Imagen del documental 'I Was a Teenage Sex Pistol'.

Imagen del documental 'I Was a Teenage Sex Pistol'. Movistar +

Cine

'I Was a Teenage Sex Pistol': la historia que faltaba por contar de los escandalosos padres del 'punk'

El documental de Movistar+ devuelve al bajista Glen Matlock a su merecido lugar como fundador y motor musical de la banda inglesa.

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Hay grupos que necesitan décadas para convertirse en leyenda. Los Sex Pistols necesitaron poco más de dos años, un puñado de canciones imbatibles y una cantidad considerable de mala leche.

Grabaron un solo álbum de estudio, provocaron escándalos suficientes para llenar varias carreras y acabaron convertidos en una de las mayores explosiones culturales del siglo XX.

Casi medio siglo después seguimos hablando de ellos, discutiendo sobre su relevancia y, sobre todo, contando su historia. El próximo 29 de agosto, Movistar Plus+ estrena I Was a Teenage Sex Pistol, un documental que vuelve al lugar de los hechos desde una perspectiva menos transitada: la de Glen Matlock, bajista fundador, principal arquitecto musical de la banda y hombre que, quizá injustamente, quedó sepultado bajo la sombra de Sid Vicious.

La película, dirigida por Nick Mead y Andre Relis, parte de las memorias que Matlock publicó en 1990 y propone algo aparentemente sencillo pero bastante eficaz: volver a contar la historia de los Pistols desde dentro y dejar que sea uno de sus protagonistas quien ordene los recuerdos.

Matlock, desde luego, no fue un figurante en aquella aventura. Coescribió diez de las doce canciones de Never Mind the Bollocks, incluido buena parte del armazón melódico que permitió que aquella banda de provocadores tuviera, además de actitud, canciones pegadizas y contundentes.

Imagen del documental 'I Was a Teenage Sex Pistol'.

Imagen del documental 'I Was a Teenage Sex Pistol'. Movistar +

Y ahí está precisamente el interés del documental. Porque si la mitología punk convirtió a Sid Vicious en el icono definitivo —la mirada perdida, la camiseta, la cadena, la violencia, el final trágico—, Matlock era el músico. El que sabía tocar. El que escuchaba a The Faces, a los Stones y a los grupos de los sesenta. El que entendía que detrás del ruido debía existir una canción.

En otras palabras: el punk podía necesitar a Sid para convertirse en una imagen, pero necesitaba a Matlock para convertirse en música.

El punk antes de que existiera el punk

Uno de los mayores aciertos del filme es que no empieza con God Save the Queen ni con la famosa entrevista de Bill Grundy. Empieza antes, cuando aquello todavía no tenía ni nombre.

Imagen del documental 'I Was a Teenage Sex Pistol'.

Imagen del documental 'I Was a Teenage Sex Pistol'. Movistar +

Matlock era un adolescente londinense cuando entró en la tienda de Malcolm McLaren y Vivienne Westwood en King's Road. El establecimiento, que acabaría llamándose SEX, fue mucho más que una tienda de ropa: fue laboratorio estético, punto de encuentro y una especie de incubadora involuntaria del punk.

Allí se cruzaron Matlock, Steve Jones, Paul Cook y, finalmente, John Lydon. Allí empezó a tomar forma una banda que todavía no sabía que estaba a punto de convertirse en una referencia (y un problema) nacional.

El documental recupera ese Londres gris, bronco y económicamente exhausto de mediados de los setenta. Huelgas, inflación, desempleo, violencia callejera y una sensación bastante extendida de que la sociedad británica se había quedado sin respuestas.

Imagen del documental 'I Was a Teenage Sex Pistol'.

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En ese paisaje, los Sex Pistols tuvieron la insolencia de ponerle un amplificador rabioso y distorsionado al malestar con una mezcla explosiva de provocación y sentido del espectáculo. McLaren aportó la estrategia, Westwood la estética y los músicos aportaron algo bastante más difícil de fabricar: canciones. Todo para confeccionar uno de los debuts musicales más potentes de la historia del rock.

Despido improcedente

Aquí aparece uno de los asuntos más jugosos de I Was a Teenage Sex Pistol: la salida de Matlock de la banda.

Durante décadas se repitió que había sido expulsado porque le gustaban los Beatles. Una explicación estupenda para un titular, pero poco convincente para la historia.

Imagen del documental 'I Was a Teenage Sex Pistol'.

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Matlock sostiene que aquella versión fue una maniobra de McLaren para cubrirse las espaldas y que el verdadero problema estaba en el deterioro de su relación con Lydon. Había llegado a un punto en el que continuar juntos resultaba prácticamente imposible.

La controversia no es nueva, pero el documental la coloca otra vez sobre la mesa. Y tiene una consecuencia interesante: obliga a revisar la historia que hemos aceptado durante años casi como si fuera una leyenda bíblica del rock. Matlock no se presenta como una víctima inocente —él mismo reconoce, con bastante sorna, que también quería “venderse” un poco mejor—, pero sí reclama algo que durante mucho tiempo le fue negado: su papel real en la construcción de los Pistols.

La película tiene además una ausencia significativa. No hay una nueva entrevista con Johnny Lydon. El cantante aparece a través de material de archivo, pero no participa en la reconstrucción actual de los acontecimientos. Es difícil sorprenderse: la relación entre Lydon y sus antiguos compañeros lleva décadas convertida en un pequeño campo de minas. Y quizá esa ausencia sea, paradójicamente, una de las cosas que hacen que el documental resulte distinto. Aquí no hay una guerra de declaraciones a cuatro bandas. Hay, sobre todo, una voz intentando recuperar el relato de una pérdida.

Imagen del documental 'I Was a Teenage Sex Pistol'.

Imagen del documental 'I Was a Teenage Sex Pistol'. Movistar +

La gran paradoja: el hombre que hizo las canciones

Hay un momento conceptual especialmente interesante en esta historia: Matlock se marchó antes de que los Sex Pistols publicaran su único álbum de estudio, pero su huella está por todas partes.

Anarchy in the U.K., God Save the Queen, Pretty Vacant… Diez de las doce canciones de Never Mind the Bollocks llevan su firma como coautor. Y eso modifica ligeramente la fotografía que tenemos del grupo. Porque los Pistols fueron una máquina de provocación, sí, pero ese álbum estaba repleto de singles furiosos y efectivos.

Imagen del documental 'I Was a Teenage Sex Pistol'.

Imagen del documental 'I Was a Teenage Sex Pistol'. Movistar +

El documental recupera esa dimensión y, de paso, reivindica a un músico que ha tenido una carrera posterior mucho más rica de lo que suele recordar el gran público. Después de los Pistols formó Rich Kids con Midge Ure, colaboró con Iggy Pop y trabajó junto a músicos de Blondie, entre otros.

Dos años que parecieron veinte

Los Sex Pistols nacieron en Londres en 1975 alrededor de Steve Jones, Paul Cook y Glen Matlock. Cuando John Lydon —Johnny Rotten— se incorporó como cantante, la combinación terminó de encajar. Malcolm McLaren se encargó de convertir la banda en algo más que un grupo de chavales con guitarras: quería provocar, vender, irritar y, si era posible, incendiar simbólicamente la respetable casa británica.

El primer concierto, en noviembre de 1975, fue prácticamente un acontecimiento local. Nadie podía imaginar entonces que aquellos tipos acabarían poniendo a la industria musical contra las cuerdas. Llegaron Anarchy in the U.K., el contrato con EMI, la famosa aparición televisiva con Bill Grundy en diciembre de 1976 y el escándalo nacional que siguió después.

Imagen del documental 'I Was a Teenage Sex Pistol'.

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La televisión hizo su parte: los Pistols soltaron tacos en directo y la prensa británica conservadora descubrió que había encontrado su monstruo favorito.

Después llegaron las cancelaciones de conciertos, las prohibiciones, el enfrentamiento con la industria y God Save the Queen, publicado durante el Jubileo de Plata de Isabel II. El sencillo se convirtió en un símbolo de la provocación punk y en una pieza central de aquella batalla cultural.

Matlock ya no estaba. Su sustituto era Sid Vicious, que apenas sabía tocar el bajo cuando entró en la banda, pero poseía algo que ningún productor habría podido diseñar en un laboratorio: una presencia física y una actitud que resumían perfectamente el lado más peligroso del punk. La paradoja estaba servida. El músico menos preparado se convirtió en la imagen más reconocible del grupo.

Imagen del documental 'I Was a Teenage Sex Pistol'.

Imagen del documental 'I Was a Teenage Sex Pistol'. Movistar +

En octubre de 1977 apareció Never Mind the Bollocks, Here's the Sex Pistols. Doce canciones. Y suficiente munición para cambiar el rock británico. Después llegó la gira estadounidense de enero de 1978, el caos, el enfrentamiento interno y la disolución. Johnny Rotten abandonó la banda en San Francisco y pronunció aquella frase que resumía el desastre: Ever get the feeling you've been cheated?. Era el final. O, mejor dicho, el comienzo de la leyenda.

Después vendrían las reuniones, las giras y las inevitables discusiones sobre si aquello seguía siendo punk o simplemente un negocio con camisetas viejas. En 2024, Matlock, Steve Jones y Paul Cook volvieron a los escenarios con Frank Carter como cantante, mientras que Lydon los describía como una patética banda ‘de versiones’.

Pero quizá la verdadera historia de los Sex Pistols terminó mucho antes.

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Terminó cuando cuatro chavales londinenses descubrieron que podían hacer ruido, escribir buenas canciones y molestar a todo un país al mismo tiempo. Lo demás —Sid Vicious, los escándalos, las portadas, las demandas, las películas, las biografías y ahora este documental— es la larga resaca de una explosión que duró poquísimo.

Y eso es lo fascinante de I Was a Teenage Sex Pistol: que detrás del mito del punk, de la camiseta rota y de la provocación, devuelve el foco a un músico que recuerda algo que la leyenda había dejado en segundo plano. Antes de que los Sex Pistols fueran un escándalo, fueron una banda. Y antes de ser una banda, fueron unos chavales intentando descubrir qué demonios podían hacer con tres acordes y bastante mala leche.