Un fotograma de 'Vivir la tierra'

Un fotograma de 'Vivir la tierra' .

Cine

'Vivir la tierra': 'El árbol de los zuecos' chino o por qué Berlanga podría haber nacido en Henan

Huo Meng dirige una película visualmente bella que refleja la fulminante transformación de China desde el mundo rural.

El filme fue reconocido con el Oso de Plata en el Festival de Berlín.

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Protestan los directores de Oriente Medio porque sus películas solo viajan a otros países cuando tratan alguno de sus numerosos y sanguinarios conflictos, y los latinoamericanos porque únicamente encuentran distribución cuando abordan temáticas sociales.

Es evidente. Una película israelí sobre un matrimonio en crisis o un adolescente enamorado de su prima tiene muchas más dificultades para estrenarse en España. Y ello explica, en parte, que muchas de las películas chinas que llegan a nuestras pantallas —procedentes de una de las cinematografías más vibrantes del mundo— aborden, de manera más o menos explícita, la vertiginosa transformación del país.

Decía Antonio Gramsci, en una célebre cita, aquello de "cuando lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer". Es un estado de las cosas tan apasionante como, lógicamente, inquietante, en el que parece vivir de manera permanente ese radiante cine chino de las últimas décadas.

Lo hemos visto en grandes películas de ese país. El ínclito Jia Zhangke, por ejemplo, nos lo ha explicado en títulos tan valiosos como la reciente A la deriva (2024), en la que, mediante imágenes de enorme carga poética, retrata cómo "muere" ese mundo rural de provincias en una transformación tan contundente y rápida que deja desnortados a sus protagonistas.

Hace pocos meses llegaba otra película todavía más radical en lo formal, Resurrection, de Bi Gan, en la que ese estado de confusión, esa crisis de identidad "gramsciana" donde lo nuevo no sustituye a lo viejo, sino que convive con ello en un doloroso e inestable equilibrio, se convierte en una subyugadora experiencia visual en la que el cine imita a los sueños y estos, al subconsciente.

Entre Bi Gan, por su fuerza poética, y Jia Zhangke, por su calado político, el cineasta Huo Meng logra con Vivir la tierra una película desgarradora y evocadora. Ambientada a principios de los años noventa, cuando China se abre al mercado, está narrada desde el punto de vista de un niño de diez años.

El protagonista crece en la rural provincia de Henan, en una de esas familias antiguas en las que convivían abuelos y bisabuelos, tíos y primos, en pueblos pequeños donde apenas existía intimidad, pero tampoco nadie se sentía solo. Meng no idealiza ese mundo rural, aunque la mirada del niño le aporte una inevitable pátina poética. Así, vemos la brutalidad ejercida contra los más débiles, como ese eterno "tonto del pueblo" al que muelen a palos día sí y día también.

El cine de Vivir la tierra es costumbrista y recuerda a un título que podría parecer tan alejado como la maravillosa El árbol de los zuecos, de Ermanno Olmi, que observa minuciosamente las costumbres ancestrales de unos campesinos lombardos mientras narra el ocaso de toda una era ante la incipiente industrialización de Italia.

También recuerda, con su primorosa fotografía, capaz de captar los rayos del sol, las sombras y los claroscuros, y su atención al rito como elemento sacralizador y catártico de las comunidades agrícolas, a la maravillosa Pa negre, de Agustí Villaronga, un filme en el que la guerra se convierte en un eco.

El niño protagonista crece sin sus padres, que se han mudado a la ciudad para ganar dinero. Aunque vive rodeado de afecto, siente que no pertenece por completo a ese lugar. Su extrañamiento representa, de algún modo, la mirada moderna de una China que se contempla a sí misma con sorpresa, pero que también es, quiera o no, heredera de ese mundo ancestral.

La sociedad china, con sus dragones y sus templos de colores, puede parecer, al menos en lo formal, muy distinta de la española. Sin embargo, en muchas de las películas ambientadas en el mundo rural —véase Un segundo, de Zhang Yimou— aparece cierto tono de farsa, una especie de melodrama folclórico y pintoresco que, por momentos, recuerda al Berlanga y al Azcona más surrealistas.