Lorde, en Mad Cool

Lorde, en Mad Cool Javier Bragado. Foto: Mad Cool

Música

Lorde reina en un Mad Cool que, por una vez, deja de lado la nostalgia y apuesta fuerte por el pop femenino

La neozelandesa brilla con su 'electropop' durante la puesta de sol.

JENNIE trajo el k-pop por primera vez al festival.

Más información: Foo Fighters y Moby protagonizan el arranque de un Mad Cool sobre ruedas

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La segunda jornada de Mad Cool contaba con un hecho inédito en la historia del festival. Cuatro mujeres copaban por primera vez el escenario principal del festival: Reneé Rapp, Lorde, JENNIE y Florence + The Machine. Por si fuera poco, en la programación de este jueves aparecían otras dos divas como CMAT y Zara Larsson.

La apuesta de la organización por las estrellas femeninas era, sin duda, refrescante y oportuna en un panorama de festivales que está muy lejos de alcanzar la paridad. Así lo reflejaba este mismo junio el proyecto Cartografía, impulsado por la Asociación MIM (Mujeres de la Industria de la Música), que revela que las mujeres apenas representan el 22% de la programación de los 145 festivales y ciclos musicales analizados en España.

Además, tan solo Florence + The Machine, que ya estuvo en la edición de 2022, vendría a representar a la estrella rock madura y consagrada (a veces otoñal) que ha marcado la línea editorial de Mad Cool desde sus orígenes. Solo hay que atender a la jornada del miércoles, donde Foo Fighters se dieron un baño de masas y acapararon todos los focos. O a la jornada de este viernes, donde los cabezas de cartel son bandas de guitarras como Pixies, Kings of Leon y Twenty One Pilots.

En cambio, este jueves lo que reinó sobre el escenario fue el pop en todas sus vertientes, de artistas que parecen (o deberían) estar en su mejor momento, por edad y trayectoria. La nostalgia, el gran motor comercial de un Mad Cool rendido habitualmente a los grupos de los 90 y 80, quedó por tanto también orillada. Y se agradece la oportunidad de vivir en el presente, aunque sea algo efímero.

Se notó en el público. Más joven de lo habitual, más atento a sus ídolos que a las conversaciones y el vaso de plástico, al menos eso le pareció a este cronista. La mayoría de las pulseras, daba la impresión, eran rojas, de un solo día. La jugada funcionó, con 57.000 personas en el recinto según la organización.

El recinto Mad Cool durante el concierto de Lorde

El recinto Mad Cool durante el concierto de Lorde Javier Bragado. Foto: Mad Cool

Reneé Rapp, con el sol de cara, se estaba cociendo en el escenario principal cuando llegamos al recinto de Villaverde a eso de las 19.30. Y, sin embargo, era sorprendente la cantidad de público que abarrotaba el escenario principal de Mad Cool.

Reneé Rapp arrancó su carrera sobre las tablas, interpretando a Regina George en el musical de Mean Girls, y ha interpretado el mismo papel en una versión cinematográfica estrenada en 2024. Las pocas canciones que le escuchamos, como In the Kitchen o Snow Angel, tienen de hecho un toque de Broadway, canciones lentas con crescendo en donde derrocha voz. Rapp se luce especialmente manteniendo hasta el infinito notas agudas.

La acompaña una banda conformada íntegramente por chicos que se mantienen muy en segundo plano, dejando que el encanto de la estadounidense llene el escenario. Cierra el concierto con At Least I’m Hot, un tema más movido y trotón que deja con ganas de más. Buenas sensaciones con esta especie de Avril Lavigne de la Generación Z.

Para lo que vino después en este mismo escenario no estábamos preparados. Lorde, que desde que despuntó a principios de 2010 ha tenido algún que otro altibajo en su carrera, ofreció un show memorable, de los más mágicos que se recuerdan en Mad Cool. Si no come ya en la mesa de las grandes del momento, como Charli xcx, Billie Eilish o Chappell Roan, poco le falta.

Lorde, en un momento de su 'show'

Lorde, en un momento de su 'show' Javier Bragado. Foto: Mad Cool

Le tocó a la neozelandesa el momento siempre agradecido de la caída del sol y lo supo aprovechar con su electropop minimalista, cargado tanto de garra como de corazón. En la propuesta de Lorde cada tema es un viaje hacía el clímax y el concierto, una catarsis emocional absoluta. Hay tiempo para todo: desde momentos que te tocan la fibra a auténtico desbarre.

El concierto arranca mostrando las constantes vitales de la artista en la gran pantalla central, para lo que tiene un sensor pegado al pecho que aguanta a duras penas adherido en el pecho de la cantante. En el escenario, hay toda una cacharrería de teclados y sintetizadores en el lado derecho, que se encargan de manipular cuatro estupendos músicos, que de vez en cuando agarran también guitarras. El resto de la escena es de Lorde y sus dos bailarines, que parecen salidos de Frances Ha (Noah Baumbach, 2012).

La puesta en escena es también minimalista, pero muy versátil. Varios cubos de diversos tamaños sirven como pantallas y estructuras en las que Lorde se eleva, a veces hasta casi el cielo del escenario gracias a unos cables. Impresiona verla en lo alto mientras el sol cae a nuestra espalda. Hay algo sutilmente teatral y vanguardista, y la cantante aporta drama y sentimiento a la interpretación, retorciéndose, saltando, corriendo…

El público explota definitivamente con dos enérgicos temas como Supercut y Team, y el recinto y el escenario se vuelven una fiesta absoluta cuando aborda su colaboración con Charli, Girl, so confusing, donde incluso se esconde para darle una calada a un cigarro a la vista de todos

El cierre en el foso, casi a la altura de la torre de sonido, subida a una plataforma, mientras acomete Ribs, la que presenta como su canción más antigua, es emocionante y épico, perfecto para el que fue el primer concierto de la neozelandesa en Madrid. Se la espera de vuelta pronto.

Cuando Lorde termina, ya está Zara Larsson tocando en el segundo escenario, que está totalmente abarrotado. Quizá le hubiera ido mejor el principal a la autora del reciente álbum Midnight Sun: Girl Trip (2026). Es difícil encontrar un hueco desde el que poder atisbar aunque sea un poco una de las dos grandes pantallas en las que se proyecta el espectáculo de la diva sueca. A duras penas, lo logramos.

Zara Larsson, con sus bailarinas

Zara Larsson, con sus bailarinas Javier Bragado. Foto: Mad Cool

Lo suyo es pura diversión y purpurina. Acompañada por seis bailarinas, Larson no para de bailar y de jugar, en un espectáculo un tanto hortera y muy sexy, con sentido del humor, que nos hace pensar en las reinas del pop de los 90, como Britney o Christina Aguilera. Convence su presencia escénica y el control de la voz, algo difícil de lograr cuando no paras de menearte en todo el concierto. El momento en el que aparece tras el frontal de cartón de un coche con dos de sus bailarinas no tiene desperdicio.

JENNIE, puro blockbuster

Si Lorde es cine de autor (y del bueno), lo de JENNIE es puro blockbuster: ruidosa, vertiginosa, con muchos efectos especiales (también vocales, ay), cambios de vestuarios, gafas de sol de espejo a lo Top Gun, set-pieces de acción, momentos de pasión y drama (algo impostadillos)… Divertido, sí; pero un poco vacío y sin demasiada personalidad. Por otro lado, si Zara Larsson es todo picardía y provocación, JENNIE tiene algo virginal y distante.

En un par de semanas Madrid ha tenido K-pop por partida doble. Primero fueron BTS los que -según las crónicas- dejaron algo fríos al Metropolitano y ahora fue JENNIE, una de las integrantes de Blackpink, la que tampoco convenció al Mad Cool. Y eso que se nota que había un buen número de fans en el recinto. Sin embargo, en ningún momento pareció conectar la surcoreana con los presentes.

JENNIE, en Mad Cool

JENNIE, en Mad Cool Javier Bragado. Foto: Mad Cool

El repertorio se basa casi exclusivamente en su disco Ruby (2025), más el Drácula de Tame Impala, ya que ha participado en el remix, y un nuevo tema que aún no ha publicado. Hay en el setlist un poco de todo, desde baladas o medios tiempos a hits bailables como like JENNIE (que dejó para el final) o Mantra.

Pero más que el listado de canciones, este cronista diría que el problema es la interpretación vocal: a menos que sufra alucinaciones (que también es posible por la exigencia física de un evento de estas características), dio la impresión de que JENNIE canta todo el rato sobre una base de su propia voz, lo que al final da la impresión de karaoke. Donde si brilla la artista es en la ejecución de las coreografías. Y, ¿por qué negarlo?, sobre el escenario tiene algo que es muy difícil conseguir: magnetismo.

Florence + The Machine, en Mad Cool

Florence + The Machine, en Mad Cool Javier Bragado. Foto: Mad Cool

Y, tras el blockbuster, llegó el cine de terror. Florence + The Machine trajeron de nuevo al Mad Cool su aquelarre brujeril, que se parece cada vez más a una película de Robert Eggers o Ari Aster. De hecho, el espectáculo es una mezcla perfecta entre La bruja (R. Eggers, 2015) y Midsommar (A. Aster, 2019), entre el cuento feérico y el folk horror.

Ahí están sus cuatro bailarinas de espaldas pero con los brazos en cruz y la cabeza volteada en una contorsión imposible. Ella, Florence, etérea, toda de negro, con un vestido de gasa que se ondea al viento, al igual que su roja melena, da veinte giros sobre sí misma y no se marea. Incluso cuando agradece al público resulta un poco inquietante.

The Blaze, en formato Dj set

The Blaze, en formato Dj set David Martín Page

La calidad de su voz, en cualquier caso, es exquisita, lo que deja aún peor a JENNIE. Y ahí están los temazos de una banda que suena como un reloj: la segunda canción es ya todo un éxito como Shake it Out. Pocos peros para un show muy cuidado y muy medido en el que Florence puede hacer lo que quiera. Absoluto dominio. Aunque es cierto que la propuesta musical se ha quedado un tanto estancada.

En cualquier caso, cuando entre una canción y otra dice algo del solsticio y de una ofrenda decido escurrirme discretamente porque sospecho cómo puede acabar la película. Y mientras abandono el recinto con The Blaze poniendo banda sonora a la retirada, queda la sensación de haber asistido a una rara excepción dentro del Mad Cool: una jornada que, durante un rato, dejó la nostalgia para asomarse al presente.