Charles Manson es escoltado hasta el juzgado de Los Ángeles para una vista preliminar el 3 de diciembre de 1969.

Charles Manson es escoltado hasta el juzgado de Los Ángeles para una vista preliminar el 3 de diciembre de 1969. Archivo.

Cine

Cuando el monstruo tiene apellido: 'Mi abuelo Charles Manson' y el peso de heredar el mal

Un documental relata la historia de la joven Sophia Maddox al descubrir que es nieta del asesino.

Maddox accede a miembros de la familia Manson y a grabaciones exclusivas.

Más información: 'The Shards' trae de vuelta los temazos de los 80 y el morbo por los asesinos en serie, pero traiciona a Bret Easton Ellis

Publicada

En Los Ángeles, donde casi todo el mundo parece perseguir una historia que contar, Sophia Maddox quería dedicarse al cine. Tenía 22 años y una vida aparentemente normal: daba clases de ballet, trabajaba como niñera, ayudaba en restaurantes y trataba de abrirse camino en una industria acostumbrada a fabricar sueños y, a veces, pesadillas. Charles Manson no formaba parte de su vida. O eso creía.

En 2022 regresó de un viaje a Nueva York con COVID-19 y llamó a su padre, Daniel Arguelles, para pedirle que la llevara a hacerse una prueba. Era una llamada rutinaria que acabaría en un territorio mucho más oscuro. Daniel llevaba años sin saber quién era su padre biológico. En 2015 había enviado una muestra de ADN a una plataforma de genealogía y, tiempo después, apareció una coincidencia: otro hombre compartía con él el mismo padre. Aquel padre era Charles Manson.

Pero ¿cómo se convive con una herencia construida sobre el crimen y el horror? Esa es la pregunta que recorre Mi abuelo Charles Manson, el documental disponible en Disney+, que se adentra en una zona menos explorada de la historia del criminal: las consecuencias íntimas que deja un monstruo mucho después de su muerte.

Hay nombres que pertenecen a la historia y otros que parecen pertenecer a la ficción. Manson pertenece a las dos categorías. En agosto de 1969, los integrantes de la llamada Familia Manson asesinaron a la actriz Sharon Tate, embarazada de ocho meses, al estilista Jay Sebring, a la heredera Abigail Folger, a Wojciech Frykowski y a Steven Parent. Al día siguiente mataron al matrimonio formado por Leno y Rosemary LaBianca. Manson fue condenado por conspiración y asesinato y murió en prisión en 2017, a los 83 años.

Más de medio siglo después, su nombre había llegado hasta el salón de una familia corriente de Los Ángeles.

Sophia no conocía especialmente bien la historia de Manson. Para ella, aquel nombre pertenecía sobre todo a la cultura popular. Su referencia más cercana era Érase una vez en Hollywood, la película de Quentin Tarantino que reconstruye el Hollywood de 1969 y convierte los crímenes de la Familia Manson en el punto de partida para una fantasía sobre lo que pudo haber sucedido.

La realidad, sin embargo, acababa de hacer algo mucho más extraño que cualquier ficción de Tarantino: había convertido a Manson en su abuelo.

A partir de ahí comenzó una investigación que pronto dejó de ser una simple búsqueda genealógica. Sophia empezó a grabarse, a registrar sus dudas y la incomodidad de intentar comprender un parentesco que nunca había elegido. Junto a la codirectora Alexandra Orton, convirtió aquella experiencia en un documental que utiliza su historia personal para explorar el conflicto entre la memoria pública y la experiencia privada.

La investigación la llevó hasta Indiana, a la escuela de reforma donde Manson pasó parte de su adolescencia, y hasta personas que lo conocieron antes de que se convirtiera en un monstruo de portada. Entre ellas, Lynette “Squeaky” Fromme, Dianne Lake, que conoció a Manson cuando tenía 14 años, y Stephanie Schram, considerada su última novia conocida.

Sophia quería apartarse del personaje construido por la prensa. No buscaba otra versión del monstruo, sino conocer al hombre que existió antes de convertirse en él. Quería escuchar a quienes lo habían tratado de cerca, “no la interpretación de los medios ni la de un fiscal”.

La familia y uno más

Sophia nació en El Segundo, California, y creció entre las casas de sus padres, en la periferia de Hollywood. Su padre, artista y escritor que había probado suerte como actor y modelo, despertó en ella la pasión por el cine. Sin saberlo, también le dejó una pregunta que acabaría ocupando buena parte de su vida: ¿quién era realmente su padre?

Sophia se lo había preguntado durante años a su abuela, Darlene. Cuando tenía 17 años, Darlene había mantenido un encuentro sexual en una estación de autobuses con un hombre llamado Charlie Dear. Años después, al ver el nombre de Charles Manson en los periódicos, sospechó que ambos podían ser la misma persona. Nunca lo contó. Se llevó el secreto consigo hasta su muerte, en 2020.

El ADN terminó haciendo lo que durante décadas no habían conseguido los recuerdos familiares. Una prueba lo vinculó con Michael Brunner, uno de los tres hijos reconocidos de Manson. La sospecha se convirtió en certeza: Daniel era hijo de Charles Manson. Y Sophia, su nieta.

Sophia Maddox, en un momento del documental 'Mi abuelo Charles Manson'.

Sophia Maddox, en un momento del documental 'Mi abuelo Charles Manson'. Disney+.

La investigación tensó la relación entre Sophia y su padre. Una fuerte discusión, registrada en el documental, marcó un antes y un después, y desde entonces no han vuelto a verse. Paradójicamente, la misma búsqueda que la alejó de Daniel también la acercó a Michael Brunner, adoptado por sus abuelos maternos en los años sesenta y apartado desde entonces de la atención pública.

Brunner mantuvo el contacto con Sophia, le enviaba libros y aceptaba hablar con ella de una historia que ambos habían heredado sin haberla pedido. Porque la herencia, en estos casos, no es solo genética. También es narrativa.

¿El verano del amor?

En el verano de 1969, mientras millones de jóvenes creían todavía en la promesa de paz, libertad y transformación cultural, una serie de asesinatos cometidos en Los Ángeles convirtió aquel sueño en algo mucho más oscuro.

Y es que los crímenes de la Familia Manson no solo sacudieron Hollywood. Para muchos estadounidenses simbolizaron el abrupto final de la inocencia. Manson había pasado buena parte de su vida entrando y saliendo de reformatorios y cárceles, pero a finales de los sesenta consiguió reunir a un grupo de jóvenes —en su mayoría mujeres— fascinadas por su carisma, su discurso apocalíptico y la sensación de pertenencia que ofrecía aquella comuna instalada en el rancho Spahn, a las afueras de Los Ángeles.

Entre drogas, música, abusos continuos y una retórica delirante sobre una inminente guerra racial, fue construyendo lo que acabaría conociéndose como la Familia Manson.

Los asesinatos tuvieron un impacto inmediato, pero su alcance fue mucho mayor que el de una crónica negra. Hollywood descubrió que el horror podía vivir a pocos metros de sus mansiones y que el idealismo de la contracultura también tenía un reverso de violencia, manipulación y fanatismo.

Manson fue condenado como responsable intelectual de los crímenes, aunque no ejecutó personalmente los asesinatos. Durante el juicio, la fiscalía sostuvo que actuó movido por una teoría delirante que bautizó como Helter Skelter, inspirada en la famosa canción de The Beatles y convertida en su imaginación en la profecía de una guerra racial. Más de medio siglo después, algunos aspectos de aquella explicación siguen siendo discutidos.

Quizá por eso la historia continúa ejerciendo una fascinación incómoda. El apellido Manson ha pasado de la crónica criminal a la cultura popular: novelas, documentales, series, canciones y películas como Érase una vez en Hollywood han contribuido a alimentar un mito que mezcla violencia, celebridad y oscuridad americana.

Pero detrás de todo ese relato permanece un hecho mucho más sencillo y terrible: durante dos noches de agosto de 1969, un pequeño grupo de jóvenes dejó siete víctimas y una herida que todavía forma parte de la memoria de Estados Unidos.

Y ahora, para Sophia Maddox, también forma parte de su árbol familiar. Esa es la historia que cuenta Mi abuelo Charles Manson: no la del monstruo que todos conocemos, sino la de quienes tienen que aprender a vivir después de descubrir que lo llevan en el apellido.