Representación (exagerada) de los satélites y deshechos espaciales que orbitan en torno a la Tierra. Foto: ESA / ID&Sense / ONiRiXEL

Representación (exagerada) de los satélites y deshechos espaciales que orbitan en torno a la Tierra. Foto: ESA / ID&Sense / ONiRiXEL

Entre dos aguas

Adiós al año cuántico: las lecciones y advertencias que deja el 2025 sobre ciencia, tecnología y humanidad

Además del reconocimiento por parte de la ONU de esta rama de la física también hemos vivido hitos no muy halagüeños, como el aumento de lanzamientos de satélites. 

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Este es mi último artículo del 2025. Un año más, un año menos… La semana pasada ya traté de los avances científicos que más me interesaron del año que acaba, pero en estas fechas, para algunos, entre los que me encuentro, lo personal impregna en gran medida nuestra visión y opiniones del presente y del mundo en general.

Y para mí, el 2025 ha estado muy influido, condicionado incluso, por la celebración del Año Internacional de la Ciencia y Tecnología Cuánticas, al que, creo recordar, dediqué mi primer artículo del año. El anuncio de esa decisión de la ONU me animó a volver a un proyecto que inicié hace más de un cuarto de siglo, y que había dejado incompleto, una historia de la física cuántica.

Era una de esas cuentas pendientes que sabemos tenemos y que con frecuencia se quedan así, inconclusas. Por fin he logrado finalizar el proyecto y ver publicada este año esa historia completa en tres tomos. Pero si escribo esto no es para celebrarme a mí mismo —los años y algunos reconocimientos alivian semejantes defectos—, sino para hacerles partícipes de una de las conclusiones a las que he llegado con este trabajo.

A lo largo de mi carrera como historiador de la ciencia he estudiado, con mayor o menor acierto y extensión, la creación de algunas de las aportaciones más transcendentales de la historia de la ciencia: la mecánica y teoría de la gravitación (Isaac Newton, finales del siglo XVII); la teoría de la evolución de las especies (Charles Darwin); el electromagnetismo (James Clerk Maxwell) —ambas construcciones de mediados del siglo XIX—; las teorías especial y general de la relatividad, y la cosmología relativista (Albert Einstein, 1905-1916); la expansión del universo (Edwin Hubble, 1929-1930); y la estructura de la molécula de la herencia (James Watson y Francis Crick, 1953).

Todos estos avances han influido poderosamente en la historia de la humanidad, pero la física cuántica se diferencia de todas las aportaciones anteriores, no solo por el gran número de científicos que participaron en su creación, o por cómo sus aplicaciones y "productos" han cambiado y seguirán cambiando nuestras culturas y formas de vida, sino también por la inmensa creatividad que exigió y la dificultad que supuso el diseñar los experimentos y construir las teorías (mecánica y electrodinámica cuánticas, teoría electrodébil, modelo estándar) que explican lo observado.

Una creatividad muy superior, sí, con la salvedad de la teoría de la relatividad general, obra de una sola persona (Einstein), con una relación inicial muy pequeña con los datos conocidos (la anomalía del movimiento del perihelio de Mercurio en torno al Sol con respecto a lo que predice la teoría de la gravitación newtoniana), y con el deseo de disponer de una teoría de la gravitación que fuera compatible con los requisitos de la relatividad especial. Ambas, relatividad general y física cuántica, muestran el increíble poder de la inteligencia humana.

Como acabo de decir, las tecnologías cuánticas condicionan ya el presente (y lo condicionarán aún más en el futuro próximo y lejano). En modo alguno soy un tecnófobo; conozco los cuasi infinitos servicios que la tecnología ha proporcionado a la humanidad, pero constantemente me encuentro con manifestaciones de cambios promovidos por ella que, parece, están al caer y que me preocupan.

Tal vez porque en estas fechas nos presentan con frecuencia imágenes de acogedores entornos familiares del pasado, siento escalofríos cuando leo (Christoph Giesen, corresponsal en China de Der Spiegel; XL Semanal, 7 de diciembre): "El país que lidere la explotación del espacio urbano de poca altura redefinirá no solo nuestras ciudades, también la economía".

¿"Redefinir las ciudades", básicamente por intereses económico-tecnológicos, que afectarán "al espacio urbano de poca altura"? Bastante redefinidas han sido ya por los desarrollos tecnológicos y de servicios.

Pienso, por ejemplo, en la desaparición de bulevares para aumentar las vías por las que circulan los automóviles y en la pérdida constante de los pequeños comercios, indefensos frente supermercados y enormes centros comerciales.

Hoy orbitan alrededor de la Tierra unos 15.000 satélites, pero se espera que hacia 2040 este número haya alcanzado los 560.000

Lean, por favor, el icónico libro de Jane Jacobs (1916-2006) Muerte y vida de las grandes ciudades (1961; Capitán Swing, 2011). "Las ciudades —escribió allí— necesitan una muy densa y muy intrincada diversidad de usos que se apoyen mutua y constantemente, tanto económica como socialmente".

"Socialmente" es la palabra importante aquí. Que las tecnologías no reemplacen los intercambios humanos, ya bastante debilitados, en un sentido real, biológico, por la alianza de teléfonos inteligentes y redes sociales.

Sé, por supuesto, que el mundo pasado, ese que Jacobs utilizaba como base de sus planteamientos, no volverá. Nunca lo hace, aunque sí nos persiga su recuerdo, pero no querría ver que después de que los automóviles hayan colonizado mucho de la superficie de las ciudades y contaminado sus atmósferas urbanas, ahora hagan lo propio los drones y similares.

Y si pensamos en el espacio algo más alejado, las previsiones son también estremecedoras. Actualmente, orbitan alrededor de la Tierra unos 15.000 satélites, pero, considerando los planes de lanzamientos de empresas privadas como Starlink, de SpaceX y Amazon, se espera que hacia 2040 este número haya alcanzado los 560.000.

Para hacerse una idea del dinamismo de este campo, basta con recordar que en los últimos cuatro años se han lanzado más satélites hacia órbitas bajas que durante las siete décadas anteriores.

Demasiados objetos orbitando alrededor de la Tierra. Y en un artículo publicado el 3 de diciembre en Nature se señala que esto implicará que, además de interferir con las investigaciones de los observatorios terrestres, ocurrirá lo mismo —ya sucede, pero irá a mucho peor— con las imágenes que tomen los telescopios espaciales.

Es como si productos del desarrollo tecnológico que en principio nos ayudan a ver más allá de nuestro pequeño entorno espacial, terminarán por encerrarnos en una burbuja, de la que únicamente podremos escapar yendo aún más lejos.

Por cierto, el pasado octubre se cumplieron diez años de mi primer artículo en estas páginas. No sé lo que pensarán ustedes de lo que escribo, pero a mí la preparación de estos escritos me sirve para pensar en el mundo presente y en el venidero, y a no enclaustrarme en aquello a lo que me dedico, la historia, que se centra en el pasado. Gracias a El Cultural por la oportunidad que me da. Y a ustedes por su paciencia, ojalá también interés.