Ewan McGregor y Anne Hathaway protagonizan 'El final de Oak Street'.

Ewan McGregor y Anne Hathaway protagonizan 'El final de Oak Street'. Warner Bros.

Cine

'El final de Oak Street', un eficaz pero convencional regreso al espíritu del Spielberg de los 80

David Robert Mitchell ('It Follows') se pasa al 'blockbuster' con una película de dinosaurios sobre los valores familiares.

Anne Hathaway y Ewan McGregor son los protagonistas.

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No hay que reprocharle a David Robert Mitchell que se haya pasado al cine más comercial con El final de Oak Street. En algún momento, incluso los directores más radicales acaban rodando para ese Hollywood ultracomercial que, sin embargo, sigue siendo el único capaz de financiar las fantasías más desbordantes.

Protagonizada por una revitalizada Anne Hathaway y Ewan McGregor, padres de dos hijos en uno de esos suburbios estadounidenses que parecen infinitos, la película habla de los valores familiares partiendo, cómo no, de una familia en crisis. Lo hace mediante un blockbuster con trazas de serie B —ningún reproche— en el que sus protagonistas son atacados por dinosaurios.

La reciente serie de Apple TV Cape Fear, protagonizada por Javier Bardem, ya nos cuenta, aunque con bastante más mala leche, cómo un enemigo externo puede volver a unir a una familia. Se trata, en cualquier caso, de un motivo clásico del cine comercial estadounidense.

Mitad drama suburbial y mitad ciencia ficción rocambolesca, con algo de Parque Jurásico y algo de American Beauty, El final de Oak Street cumple. Mitchell mezcla una historia "bonita" de reconciliación familiar con animales prehistóricos salvajes en una combinación curiosa, a veces naíf y a veces desgarradora.

Sin embargo, falla al construir unos personajes algo estereotipados y, por momentos, demasiado buenos, cuyo mayor pecado consiste en dar un lingotazo de whisky o refugiarse en un sótano para fantasear con abandonar a la familia y liarse la manta a la cabeza.

El suburbio estadounidense

En una sociedad como la estadounidense, en la que buena parte de la población vive en infinitos suburbios de casas con jardín y depende del coche para desplazarse, es lógico que el cine los haya convertido en uno de los escenarios predilectos de sus ficciones.

El suburbio estadounidense, con sus lustrosos jardines, sus niños de excursión en bicicleta, sus casas enormes para los estándares europeos y sus barbacoas, se presta tanto a representar la imagen idílica del sueño americano como su reverso: una estampa de falsa perfección que abre la puerta al terror.

Ewan McGregor y Anne Hathaway protagonizan 'El final de Oak Street'.

Ewan McGregor y Anne Hathaway protagonizan 'El final de Oak Street'. Warner Bros.

American Beauty (Sam Mendes, 1999) nos presenta a un Kevin Spacey cuarentón y deprimido que se aburre y desespera en un mundo en el que no queda lugar para la sorpresa ni la poesía. Eduardo Manostijeras (Tim Burton, 1990) remarca la hipocresía y la brutalidad agazapadas tras un decorado impecable y unas buenas maneras. En Las vírgenes suicidas (Sofia Coppola, 1999), el suburbio se convierte en un territorio dominado por el hastío y una desesperanza abisal.

Otros cineastas estadounidenses han mostrado una imagen más luminosa de esa American suburbia. En E.T., el extraterrestre (Steven Spielberg, 1982) o Los Goonies (Richard Donner, 1985) vemos su dimensión más poética: un lugar de libertad y bienestar en el que se forjan leyendas. Buena parte de la producción más comercial estadounidense, sobre todo la televisiva, también ha exaltado, de una manera más o menos crítica, ese American way of life.

Con El final de Oak Street, David Robert Mitchell pasa, por así decirlo, de Sam Mendes a Spielberg. Abandona la visión perturbadora que ofrecía en It Follows (2014) para convertir el suburbio en un territorio mucho más spielbergiano.

Junto a Ari Aster (Midsommar) o Jordan Peele (Déjame salir), Mitchell forma parte de una generación de cineastas que ha utilizado el terror como vehículo para crear películas de considerable calado social y artístico.

It Follows plantea el reverso de otro clásico del suburbio estadounidense: la comedia adolescente en la que perder la virginidad se convierte en una obsesión dentro de una sociedad puritana. En este caso, el sexo sirve para propagar un mal sin nombre, abstracto pero mortífero, que destruye como un animal salvaje ese mundo obsesionado con la pulcritud y que continúa condenando la sexualidad femenina.

Lo que esconde Silver Lake, su siguiente película, enlaza con el misterio y con otra veta del suburbio como espacio para el cine independiente de autores como Hal Hartley. Un lugar mortalmente aburrido en el que el enigma se funde con la poesía para crear una persistente atmósfera de extrañeza.

Mitchell domesticado

Se ha repetido hasta la exasperación aquella frase de André Gide según la cual «con buenos sentimientos se hace mala literatura». Es cierto que lo oscuro y perturbador suele tener más prestigio, pero también que esos «buenos sentimientos» se convierten a menudo en la coartada comercial de películas complacientes que tampoco aspiran a alcanzar una gran calidad artística.

Con un adolescente que pasea en bicicleta como en E.T., que lógicamente sufre bullying, y una hermana desdibujada como personaje, se nota que Mitchell intenta ir más allá del simple producto hollywoodiense. Aunque el mensaje final sea uno de los preferidos por James Cameron en sus películas de Avatar: la familia que permanece unida sobrevive.

Un momento de 'El final de Oak Street'.

Un momento de 'El final de Oak Street'. Warner Bros.

La película, producida por J. J. Abrams (Perdidos, Super 8) alcanza cierta calidez humana al presentar a unos protagonistas desnortados que, un buen día, se levantan y deben enfrentarse a tiranosaurios y aves asesinas. Sin embargo, el insuficiente desarrollo dramático de los personajes —del niño sabemos, sobre todo, que quiere mucho a su perro— hace que El final de Oak Street resulte mucho más previsible de lo que podría haber llegado a ser.

Mitchell demuestra que sabe manejar el espectáculo, construir tensión y dotar de personalidad visual a un gran proyecto de estudio. Pero, en el camino hacia el blockbuster, ha perdido buena parte de aquella inquietud que convertía sus películas anteriores en objetos extraños y difíciles de olvidar. El final de Oak Street entretiene, emociona por momentos y cumple con eficacia; el problema es que, tratándose del director de It Follows, cumplir sabe a poco.