Rock Hudson en 'El último atardecer'. Foto: Universal.

Rock Hudson en 'El último atardecer'. Foto: Universal.

Entreclásicos

La doble vida de Rock Hudson

El actor estadounidense se convirtió, a base de carisma y presencia, en uno de los mejores actores del Hollywood de los 50 y 60, pero las presiones de la época le obligaron a ocultar su orientación sexual.

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Rock Hudson ocultó su identidad sexual hasta sus últimos días, cuando confesó que se había contagiado de SIDA. El Hollywood de los años cincuenta jamás habría tolerado que uno de sus galanes manifestara abiertamente su orientación homosexual. El actor tuvo que fingir e incluso contraer matrimonio para no destruir su carrera y evitar las leyes que penalizaban ser gay.

Illinois despenalizó la homosexualidad en 1962, pero hasta 2003 las relaciones homosexuales continuaron siendo delito en algunos estados. Solo la intervención del Tribunal Supremo logró que se anularan las leyes contra “la sodomía”. Los Estados del cinturón bíblico protestaron, pero la sociedad había cambiado y ya era imposible seguir criminalizando la homosexualidad.

Sin embargo, ya era tarde para Roy Harold Scherer Jr., que había nacido en 1925 en Winnektka, Illinois. Hijo único de un mecánico de automóviles y un ama de casa, su padre le abandonó a los cuatro años y su madre se casó con Wallace Fitzgerald, un exoficial del Cuerpo de Marines que enseguida empezó a maltratarlo física y psicológicamente.

Roy asistió a la misma escuela que Charlton Heston y Ann-Margret, si bien no coincidió con ellos. Antes de graduarse, trabajó como acomodador de cine y participó en el casting de algunas obras de teatro, pero olvidaba los diálogos y no consiguió ningún papel. En 1944 se alistó en la Marina y pasó la Segunda Guerra Mundial en Filipinas, trabajando como mecánico en un portaviones.

Después de la guerra, descartó volver a su pueblo natal, donde sentía que se ahogaba, y se estableció en Los Ángeles, con su padre biológico, que se había vuelto a casar. Aunque trabajó como cartero, taxista y camionero, logró un contrato con los Estudios Universal en 1949. Su extraordinaria presencia -alto y bien parecido- le auguraba una prometedora carrera como galán.

Roy se arregló los dientes, mal alineados, y se operó las cuerdas vocales para conseguir una voz más grave y varonil. Los estudios le pagaron clases de interpretación, baile, equitación, canto y esgrima, y cambiaron su nombre por el de Rock Hudson. Le contrataron para papeles secundarios en filmes de Raoul Walsh y Anthony Mann. En Winchester ’73 hizo de jefe indio, algo que le pesaría más adelante, pues consideraba que su físico anglosajón no era el más adecuado para interpretar a un nativo americano.

Gracias a Douglas Sirk se convirtió en una estrella. El director de melodramas le consideró el actor perfecto para sus historias de amor, idilios imposibles que soportaban la incomprensión de una sociedad hipócrita y puritana. En Obsesión (1954) y Solo el cielo lo sabe (1955), Rock Hudson mantiene un problemático idilio con Jane Wyman, ocho años mayor. Ni la ceguera ni las diferencias de clase frustrarán unos romances que parecían condenados al fracaso. Hudson resulta convincente como galán atormentado que lucha contra la fatalidad o los prejuicios.

Rock Hudson en 'Solo el cielo lo sabe'. Foto: Universal.

Rock Hudson en 'Solo el cielo lo sabe'. Foto: Universal.

El cromatismo de Douglas Sirk, que utiliza los colores cálidos para expresar la pasión y los fríos para reflejar la tristeza y el aislamiento, logra sacar lo mejor del actor. Cuando su imagen se refleja en cristales o espejos, notamos la angustia que experimenta por sus propios errores o por la presión social. Es la época del macartismo, cuando una burguesía satisfecha censuraba todo lo que no encajaba en su estrecho punto de vista. El atractivo de Hudson introducía esa nota de discreta sensualidad que sorteaba las objeciones de la censura. Sus interpretaciones son muy físicas. Carece de la intensidad y el glamur de otros actores, pero desprende un fuerte magnetismo. No necesita gesticular en exceso para captar la atención de la cámara.

En Escrito sobre el viento, Hudson encarna a un personaje con una masculinidad vulnerable y tierna. Honesto y con sentido del sacrificio, soporta traiciones y deslealtades, pero ningún revés destruye su integridad ni disminuye su entereza. Menospreciado por la crítica, Hudson demostró con Douglas Sirk que era un buen actor, que no era simplemente un rostro agraciado en un cuerpo atlético.

En 1956 logró su mejor interpretación con Gigante, de George Stevens, donde se codeó sin problemas con James Dean y Elizabeth Taylor, dos leyendas. Hudson consiguió mostrar de forma impecable la evolución de su personaje, un ranchero arrogante y racista que con la edad se convierte en un patriarca amable y tolerante. Su pelea con un camarero racista que ofende a su nuera de origen mexicano es una escena difícil de olvidar, pues revela la decadencia y la fragilidad de un hombre abrumado por la edad y los cambios sociales.

Por primera y única vez, Hudson fue nominado para un Oscar que no ganó. La Academia siempre ha llegado tarde a la hora de reconocer el trabajo de los grandes mitos de Hollywood. Es el caso de Charles Chaplin, Lauren Bacall, Cary Grant, Kirk Douglas y Peter O’Toole, que solo recibieron un Oscar honorífico.

Rock Hudson en 'Gigante'. Foto: Warner Bros.

Rock Hudson en 'Gigante'. Foto: Warner Bros.

Rock Hudson no disfrutó de ese honor. Es una pena, pues fue uno de los astros del cine de los 50 y los 60. Quizás no fue el mejor actor de su generación, pero su carisma y su poder de seducción merecían el premio que se le escatimó. Tal vez si hubiera vivido más años, la Academia le habría premiado por el conjunto de su carrera.

En los años siguientes, Rock Hudson protagonizó una serie de divertidas comedias con Doris Day, películas banales pero de gran encanto. Confidencias de medianoche, Pijama para dos y No me mandes flores pusieron de manifiesto que Rock Hudson podía competir en encanto con Cary Grant. Simpático, elegante, sofisticado, resultaba encantador e irresistible.

Algunos consideran repelentes estas comedias, pero muchos opinamos que son refrescantes. No importa que se alejen de la realidad. De hecho, su idealización de la vida es quizás su mejor virtud, pues nos hacen desear que el mundo se parezca a esas historias agradables e inocentes, donde los conflictos se resuelven amistosamente y no hay espacio para enconos irreconciliables.

Rock Hudson y Doris Day en 'Confidencias de noche'. Foto: Universal.

Rock Hudson y Doris Day en 'Confidencias de noche'. Foto: Universal.

En 1964, Rock Hudson protagonizó otra comedia deliciosa, Su juego favorito. Dirigida por Howard Hawks, reproduce el mismo esquema que La fiera de mi niña: una mujer alocada y encantadora enreda la vida de un hombre simpático y algo ingenuo. Paula Prentiss asumió el reto de interpretar un papel que había bordado Katharine Hepburn. El resultado no es tan brillante como el de la película original, pero no se puede hablar de fiasco. Hawks era aficionado a realizar remakes de sus propias obras. Con El Dorado logró un film tan perfecto como Río Bravo.

No puede decirse lo mismo de Su juego favorito, pero la película posee un indudable encanto y algunos momentos son particularmente hilarantes. Rock Hudson derrocha simpatía como un vendedor que ha construido su prestigio sobre una mentira. Sus asombrosos conocimientos sobre pesca no se basan en la experiencia, sino en lo que ha oído a clientes experimentados. No es un hombre deshonesto. Simplemente, ha quedado atrapado en la red de un malentendido inofensivo.

En los años 70, Rock Hudson se pasó a la televisión, logrando un gran éxito con McMillan y esposa. Solo apareció en la gran pantalla en películas mediocres que no han dejado huella. Durante siete años fue el comisario McMillan, cosechando un gran éxito. En España, la serie fue muy popular y los que nacimos en los 60 conservamos un recuerdo entrañable de sus episodios, donde la intriga y la comedia se suceden sin crear disonancias. Mildred, la empleada del hogar que trabajaba en casa de los McMillan, aportaba ese toque cómico que alivia la tensión de una trama de crímenes.

Rock Hudson y Susan Saint James en 'McMillan y esposa'. Foto: NBC

Rock Hudson y Susan Saint James en 'McMillan y esposa'. Foto: NBC

Àngel Casas entrevistó a Rock Hudson el 2 de octubre de 1984 en la discoteca Studio 54 de Barcelona y la conversación se emitió durante el programa Àngel Casas Show de TV3. Hudson fue extraordinariamente amable, pero no totalmente sincero. Aunque ya estaba enfermo de SIDA, afirmó que su salud era perfecta. Sería muy miserable echarle en cara su actitud. En esas fechas, el SIDA era una enfermedad maldita, un tabú. De hecho, cuando hizo pública su dolencia, se planteó si había contagiado a Linda Evans por besarla en la serie Dinastía.

Durante sus últimos meses, algunos compañeros se alejaron de él, pero otros permanecieron a su lado. Doris Day no escatimó los gestos de afecto y Elizabeth Taylor le visitó a menudo cuando ya no podía abandonar su casa. Burt Lancaster leyó un comunicado del actor donde manifestaba que se alegraba de haberse sincerado sobre su enfermedad, si eso ayudaba a otras personas infectadas de SIDA.

Rock Hudson falleció el 2 de octubre de 1985. Dispuso que no se celebrara ninguna ceremonia religiosa o civil y que sus cenizas fueran esparcidas en el océano Pacífico frente a las costas de Malibú. Su testamento legó una gran suma de dinero para la creación de una fundación dedicada a investigar las causas y tratamientos del SIDA.

Rock Hudson nos dejó demasiado pronto, pero su sonrisa sigue contagiando alegría y optimismo. Yo siempre le recordaré como el galán que desafió a la América blanca, heterosexual y puritana con su estilo de vida desinhibido y con la dignidad de sus últimos días, cuando decidió prestar su voz a todos los que habían amado en secreto, sufriendo el dolor que acarrea convivir con un secreto impuesto. En la época de Trump, Rock Hudson podría ser un icono de libertad y transgresión, un símbolo de lo que significa vivir en una sociedad que exalta la violencia y condena los afectos que se desvían de los cánones establecidos.