Retrato de Galileo Galilei (Justus Sustermans, 1636). Foto: Wikimedia Commons

Retrato de Galileo Galilei (Justus Sustermans, 1636). Foto: Wikimedia Commons

Entre dos aguas

Galileo y su interés por el 'Almagesto': estudiar el conocimiento antiguo para desmontarlo

El descubrimiento de anotaciones del astrónomo italiano en un ejemplar de la obra de Ptolomeo vuelve a demostrar que los avances no surgen de la nada.

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Durante casi ¡1.400 años! la imagen que defendían los astrónomos del universo era la contenida en un libro escrito originalmente en griego alrededor del año 150 por el astrónomo, matemático y geógrafo Claudio Ptolomeo (c. 100-175), del que sabemos que trabajó en Alejandría, la principal ciudad del Egipto grecorromano.

Su título original parece que fue μαθηματική σύνταξις (Tratado matemático sistemático). Pero ese encabezamiento se fue perdiendo con los años, siendo conocido por la forma latina medieval de su nombre árabe (Al-megisti), Almagestum, esto es Almagesto, un detalle que denota el camino que recorrió hasta llegar de nuevo a Europa, donde estaba prácticamente olvidado: la ruta de la cultura árabe que llegó a través de la España musulmana.

El nombre está formado por la yuxtaposición del artículo árabe Al y la corrupción del adjetivo griego mayor: "el mayor de los libros", "el más grande").

Culminación de siglos de trabajo en la observación y en la teoría astronómica, Almagesto contiene una exposición completa de la astronomía matemática tal y como la entendieron los griegos: la Tierra está, inmóvil, en el centro del universo (modelo geocéntrico).

Ptolomeo convirtió los datos observacionales en parámetros numéricos para sus modelos planetarios, y con estos construyó tablas con las que poder calcular, para cualquier momento pasado o futuro, las posiciones de los planetas, del Sol y de la Luna, además del acontecer de los eclipses.

Galileo, junto a Kepler el gran defensor de la cosmología heliocéntrica, estudió con cuidado el libro de Ptolomeo

Es posible que existiesen con anterioridad otros tratados con fines similares, pero no nos han llegado, acaso por el propio éxito del libro de Ptolomeo, que desanimó a que se copiasen textos más antiguos, que habrían quedado obsoletos.

Es bien sabido que la cosmología geocéntrica recibió su gran golpe en 1543 con la publicación de uno de esos libros cuya memoria sobrevive y, espero, sobrevivirá al olvido, De revolutionibus orbium coelestium (Sobre las revoluciones de los orbes celestes) del canónigo polaco Nicolás Copérnico (1473-1543).

En ese libro defendía que no era la Tierra la que ocupaba el centro del universo, sino el Sol y que nuestro planeta giraba en torno a él (modelo heliocéntrico). En realidad, mucho antes que Copérnico, Aristarco de Samos (c. 310-230 a. C.) había propuesto un modelo en el que era el Sol el que se encontraba en el centro, pero tuvo escaso éxito y no habríamos sabido nada de él si no lo hubiese mencionado Arquímedes en una de sus obras, El arenario.

La única obra de Aristarco que se ha conservado es Sobre los tamaños y las distancias del Sol y la Luna, que editó en 2007 el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz a partir de una versión en latín, de 1632, que se conserva en el Real Instituto y Observatorio de la Armada de San Fernando (el facsímil del texto latino se reproducía junto a la traducción al castellano).

En 2020, la Universidad de Barcelona publicó una nueva traducción al castellano, junto al texto griego y los comentarios que el médico y matemático renacentista Commandino había incluido en la edición latina que había utilizado la Universidad de Cádiz.

Ese tipo de "pérdidas" es algo común en la historia: la propia obra de Arquímedes sufrió no poco de estos "olvidos", sobreviviendo en lugares insospechados.

De diferente naturaleza, pero también rescatando del pasado información valiosa, el historiador de la Universidad de Milán, Ivan Malara, ha descubierto en los márgenes de un ejemplar de 1551 del Almagesto, impreso en Basilea y que contiene traducciones al latín de la mayoría de los trabajos conocidos de Ptolomeo, que se conserva en la Biblioteca Nazionale Centrale de Florencia, unas notas manuscritas que se han identificado como pertenecientes a Galileo, que parece las hizo alrededor de 1590. Era, por consiguiente, muy joven, 25 o 26 años.

Son varias las implicaciones de este hallazgo. Por un lado, confirma algo que ya se sabía, que Galileo, junto a Kepler el gran defensor de la cosmología heliocéntrica, había estudiado con cuidado el libro de Ptolomeo.

Se sabía, pero se ignoraba dónde y qué comentarios pudo haber hecho. Malara buscó en todos los ejemplares del Almagesto que se encontraban en las bibliotecas de Florencia la existencia de anotaciones, para verificar, en caso de encontrarlas, si alguna se podía adjudicar a Galileo. Y su investigación tuvo éxito.

Este hecho muestra una de las características de la ciencia: que los avances, las nuevas teorías, no surgen de la nada sino después de haber estudiado antes las existentes. Newton conocía lo que Kepler y Galileo habían hecho, Darwin estaba familiarizado con las aportaciones de Buffon y Lamarck. Y Einstein con las de Maxwell y Lorentz.

Algunas de las notas autógrafas descubiertas en el Almagesto revelan ideas sobre el movimiento que ya manejaba Galileo antes de que se dedicara a defender públicamente la cosmología copernicana, algo que solo hizo a partir de la publicación de su libro Sidereus nuncius (1610), que estaba basado en las observaciones que había realizado de la Luna, Júpiter y la Vía Láctea utilizando un tosco telescopio.

Algunas de esas ideas escritas en las anotaciones del Almagesto aparecen también en un conjunto de textos, conocidos como De motu antiquiora, que escribió durante los años que pasó en Pisa (1589-1592) y que no se publicaron. Ejemplo en este sentido es una nota que aparece en el tercer capítulo del libro (parte) 3 del Almagesto, en la que criticaba a Ptolomeo apelando a la experiencia.

Otra anotación muy interesante es la que contiene una transcripción del Salmo 145 de la Biblia, en el que David proclama la grandeza y majestad de Dios. "Te exaltaré, mi Dios, mi Rey –comienza el salmo– y bendeciré tu nombre eternamente y para siempre". A la que más adelante se añade: "En la hermosura de la gloria de tu magnificencia, y en tus hechos maravillosos meditaré", una frase que se puede entender como que lo que Galileo deseaba era analizar y comprender "los maravillosos hechos –determinar las leyes a las que obedecen– de la obra, la Naturaleza", del Dios en el que creía.

Porque a pesar del conflicto con la Inquisición romana que llegó al máximo con la publicación de su obra magna, el Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, ptolemaico y copernicano (1632), Galileo era un buen católico, aunque no compartiera algunas interpretaciones de las Sagradas Escrituras que sostenía la jerarquía católica.