Gloria Muñoz (i) y Macarena Sanz (d) en 'Las gratitudes'. Foto: Elena C. Graiño

Gloria Muñoz (i) y Macarena Sanz (d) en 'Las gratitudes'. Foto: Elena C. Graiño

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Gloria Muñoz nos toca la fibra sensible con su viejecita afásica en 'Las gratitudes'

La adaptación de la novela superventas de Delphine de Vigan llega al Teatro de la Abadía bajo la dirección de Juan Carlos Fisher.

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Definitivamente la novela ha arrasado al texto dramático en los escenarios visto lo que más se prodiga por teatros madrileños en esta temporada (la cosa ya viene de antes). Otro ejemplo que se suma a esta tendencia es la adaptación teatral de Las gratitudes, de Delphine de Vigan, autora superventas en Francia. Se representa en el Teatro de la Abadía capitaneada por la actriz Gloria Muñoz, adaptada por Marta Betoldi y dirigida por Juan Carlos Fisher.

El mayor interés de esta producción es la viejecita cálida, emotiva, encantadora y de fino sentido del humor que nos brinda la veterana actriz Gloria Muñoz.

Su personaje representa un arquetipo cada vez más familiar y presente en la sociedad envejecida en la que vivimos: Michka es una anciana sin familiares, que vive en una residencia y sufre un progresivo deterioro cognitivo, olvida y confunde las palabras y su expresión oral va cada día a peor, le cuesta comunicarse con los demás y tiene la pinta de que acabará sumida en el silencio; sufre lo que se conoce como afasia.

El trastorno de Michka es aprovechado por la autora para vestir al personaje y trocar sus palabras y frases con nuevos significados y darle un efecto jocoso.

Muñoz se mueve en un naturalismo bien afinado, sus balbuceos y dificultades de expresión son convincentes, y logra tocarnos el corazoncito y despertar la empatía de los espectadores como también su lagrimal. Es lógico, la obra aborda los vínculos "invisibles" que surgen entre las personas, concretamente las acciones altruistas y espontáneas que hacemos por otros y revelan lo mejor de nuestra condición moral.

Junto a la viejecita, dos seres que la cuidan: Marie, a quien da vida Macarena Sanz en una suerte de cariñosa hija adoptiva de quien Michka se ocupó cuando era niña y que ahora siente que debe invertir los papeles, y el implicado logopeda de la clínica Jerónimo, interpretado por el actor peruano Rómulo Assereto.

Los dos personajes desarrollan subtramas que reinciden en el tema central de la obra: el amor a los demás. Y tanto Rómulo como Macarena se afanan en unos personajes cargados de buenos sentimientos e intenciones con verosimilitud y contención contribuyendo a tocar la vena sensible y sentimental del espectador.

Esta pequeña fábula triste y optimista se deja ver por el trabajo de los intérpretes y por la buena maña de Fisher en la dirección de escena, que imprime buen ritmo, concisión y bonita estética minimalista. Ordenada en una sucesión de escenas cortas que alterna encuentros de Michka con Marie y Jerónimo, tiene lugar en un único escenario: la habitación de la residencia.

Para ello Juan Sebastián Domínguez ha construido una bonita caja totalmente blanca, iluminada con acierto por Ion Aníbal López, que nos presenta una habitación en un tono impersonal y profiláctico. Hay que reconocerle al director la factura impecable de la producción y que logre cautivar al público posiblemente de manera proporcional a cómo lo hizo la novela. Creo incluso que estamos ante una obra teatral que lograría mayor popularidad en un teatro comercial.

Las gratitudes

Teatro de la Abadía hasta el 10 de mayo

Texto original: Delphine de Vigan
Dirección: Juan Carlos Fisher
Reparto: Gloria Muñoz, Macarena Sanz y Rómulo Assereto
Traducción: Pablo Martín Sánchez
Adaptación: Marta Betoldi
Escenografía y vestuario: Juan Sebastián Domínguez
Iluminación: Ion Aníbal López (AAIV)
Producción: Producciones Teatrales Contemporáneas, Producciones ABU, Teatro Picadero, La Casa Roja, Milonga Producciones