Rocío Molina en un momento de 'Calentamiento', en el Teatre Principal de Valencia. Foto: Dansa València / José Jordán

Rocío Molina en un momento de 'Calentamiento', en el Teatre Principal de Valencia. Foto: Dansa València / José Jordán

Danza

Rocío Molina incendia Valencia desde el Teatre Principal

La bailaora, una de las protagonistas del festival Dansa València, es danza pura y a la vez una fusión exquisita. Lo demostró una noche más con su espectáculo 'Calentamiento'.

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En ocasiones, muy contadas, uno entra al teatro esperando ver danza y sale con la sensación de haber pasado por dentro de algo que no se deja nombrar con facilidad. Calentamiento, de Rocío Molina, pertenece a ese territorio donde el escenario deja de ser un lugar y se convierte en experiencia.

En el marco de la 39 edición de Dansa València, el Teatre Principal se convirtió en un espacio sin fronteras donde la danza dejó de ser disciplina para devenir estado. Casi dos horas sin respiro donde todo ocurre y todo tiene sentido.

Lo primero que conviene decir, sin rodeos, es esto: es danza pura y a la vez una fusión exquisita. Y esa convivencia no genera conflicto. Concibe libertad. Molina no pide permiso para mezclar, para romper y, finalmente, para cruzar lenguajes. Lo hace porque puede. Porque entiende el cuerpo como territorio ilimitado.

Ella no es una bailaora. Esa palabra se queda corta. Es una artista mayúscula. Actúa, canta, baila distintos estilos, dirige la escena, conversa con el público, conduce el ritmo interno de la obra y lo hace todo con una naturalidad que desarma.

No hay exhibición. Hay presencia. Y esa presencia sostiene un espectáculo que no se parece a nada.

Calentamiento parte de una idea sencilla: mostrar el proceso previo a la escena. Mas, esa premisa se convierte en otra cosa. En un viaje. En una construcción donde el ensayo se vuelve espectáculo y el espectáculo se revela como acto de búsqueda constante. Lo que podría ser un ejercicio íntimo se abre y se comparte.

Desde el primer instante, Molina establece un diálogo directo con el público. No hay distancia ni cuarta pared. Recibe a los asistentes bailando. Los observa. Los mide. Los incorpora a su lógica escénica. Y los despide del mismo modo.

Ese gesto define todo lo que vendrá. La experiencia se construye entre todos.

La primera media hora es una declaración de intenciones. Molina explica cómo calienta el cuerpo. Pero no lo hace desde la teoría. Lo hace bailando. Cada movimiento es una explicación. Cada repetición es una búsqueda.

El público asiste a un proceso que rara vez se muestra. Y aquí hay una honestidad radical. El cuerpo se prepara. Se escucha. Se prueba. Se exige. La danza aparece como trabajo, como insistencia y método.

Luego llegan los momentos que quedan. Y son muchos.

El dúo con su maestro, desde dos sillas enfrentadas, condensa una relación que trasciende lo coreográfico. Dos cuerpos que se miran, que se reconocen, que dialogan sin desplazarse. La quietud se convierte en acción. El gesto mínimo adquiere una intensidad que llena el escenario.

Hay respeto, hay memoria, hay transmisión. Es uno de esos instantes donde el tiempo parece detenerse.

Más adelante, las cantaoras dentro de un cubo de cristal introducen otra dimensión. La imagen remite a un universo reconocible, con ecos que podrían pertenecer a una película de Pedro Almodóvar. Hay teatralidad, carácter y una estética que juega con lo icónico sin caer en la caricatura. La voz se encierra y al mismo tiempo se expande. La escena gana profundidad.

Y en medio de todo, la fusión. Esa palabra que en muchos casos se usa sin contenido aquí encuentra sentido. Molina la lleva en el cuerpo. No como suma de estilos, diría como lenguaje propio: flamenco, danza clásica, cabaret, ritmos electrónicos, percusión, clarinete, ecos visuales que remiten a lo geométrico, a lo popular, a lo contemporáneo.

Rocío Molina y José Manuel Ramos Oruco en 'Calentamiento'. Foto: Dansa València / José Jordán

Rocío Molina y José Manuel Ramos "Oruco" en 'Calentamiento'. Foto: Dansa València / José Jordán

Todo convive sin fricción. Todo responde a una misma lógica interna.

El espectáculo no se organiza en bloques cerrados. Avanza como una corriente. Cambia de registro sin aviso. Pasa de la intensidad al juego, de la introspección al desborde. Y en cada tránsito, Molina mantiene el control. Sabe dónde está. Sabe qué quiere. Sabe cómo sostener la atención.

Hay virtuosismo. Mucho. Pero nunca se presenta como objetivo. Está al servicio de algo mayor. La técnica aparece cuando hace falta. Se oculta cuando no es necesaria. Esa gestión del recurso técnico es una de las claves del espectáculo. El cuerpo domina, pero no impone.

También hay humor. Y es importante. Porque permite que la pieza respire. Que no se convierta en un ejercicio de intensidad persistente. Molina juega con el público, con la situación y consigo misma. Ese juego genera complicidad y abre espacios de descanso dentro de la exigencia general.

La música, por su parte, acompaña sin invadir. Construye atmósferas, marca ritmos y dialoga. No pretende ilustrar. Forma parte del entramado. Cada sonido tiene una función.

El Teatre Principal respondió. La sala se mantuvo atenta, implicada, presente. No es fácil sostener la concentración durante casi dos horas en un espectáculo que no sigue una narrativa convencional. Molina lo consigue. Lo hace desde la verdad del gesto, desde la coherencia interna de la propuesta.

Un momento de 'Calentamiento'. Foto: Dansa València / José Jordán

Un momento de 'Calentamiento'. Foto: Dansa València / José Jordán

Calentamiento no busca agradar. Tampoco busca provocar. Demanda algo más complejo: existir en escena con total libertad. Un acto que arrastra al espectador.

En el contexto de Dansa València, esta pieza se sitúa en un lugar singular. No responde a tendencias. No se alinea con modas. Marca su propio camino. Y eso se agradece.

He de confesar que no es la primera vez que me encuentro con Calentamiento. Y espero que no sea la última. Porque cuando Rocío Molina te calienta, algo cambia. El cuerpo entiende otra cosa. La mirada se abre. Y ya no hay vuelta atrás.