-Caravaggio,-Vermeer-y-Velázquez_fotoSergioParra008

-Caravaggio,-Vermeer-y-Velázquez_fotoSergioParra008

Stanislavblog por Liz Perales

El dramaturgista, un piano y tres cuadros

En su nuevo espectáculo con la CNTC, Xavier Albertí recorre el siglo XVII a través de las obras de Caravaggio, Vermeer y Velázquez

29 octubre, 2021 18:09

Caravaggio, Vermeer y Velázquez forman un gran triunvirato de la pintura del XVII europea. En esa centuria se pintó mucho, sobre todo en nuestro imperial país, y Xavier Albertí ha elegido a este incuestionable trío para, sirviéndose de su obra, recorrer aspectos filosóficos, artísticos, sociales y políticos del XVII, o sea, hacer neohistoricismo del arte en su nuevo “espectáculo” —es un decir— que acaba de estrenar en la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC).

Albertí es el Dramaturgo de la CNTC, en mayúsculas porque es un nuevo puesto, de alto cargo, creado por el actual director de la formación (Lluís Homar) en 2020, y cuya función probablemente será la de dramaturgista al estilo alemán o sueco. El Dramaturgo de la CNTC, exdirector del Teatro Nacional de Cataluña (TNC), es también director de escena (en la temporada anterior dirigió El príncipe constante) y compositor. Y ahora también se nos muestra como actor en Caravaggio, Vermeer, Velázquez, si aceptamos que una conferencia es una representación, lo que en el teatro actual, tan dado a repudiar el drama, se da por hecho.

Un piano en el escenario nos informa de que hay música en directo: el propio Albertí interpreta una breve pieza a modo de preludio de cada uno de los cuadros sobre los que va a hablar y que se proyectan en una pantalla. Albertí no es Sokolov tocando Les sauvages de Rameau, pero ilustra bien El entierro de Cristo de Caravaggio, obra maestra del pintor italiano, de grandes dimensiones. En erudita disertación, el conferenciante imagina las cavilaciones de los artistas a sueldo de los papas por capturar la imagen de Dios. Habla de las influencias de Caravaggio, lo que le lleva a Miguel Angel y le permite retroceder un siglo antes para perderse por las inclinaciones homoeróticas del artista que también fue poeta. También circula como un meandro por las guerras de religión de Europa y refiere cuestiones teológicas que relaciona con las prohibiciones iconográficas de algunas religiones abrahámicas. Finalmente, nos da una atrevida interpretación del cuadro: Caravaggio pugnando por la fundación de una iglesia que —alejada del boato y la riqueza, o sea, del papado— nos lleve a Dios a través del amor y la belleza.

El ambiente se ha relajado, Albertí toca ahora al piano a Couperin para hablarnos de Vermeer, concretamente del conmovedor Muchacha leyendo una carta frente a una ventana. Como Couperin compuso La Zenobie para clavecín, un ayudante ha trasteado en la caja del piano para endulzar su sonido y que se asemeje al clave, pero el remedio ofrece un sonido demasiado vibrante. Albertí se permite alguna broma e, incluso, se toma un whisky, mientras aborda la pintura de Vermeer, el de las únicas 36 pinturas, redescubierto y valorizado por Proust en el XIX, y de quien el Prado no tiene ni una sola tela. Analiza las perfectas composiciones del holandés, los colores, los elementos de sus cuadros. Vermeer es el pintor de la vida íntima, del tiempo detenido, lo que facilita a Albertí detenerse también en el contexto social y político de la Holanda del pintor, y contarnos, por ejemplo, que también allí se pintó mucho: se estima en casi nueve millones los cuadros que circularon —imagino que en la centuria— y puesto que la iglesia protestante también prohibía la representación de imágenes, suponemos que eran para las casas de los burgueses, que también comerciaron con ellos por toda Europa.

La conferencia concluye con el más grande de nuestros pintores, Velázquez. Ha elegido La fábula de Aracne, conocido popularmente como Las hilanderas, y llega de la mano de la música de órgano de Juan Cabanilles y su Corrente italiana. Como es el pintor y la obra que mejor conocemos y reconocemos, es difícil que nos sorprendan acerca de lo que cuenta el cuadro y de cómo debemos mirarlo. Es un tela llena de referencias mitológicas y de una gran complejidad en su composición. Pero sobre todo en la que el pintor concentra toda una serie de referencias artísticas de otros pintores que le han influido, porque Velázquez comprendió que el auténtico valor estético de una obra reside en la memoria.

@lizperales1

Álvaro Rodríguez Fominaya. Foto: Junta de Castilla y León

Álvaro Rodríguez Fominaya, nuevo director del MUSAC

Anterior
Paul-Valéry

Paul Valéry, filósofo del alba

Siguiente