de ficciones donde las mariposas amarillas se asocian a amores prohibidos, sino un espacio plagado de marcas y escaso de voces.

La cantante colombiana Shakira actúa durante el concierto inaugural de su residencia en Madrid.

La cantante colombiana Shakira actúa durante el concierto inaugural de su residencia en Madrid. Susana Vera Reuters

Vayamos por partes. Aunque en esta primera jornada de la colombiana en Madrid se abrieran las puertas a las tres de la tarde, el grueso de asistentes apuró hasta el último momento. No ayudaban el calor ni la ubicación, en medio de un polígono sin transporte público cerca y con una telaraña de cintas policiales cortando las calles. A una hora del inicio, todo eran prisas sobre las 15 hectáreas del recinto, enmoquetadas hasta el paroxismo por césped artificial. Cada pabellón lucía abarrotado, sin saber si era donde estaban los supuestos teloneros (como Guitarricadelafuente o la portuguesa Maro) o donde se pedían arepas. Y siempre con un logotipo del sponsor participante.

Pero la atmósfera cambió cuando los megáfonos empezaron a anunciar los minutos que faltaban para el show. Entonces los nervios colonizaron los asientos y se erizaron mientras se proyectaban los videoclips más populares de Shakira en un led descomunal. Hasta que salió ella. La artista caminó por el centro de la pista acompañada por un séquito que desapareció en cuanto saltó al estrado. Allí aterrizó como quien pisa territorio conocido. La fuerte descorchó el festival y acalló las quejas en las barras o en los accesos a las gradas, acotados por vallas como si fueran pasillos a la caja registradora del súper.

“Bienvenidos a nuestra residencia europea. No puedo creer que esté aquí. Parece que es un sueño”, gritó Shakira ante una multitud mutada inmediatamente en su manada. Después, rememoró aquello que le dicen muchos cuando la ven, a raíz de sus episodios en este país: “Con la cara que te fuiste y la cara que volviste”. Para ella, esta vuelta lucía como una prueba del amor recibido durante todos estos años. Para el público, como una invitación a participar en la ceremonia de regreso. Porque LMYNL es, ante todo, una gigantesca operación de pop. Las pantallas transforman las canciones en videoclips, con animaciones sospechosas de IA, con robots que se transforman en bailarines mientras se arregla un gramófono o con dibujos de lobas y escenas marinas.

La cantante Shakira actúa durante el primer concierto de su residencia en España, en el Estadio Shakira en el recinto Iberdrola Music, a 18 de septiembre de 2026, en Madrid (España).

La cantante Shakira actúa durante el primer concierto de su residencia en España, en el Estadio Shakira en el recinto Iberdrola Music, a 18 de septiembre de 2026, en Madrid (España). Ricardo Rubio EUROPA PRESS

Shakira, mientras, iba desplegando sus bailes con el vestuario oportuno y con una sucesión de estímulos que apenas dejaba espacio al silencio, a pesar de los súbitos parones en negro entre temas. Con la chaqueta quitada, Shakira abordó su autobiografía musical. El viaje atravesaba Latinoamérica, con sus letras antiguas y sus transformaciones. Estoy aquí suponía su debut, hace tres décadas, y el arranque de la comprensión de sí misma. Después llegó un momento más íntimo, con guitarra y un tempo lento, con Inevitable. En aquella época no requería de las caderas para contagiar sus estribillos. También es cierto que no se expandían tan globalmente como cuando tiró de reguetón y género urbano con TQG, La tortura, Chantaje o La bicicleta, éxitos que soltó sin tregua.

A estas alturas del espectáculo, el montaje era, básicamente, enfocar la coreografía con un escueto cuerpo de baile. Y ese zoom continuo hacía preguntarse cuánto necesita una estrella de semejante tamaño para volver a parecer humana. Lo intentó responder con discursos intercalados sobre la fuerza de las mujeres y la reconstrucción después de la tormenta. “Las canciones que he escrito han cumplido una función. En el mundo de hoy, si estás soltera te preguntas cómo sacar a tus hijos adelante, pero se puede poner al mal tiempo buena cara y quizás nos sirve para aprender de nosotros mismos y saber que lo que necesitas está dentro de ti”, reflexionaba a mitad de la interpretación, dando pie a Soltera.

La parte juguetona siguió con Hips don’t lie, clásico discotequero que se adelantaba con estos rótulos: “Dicen que la primera mujer nació de la costilla de un hombre. Pero la verdad es que de las caderas de la mujer nació el primer hombre. Y las caderas nunca, nunca, mienten”. El ambiente ya había dado sepultura a las esperas y las premuras. Reinaba la idea de supervivencia y de la mujer que vuelve después de haber sido abandonada, de la artista que transforma el desamor en repertorio y del personaje público que convierte su propia biografía en materia prima.

Fans de la cantante colombiana Shakira visitan el complejo de entretenimiento Macondo Park, construido para albergar su residencia en Madrid y que lleva el nombre del pueblo ficticio de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, antes de su concierto inaugural en Madrid, España, el 18 de septiembre de 2026

Fans de la cantante colombiana Shakira visitan el complejo de entretenimiento Macondo Park, construido para albergar su residencia en Madrid y que lleva el nombre del pueblo ficticio de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, antes de su concierto inaugural en Madrid, España, el 18 de septiembre de 2026 Susana Vera Reuters

Incluso con una narración oral: “Os voy a contar un cuento. Érase una vez una chica de pantalones de cuero que se enamoró de un madrileño. Que luego la dejó. Una y otra vez”, expuso Shakira. “Mejor os lo canto”, resolvió antes de entonar Ahí te dejo Madrid y desatar esa locura adolescente. La urbe ocupó un lugar especial en su relato. Aquí empezó parte de su carrera, aquí se convirtió en madre y aquí la han visto “caer y volver”, según relató, “no con la frente marchita, como cantaba Gardel, sino con los pies descalzos”.

En esos momentos la colosal estrella parece reducirse a una chica que trata de labrarse un nombre antes de erigirse en Shakira. Aparecen fotogramas de su pasado que la abrochan a la realidad. “Cuando la necesité, esa niña me recordó quién era y por qué estoy aquí”, sopesó la colombiana sonando Que me quedes tú de forma libérrima, más próxima a esa roquerita de Barranquilla que ha conquistado el mundo atravesando diferentes colores de pelo. La nostalgia duró poco: la traca final se reservó al Dai Dai y Waka waka de los mundiales de fútbol y a lo más contemporáneo: Loba, ese himno donde aúlla y hace aullar, y la sesión con Bizarrap que titula la gira. Esa pieza de ingeniería entre la electrónica, el rap y el pop elevó una ruptura sentimental a fenómeno planetario.

Y tras tantos años de trayectoria, Shakira ya no necesita demostrar que puede fabricar un pelotazo. Lo que intenta demostrar ahora es que puede enhebrar ese relato en espectáculo. En Madrid se conjuraba esa cristalización de baile, canto y cultura. La paradoja es que, en medio de tanta pantalla, tanto dispositivo, tanta animación y tanta maquinaria, a veces lo que se echaba de menos en una empresa tan monumental era su aura y su voz, unida a la de algún testigo de su despegue (¿Alejandro Sanz, Carlos Vives?). Habrá a quien ese mencionado cúmulo de inconvenientes organizativos y ese espejismo de latinidad se desvaneciera con lo que de verdad importaba: ver a una figura que no entiende de fronteras.