'Luz solar', de  Vilhelm Hammershøi. Foto: Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.

'Luz solar', de Vilhelm Hammershøi. Foto: Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.

Entreclásicos

Cómo interpretar una obra de arte

Interpretar es empobrecer, domesticar, desfigurar. La obra de arte simplemente nos interpela. No posee una dimensión moral o una función social. 

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Adentrarse en una obra de arte siempre constituye un desafío. ¿Debemos buscar significados o limitarnos a examinar los aspectos formales? ¿Menoscaba el placer estético la pretensión de comprender? En Contra la interpretación (1964), Susan Sontag afirma que reducir una obra de arte a significados destruye su capacidad de impactar en nuestra sensibilidad. La confrontación con un cuadro, una sinfonía o un poema debería suscitar emociones no muy alejadas de una caricia o un susurro.

El “erotismo” es el aspecto esencial del arte, no la hermenéutica. La experiencia estética se basa en la transparencia y la inmediatez. Una creación artística es lo que es, no un mensaje oculto que es necesario descifrar. Al interpretar una obra de arte, la reducimos a un contenido muchas veces condicionado por los juicios de épocas anteriores o a la perspectiva del contexto en el que nos hallamos. La hermenéutica no repara en la materialidad de la obra.

El papel de la crítica no es desentrañar, sino examinar la forma y explicar por qué nos cautiva. “La interpretación es la venganza que se toma el intelecto sobre el arte”, afirma Sontag. Frente a la ansiedad de interpretar, hay que dejar fluir la espontaneidad. Interpretar es empobrecer, domesticar, desfigurar. La obra de arte simplemente nos interpela. No posee una dimensión moral o una función social. Si priorizamos la reacción de nuestros sentidos sobre los juegos de la hermenéutica, la obra hablará y nos mostrará su luz original, su brillo inequívoco y su pureza.

“Ninguno de nosotros —escribe Sontag— podrá recuperar jamás aquella inocencia anterior a toda teoría, cuando el arte no se veía obligado a justificarse, cuando no se preguntaba a la obra de arte qué decía, pues se sabía (o se creía saber) qué hacía. Desde ahora hasta el final de toda conciencia, tendremos que cargar con la tarea de defender el arte”. La obra de arte es “un objeto vibrante, mágico y ejemplar”. No debemos conspirar contra su misterio y su poder de seducción. Sontag alaba el arte abstracto, donde el significado está ausente y solo hay formas.

Borges solía repetir la famosa frase de Walter Pater, según la cual todas las artes aspiran a ser música, es decir, pura forma. La obra de Borges ingresó enseguida en el territorio de los clásicos gracias a su originalidad formal, pero no es solo forma. Borges reflexiona sobre la inmortalidad, el tiempo, la eternidad, la identidad, la memoria, el olvido, el conocimiento, los sueños, el individualismo, el coraje, el patriotismo, la libertad y, tímida y puntalmente, sobre el amor.

La forma es un andamiaje esencial, pero solo sería un artificio vacío sin los temas que sostiene. Leer a Borges desde “la inocencia anterior a toda teoría” no solo es imposible. Ni siquiera es deseable. Saber que Borges habla de cuchillos, tigres, espejos, bibliotecas y laberintos, nos ayuda a comprender mejor su obra.

En 1960, cuatro años antes de la publicación de Contra la interpretación, apareció Verdad y método, el ambicioso ensayo de Hans-Georg Gadamer, discípulo de Heidegger. Gadamer sostiene que la interpretación es la forma en que se realiza la comprensión y la comprensión no es un método, sino una característica fundamental —un existencial— del ser humano. La interpretación, que siempre es un hecho lingüístico, es la manera en que se objetiva la comprensión. No hay comprensión sin interpretación, ni interpretación sin comprensión. La comprensión capta el sentido y la interpretación lo expresa mediante el lenguaje. Cada interpretación genera una nueva forma de comprensión que, lejos de empobrecer la obra, la enriquece. Es lo que Gadamer llama el “círculo hermenéutico”, un diálogo potencialmente infinito donde la interpretación de cada detalle ayuda a dilatar y profundizar la comprensión del todo.

La comprensión siempre acontece en la historia. No es posible una mirada inocente, atemporal, objetiva o neutral. La comprensión implica la fusión de dos horizontes: la del intérprete, con sus prejuicios y contexto, y la de la obra y su creador. Los prejuicios no son barreras ni perspectivas que nos condicionan negativamente, sino la base necesaria para que se produzca la comprensión. Las sucesivas interpretaciones de cada generación componen la “historia efectual” de una obra.

El Quijote de 1605 no es el mismo que el de nuestros días. Todo lo que se ha escrito o comentado sobre la novela de Cervantes no es erudición estéril o especulación gratuita, sino un valioso acervo cultural que añade nuevos estratos a la novela. La verdad de la obra de arte reside en su capacidad transformadora. Si la experiencia estética es fructífera, la obra y su espectador experimentan un cambio real. Mientras eso suceda, la obra seguirá viva y constituirá una oportunidad de crecimiento interior para el que se sumerja en ella.

El Quijote fue una comedia para sus contemporáneos, una sátira despiadada de los ilusos que no sabían distinguir la ficción de la realidad. A partir del Romanticismo, la novela se interpretó como una crónica del fracaso del idealismo, una peripecia teñida de melancolía y amargura. Unamuno atribuyó al hidalgo la locura mística del santo que busca la inmortalidad, rebelándose contra la injusticia de la muerte. Creo que Unamuno comprendió mejor la intención de fondo de Cervantes que sus contemporáneos, pero indudablemente hay una vena cómica en las peripecias de Alonso Quijano. El humor y lo trágico no están reñidos.

La Sinfonía n.º 3 en mi bemol mayor, op. 55, conocida como "Eroica" (Heroica), que compuso Ludwig van Beethoven entre 1802 y 1804, surgió como una exaltación de Napoleón Bonaparte, supuesta encarnación de los ideales republicanos, democráticos y antimonárquicos de la Revolución Francesa, pero hoy sabemos que refleja la crisis existencial del compositor provocada por su sordera progresiva. Beethoven suprimió la dedicatoria que ensalzaba a Napoleón al llegarle la noticia de que se había autoproclamado emperador, pero conservó la idea del héroe que lucha, sufre y triunfa frente a la adversidad.

La Sinfonía nº3 expresa la posibilidad de trascender el dolor mediante la creación artística. Más allá de eso, revolucionó el canon sinfónico de la época, establecido por Haydn y Mozart, con una obra mucho más larga, compleja e intensa. Hoy podemos escuchar la Sinfonía nº3 como una apología de la libertad, la igualdad y la fraternidad, pero también como la pugna del espíritu humano contra cualquier forma de fatalidad. Las dos interpretaciones enriquecen la Sinfonía nº3, sin restarle un ápice de grandeza. Conocer lo que se ha escrito sobre ella no condiciona nuestra perspectiva. Al revés, la agudiza y clarifica.

Por último, los interiores de Vilhelm Hammershøi, el pintor danés que vivió entre 1864 y 1916, pueden interpretarse como la invitación a un retiro espiritual bañado por una luz mortecina o como una expresión de angustia existencial. Las altas ventanas y las estancias casi vacías sugieren una calma tensa. Aparentemente, reina el silencio, pero la presencia en algunos cuadros de instrumentos como un piano y un chelo, un instrumento que tocaba el pintor, transmiten la sensación de que las pinceladas son notas silenciosas.

Hammershøi nunca mostró grandes inquietudes religiosas, pero el carácter introspectivo y austero de su obra parece emparentado con la espiritualidad protestante, que busca un relación personal con Dios. Quizás eso explica su influencia en el cineasta danés Carl T. Dreyer, creador de Ordet, la palabra, una obra maestra de 1955 que utiliza los interiores silenciosos, los colores moribundos, la luz suave y tamizada y las figuras de espaldas para reivindicar un misticismo exento de dogmatismos.

En definitiva, no podemos acercarnos a una obra de arte sin “prejuicios”, es decir, sin las interpretaciones que ha suscitado desde su aparición. Solo de ese modo, podremos establecer un diálogo fecundo que nos abra las puertas de la comprensión y nos permita atisbar un sentido no señalado hasta entonces. Cuanto más profundizamos en una obra de arte, mayor es nuestro asombro, pues descubrimos que jamás podremos acotarla con límites. El arte es un continente sin fronteras, un océano infinito. Gracias a esa indeterminación, la experiencia estética es un camino inagotable.