Lee Byung-hun interpreta al protagonista de 'No hay otra opción'

Lee Byung-hun interpreta al protagonista de 'No hay otra opción'

Cine

'No hay otra opción': Park Chan-wook aniquila a la competencia con otro 'thriller' perversamente placentero

Allí donde otros cineastas utilizan el estilo como envoltorio o herramienta, el cineasta lo ha transformado en su sistema moral.

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Todo su cine camina hacia un mismo destino. Para Park Chan-wook (Seúl, 1963), el manierismo es una forma de pensamiento. Allí donde otros cineastas utilizan el estilo como envoltorio o herramienta, él lo ha transformado en su sistema moral. Cada plano, cada movimiento de cámara, cada coreografía visual pretende interrogar la narración, no embellecerla.

No hay otra opción, su nueva película, es, en este sentido, un artefacto más contenido y menos exuberante que otros de sus thrillers, como Oldboy (2003) o La doncella (2016), pero sigue avanzando como un perfecto mecanismo de relojería que, al mismo tiempo, parece dudar constantemente de su funcionamiento. Ahí es donde yace su fascinación.

A partir de ciertos estereotipos del noir, el coreano pone en marcha un relato que siempre está al borde de romperse. El drama parte de una afirmación, la del protagonista, Yoo Man-su (Lee Byung-hun), un experto fabricante de papel que, premiado con una familia perfecta, un hogar de lujo y el éxito laboral, le dice a su mujer: “Lo tengo todo”. Acto seguido, pierde su trabajo y todo empieza a desmoronarse.

Acorralado por las deudas, incapaz de encontrar trabajo, decide aniquilar uno a uno a todos los candidatos para un puesto de perfil muy específico (el suyo) en una nueva empresa. Park Chan-wook no está tan interesado en el argumento como esqueleto dramático (que avanza sin miramientos), sino como pretexto para poner en forma su verdadera obsesión: explicarnos cómo el ser humano es esencialmente un depredador.

El cineasta entiende la puesta en escena como si fuera un tablero de ajedrez. Un movimiento torpe o un error de cálculo conducen al jaque mate. Así, los personajes, entre patéticos y estrafalarios, entran y salen del plano como figuras sometidas a una lógica superior que ellos mismos desconocen. Están atrapados en el engranaje que despliega el coreano, que les supera, en el que el deseo también es culpa.

Nada es casual: un reflejo en un cristal, un ligero desplazamiento lateral, una puerta que se cierra demasiado despacio... todo es un signo de puntuación emocional que genera un efecto. De tal modo, el relato se ensimisma en su propio laberinto con una suerte de elegancia que, extrañamente, no está reñida con la brusquedad de determinadas decisiones. Todo acto de violencia, cuando aparece, lo hace de forma seca, casi administrativa.

Como ocurre en el cine de Alfred Hitchcock o en el de Brian de Palma, con cuyas poéticas sin duda el coreano siente una afinidad especial, hay algo perversamente placentero en la forma en que el relato se repliega sobre sí mismo. Su dinámica actúa desde una reflexión sobre los propios límites y la propia veracidad del thriller. Una conversación trivial, un chiste fuera de lugar, puede transformarse, gracias a un cambio de luz o a un movimiento de cámara, en una escena de amenaza latente.

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El itinerario del hombre de familia transformado en homicida desesperado no quiere ser un rompecabezas, sino un espejo donde cada personaje, y también el espectador, descubre aspectos incómodos de sí mismo. La sensación de fatalidad, desde los primeros minutos de exclusivo oasis, es una constante, una condena abocada siempre a la peor de las alternativas posibles.

Park Chan-wook vuelve a demostrar su talento para convertir los espacios en estados de ánimo. Las mansiones impersonales, las oficinas acristaladas, los aparcamientos subterráneos o un frondoso invernadero son territorios emocionales antes que simples decorados. El autor de Decision to Leave (2022), donde el nido conyugal era también fuente de perversión, posee una capacidad casi quirúrgica para extraer inquietud de los lugares que habitan sus criaturas.

Sin embargo, aquí el cineasta ha logrado domesticar el exceso barroco de su filmografía previa. Lo que importa no es el estallido, sino la tensión previa: el modo en que sus criaturas se miden y se engañan con una cortesía que roza lo patológico. Lo esencial siempre ocurre en la superficie de los rostros.

El reparto asume el desafío con admirable precisión. El hombre corriente que descubre demasiado tarde que ya no controla su destino lo interpreta Lee Byung-hun con una mezcla de fragilidad, patetismo y dureza que sortea cualquier tentación heroica. A veces junto a él y a veces frente a él, su mujer, Miri (Son Ye-jin), se ofrece desde su enigmática ambigüedad como catalizadora de un destino incontrolable.

Son Ye-jin, en la película

Son Ye-jin, en la película

El problema, acaso, es la distancia emocional que tanta perfección quirúrgica en las formas abre entre la pantalla y el observador, como si el coreano quisiera colocarnos en el lugar de un entomólogo. En verdad, en todas sus películas parece invitarnos a observar a sus criaturas como bichos enmascarados más que como seres humanos.

De tal suerte, la película deslumbra más que hiere, fascina más de lo que conmueve. Su pesimismo existencial sostiene que cada decisión está condenada de antemano. Este fatalismo con el que el director de Lady Vengeance (2005) siempre ha coqueteado, se convierte aquí en puro discurso, casi en una doctrina.

El título funciona como una advertencia que el relato se empeña en confirmar una y otra vez, sellando herméticamente cualquier fuga hacia el libre albedrío, de modo que lo narrativo se convierte instantáneamente en una decisión plástica, en maquinaria y coreografía.

No podemos olvidar que como espectadores también somos los conejillos de Indias de uno de los grandes estilistas del cine contemporáneo que, fiel a su legado, entiende el cine como una cierta dictadura de la manipulación.

Una vez trascendido el conjunto, nos quedamos con la energía que respiran determinadas secuencias, como la de una persecución nocturna resuelta mediante reflejos en los retrovisores, y con el humor que asoma incluso en los momentos más brutales. Hallamos algo similar al placer, una vez más, en descubrir cómo en el universo de este arquitecto del malestar, efectivamente, nunca hay otra opción.

No hay otra opción

Dirección: Park Chan-wook.

Guion: Park Chan-wook, Don McKellar, Lee Kyoung-mi, Jahye Lee.

Intérpretes: Lee Byung-hun, Son Ye-jin, Lee Sung-min, Yeom Hye-ran, Yoo Yeon-seok, Cha Seung-won.

Año: 2025.

Estreno: 13 de febrero.