Música

Piazzolla, el jardín de senderos que se bifurcan

En el centenario de su nacimiento, analizamos las múltiples caras del compositor y bandoneonista argentino que hizo bandera de la imbricación del jazz, el tango y la clásica

10 marzo, 2021 09:18

Estilo inclasificable

Piazzolla fue un compositor difícil de definir. El motivo es que aun cuando la mayoría de sus creaciones se instalan en la órbita del tango, son tantas las variedades, los planteamientos, las soluciones, las instrumentaciones, los acentos que no se puede etiquetar su estilo. Tampoco es viable parcelar su obra, dividirla en géneros, ya que en ellas todos se dan la mano. Y la frontera, por ejemplo, en lo que puede considerarse en él música popular, con el tango como eje, con visitas esporádicas a la temática y rítmica jazzística, y lo que habría de estimarse como música culta, con todas las reservas que se quiera, es muy difusa; prácticamente imposible de concretar a efectos sistemáticos.

Hay en su producción, en efecto, fusiones de distinto tipo, minimalismos sui generis, incorporaciones formales de elementos de música clásica (fugas, ostinati, variaciones). Todo ello realizado con una técnica y un conocimiento deslumbrantes, adquiridos en parte, por lo que a sus aventuras más ambiciosas atañe, de las enseñanzas recibidas de su compatriota Alberto Ginastera y de la compositora francesa Nadia Boulanger, con la que trabajó en París durante casi un año y que le aconsejó que nunca abandonara el bandoneón ni la música popular.

Procreador de ensembles

Desde muy joven, a partir de los cuatro años, instalada ya su familia en Nueva York, Piazzolla desarrolló un talento especial para el bandoneón, instrumento típico de su tierra y de cuyas entrañas fue naciendo prácticamente toda su extensa producción desde que en 1937 su padre le ayudó a asentarse en Buenos Aires, donde participó como intérprete del instrumento en diversas orquestas populares, como la tan notable de Aníbal Troilo sobre todo. Fue en esa época cuando conoció a Ginastera.

En 1946 creó su propio conjunto. Tiempo después, en París, fundó una orquesta de cuerdas. A su regreso creó el Octeto. En 1960 nació el quinteto Nuevo Tango y tres años después un nuevo octeto; más tarde un noneto, aunque fue la primera formación la que permanecería a lo largo del tiempo, con paulatinas modificaciones. Con él, en 1973, realizó una gira por Europa. Instalado en Italia nació su primer álbum europeo: Libertango. Aún formaría, en 1989, un sexteto, presidido por dos bandoneones.

Perpetua trashumancia

Como se ha podido deducir la de Piazzolla fue más bien una vida errante. A partir de su venida al mundo en Mar de Plata, el 11 de marzo de 1921, todo fue un ir y venir, un traslado continuo de un sitio a otro. Tras un año en Nueva York, la familia regresó a Mar de Plata. Nuevo viaje a la ciudad de los rascacielos, donde tomó contacto con Carlos Gardel y vuelta definitiva a Argentina, donde permaneció hasta su viaje a París en 1954 para estudiar con la mencionada Nadia Boulanger. Asentamiento en Nueva York entre 1958 y 1960, esposa e hijos incluidos. En 1973, viajes por Alemania e Italia. Aquí se radicó en 1974 y desplegó una profusa actividad trashumante, con visita a Madrid en 1975. Fue en París, en agosto de 1990, donde le sobrevino el infarto cerebral que ocasionaría a la postre su muerte el 4 de julio de 1992.

Argentinidad al palo

Que la música de Piazzolla es argentina por los cuatro costados es algo innegable y basta escuchar un par de compases para darse cuenta. Llevaba en la sangre los estilemas de la tierra, lo que definía en lo musical a un país. A partir de ellos, ideó nuevas formas, acentos, ritmos, colores y propuestas insólitas, que iban en paralelo con los descubrimientos en otros terrenos de compatriotas como Borges y Gardel —tan arrabaleros a su modo— o, incluso, Ginastera, que en su etapa nacionalista no dejó de manejar la herencia popular de su país.

Al fondo, esquemas y temas derivados del tango, parcela en la que bebió abundantemente de Alfredo Gobbi y Osvaldo Pugliese. Sobre el típico estilo porteño, organizado en principio a partir de un tajante compás de 2/4, Piazzolla supo balancear y reorientar el ritmo hacia un 4/4 o 4/8 y ampliar el radio de acción instrumental ideando nuevas formaciones, buscando más complejas combinaciones y encontrando sonoridades muy excitantes, juegos tímbricos sorprendentes y atractivos planteamientos polifónicos.

Pariente de Gershwin

Piazzolla, aunque agarrado al tango en todas sus formas y derivaciones, no dejó de plantear nuevas vías de expresión en el campo de la música clásica o ‘académica’, como a él le gustaba decir. Nos referimos a las obras de concierto, presentes a lo largo de toda su vida pero también las menos conocidas de su producción. Un apartado en el que él mismo se consideraba muy próximo a Gershwin. Como destaca el especialista Omar García Brunelli, su obra se enmarca estilísticamente en una suerte de nacionalismo musical, un poco a la manera del brasileño Villa-Lobos, utilizando un lenguaje básicamente tonal dentro de un cauce en el que podían encontrarse, salvando distancias, Bartók y Stravinski. O Falla. Por no mencionar las sombras de un Prokófiev o un Ravel. En todo caso, en ese apartado su obra no alcanza la concisisón, el equilibrio, la potencia melódica, rítmica y armónica, incluso la belleza de sus tangos populares. Como obras emblemáticas de esta faceta ‘clásica’ estarían las Cinco piezas para guitarra (1985) o a la Suite para dos guitarras. O, yéndonos más atrás, su ambiciosa Rapsodia porteña de 1947. Y, como algo insólito, la ‘operita’ María de Buenos Aires, sobre texto de Horacio Ferrer, estrenada en 1968.

Swing y contrapunto

Tras volver de París en 1955, Piazzolla formó uno de los grupos de los que más fruto sacó: el Octeto de Buenos Aires, nacido para “encender la mecha de un escándalo nacional” y “romper con todos lo esquemas musicales que regían en la Argentina”. Fue el banco de pruebas de sus nuevos conocimientos y sus ‘revolucionarias’ ideas. Piazzolla incluyó en su nueva agrupación algunos fraseos y manejos instrumentales que eran típicos del jazz, además de introducir los conceptos del swing y el contrapunto, verdaderamente insólitos en ese terreno. Aunque lo más original y casi pecaminoso fue la inclusión de la guitarra eléctrica, un instrumento nada usual en ese momento. La guitarra solista no tenía grandes antecedentes en la música en general. Lo integraban el mismo Piazzolla y Leopoldo Federico en bandoneones, Francini y Baralis, violines, Atilio Stamponi al piano, Horacio Malvicino a la guitarra eléctrica, José Bragato al violonchelo y Hamlet Greco al contrabajo.

Cuatro 'secretos esenciales

Mis Buenos Aires queridos. Teldec. 1996. Barenboim regresó a Argentina y ofreció un recital con obras de distintos compositores de su tierra, Piazzolla a la cabeza, en arreglos magníficos de José Carli. Versiones emocionantes.

Piazzolla. DG. 2017. Leticia Moreno ofrece algunas de sus mejores obras, las Estaciones porteñas en primer lugar, junto al habitual Adiós Nonino y Le grand tango. Con la Filarmónica de Londres dirigida por Orozco Estrada. 

La trilogía del ángel. Milan. 2017. Obras en torno a este eje argumental. Interpretación de músicos variados con la presencia del autor al bandoneón. En la selección aparecen algunas de las partituras más bellas y estilizadas.

Astor Piazzolla. Antología. Entertainment Supplies, 2013. Las obras más importantes en interpretaciones presididas por el propio compositor. Una excelente introducción para empezar a descubrir sus ‘secretos’.