Autorretrato de Vilhelm Hammershøi (1911). Foto: cedida por el Museo Thyssen Bornemisza

Autorretrato de Vilhelm Hammershøi (1911). Foto: cedida por el Museo Thyssen Bornemisza

Entreclásicos

Pintar sin salir de casa: Vilhelm Hammershøi, el artista del silencio

El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza ha organizado la primera retrospectiva en España dedicada al pintor danés.

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El escritor cubano José Lezama Lima se describía a sí mismo como un "viajero inmóvil". Solo salió de su país para visitar México y Jamaica, pero se pasó la mayor parte de su vida en su casa de la calle Trocadero, especialmente a partir de 1959, cuando la dictadura de Fidel Castro le prohibió cruzar las fronteras. Lezama Lima murió en 1976, pero la aparente quietud de sus sesenta y seis años de existencia contrasta con el febril movimiento de su imaginación.

Solía repetir que "hay viajes más espléndidos que los desplazamientos geográficos". En el pasillo que separaba el dormitorio de la cocina, había descubierto extraordinarias maravillas, entre otras cosas, porque las paredes de esa breve trayectoria se hallaban tapizadas de libros, con páginas que albergaban océanos, vastas cordilleras, montañas que rompían la cúpula del cielo y florestas con una sinfonía de colores y murmullos.

Los viajes físicos siempre están limitados por el tiempo y las barreras naturales o políticas, pero los viajes de la imaginación solo soportan las restricciones impuestas por la sensibilidad y el ingenio.

El pintor danés Vilhelm Hammershøi (Copenhague, 15 de mayo de 1864 - Copenhague, 13 de febrero de 1916) sí viajó mucho. Visitó los Países Bajos, Bélgica, Londres y París durante la Exposición Universal de 1889, pero escogió como principal motivo de inspiración su propio apartamento de Copenhague en Strandgade 30, cuyos interiores recreó con una exigua paleta de negros, blancos, ocres, amarillos y grises.

Sin dejarse influir por el impresionismo, depuró su pintura hasta reducirla a unos pocos elementos, logrando expresar mucho con lo mínimo. Se ha destacado su capacidad de captar el silencio, pero sus obras no son simplemente quietud, calma, recogimiento. En ellas, se advierte la inminencia de una palabra que se demora y que manifiesta la inagotable fecundidad de la vida.

El silencio de Hammershøi mantiene un estrecho parentesco con Ordet, la obra maestra de cineasta danés Carl Theodor Dreyer. Todo sugiere que Dreyer se inspiró en la obra pictórica de su compatriota para escenificar sus interiores fríos, austeros y cargados de tensión existencial.

Aunque Hammershøi no expresó grandes inquietudes religiosas, sus cuadros desprenden una profunda espiritualidad. No es la espiritualidad barroca de Lezama Lima, pero sí una fe rigurosamente paulina, según la cual la materia no es barro precario, pura finitud abocada a dispersarse en el vendaval del tiempo, sino una anticipación de la eternidad.

Detalle de 'Interior, mujer vista de espaldas' (Vilhelm Hammershøi, 1904). Foto: cedida por Museo Thyssen Bornemisza

Detalle de 'Interior, mujer vista de espaldas' (Vilhelm Hammershøi, 1904). Foto: cedida por Museo Thyssen Bornemisza

En La danza del polvo en los rayos del sol (1900), uno de los cuadros más famosos del pintor danés, la claridad que penetra por la ventana parece una prefiguración de esa materia glorificada de la que habla san Pablo.

Aparentemente, solo hay vacío, ausencia, soledad, silencio, pero ninguno de esos términos remite a una nada aterradora, a ese silencio de los espacios infinitos que sobrecogía a Pascal, sino a una nada fecunda, preñada de vida. El vacío es aquí sinónimo de plenitud.

Al igual que la celda de un monasterio trapense, la ausencia no significa aislamiento. El silencio sale a nuestro encuentro y nos abraza, no duele. El instante no se manifiesta como un fragmento discontinuo, sino como un eslabón del infinito. La estancia del apartamento de Hammershøi crea un espacio sagrado que propicia el diálogo con el misterio, con esa alteridad que no sabemos cómo llamar pero que nos interpela desde lo más recóndito de nuestra intimidad.

La introspección a la que invita La danza del polvo en los rayos del sol no es un simple cuadro costumbrista o un ejercicio de autoconocimiento. En los haces de luz que reproducen en el suelo la perfecta geometría de la ventana, palpita la vasta arquitectura del cosmos. Y el silencio que inunda la obra no es un hiato en el sonido del mundo, sino la "música callada" de la que habla san Juan de la Cruz.

Ida, esposa de Hammershøi y hermana del pintor Peter Ilsted, amigo de Vilhelm, aparece a menudo en sus cuadros. Muchas veces de espaldas; en otras ocasiones, leyendo, tocando el piano o realizando alguna tarea doméstica. Su imagen transmite ensimismamiento, pero no se trata de un misterio hermético y hostil, sino de una invitación a participar en el latido de una ensoñación.

Ida siempre está a medio camino entre la fragilidad y la armonía. En Interior, mujer vista de espaldas (hacia 1904), el pelo recogido deja la nuca al descubierto. Hay cierto erotismo en la imagen, pero el pudor luterano mantiene a raya la sensualidad desinhibida de los países del Sur de Europa. El pelo recogido no logra contener un mechón rebelde y el escorzo de la cara solo muestra una mejilla ensombrecida que contrasta con la blancura del cuello. Una blancura que evoca a Vermeer por su forma de reflejar la luz.

Humana y lejana, vulnerable y serena, Ida posee la belleza y limpieza del cuadro Arreglo en gris y negro n.º1, el retrato que hizo de su madre, Ana Matilda, el pintor estadounidense James McNeill Whistler.

Ambas obras aúnan serenidad y sencillez, humildad y sobria elegancia. En cierto sentido, recuerdan las estampas japonesas, pero con un hieratismo a punto de romperse. En ambos casos, el fondo es gris y hay un cuadro colgado de la pared. Hammershøi incluye una porcelana sobre una mesa y unas molduras para atenuar la monotonía. Whistler, una cortina, un escalón, unas puntillas y un pañuelo. No son detalles coloristas, sino la evidencia de que los interiores pueden ser tan ricos en formas y connotaciones como los exteriores.

Se elude el detallismo de los primitivos flamencos, con interiores más cálidos y prósperos. La burguesía urbana de Hammershøi es tan sobria como la burguesía rural de Ordet.

Dreyer y Hammershøi tienden a lo escueto y abstracto, como corresponde a la cultura luterana, que prefiere la desnudez a lo recargado. Sin embargo, esa contención no puede ocultar la melancolía de unos personajes que rehúyen la intemperie existencial. La angustia de Kierkegaard es una presencia constante en la pintura de Hammershøi, con el agravante de que no se resuelve con un estadio teológico, donde la confianza ciega en Dios desempeña un poder sanador.

Se ha dicho que Ida es una sombra en la obra de su marido. Parece una criatura muda y sumida en la distancia, pero también puede interpretarse como la síntesis de una manera de ver el mundo: un ideal de pureza que soporta el contraste con las fuerzas incontrolables de la naturaleza.

Hammershøi no es Goya ni Beethoven. No busca lo sublime. No le interesan las grandes sinfonías, sino las pequeñas piezas de cámara, las sonatas que solo necesitan unos pocos instrumentos para crear una atmósfera de ensueño. Su pintura flirtea con lo sobrenatural, pero la revelación se demora. Solo un diálogo hondo y sincero entre el pintor y el espectador puede abrir esos claros donde acontece la verdad.

'Motas de polvo bailando en los rayos de sol' (Vilhelm Hammershøi, 1901). Foto: cedida por Museo Thyssen Bornemisza

'Motas de polvo bailando en los rayos de sol' (Vilhelm Hammershøi, 1901). Foto: cedida por Museo Thyssen Bornemisza

La pintura de Hammershøi es la evidencia del poder creador de la mirada. Los cuadros no se contemplan. Se recrean. La experiencia estética no es un acto pasivo, sino una vivencia transformadora. Nos hace crecer por dentro e incorpora a la obra una perspectiva inédita. Las obras de arte no son inmutables. Están vivas y cambian día a día. El Quijote de hoy no es el mismo de 1605. Cada página ha sido reelaborada por los millones de lectores que han posado su mirada en ella.

El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza ha organizado la primera retrospectiva en España dedicada a Hammershøi (1864-1916). Dividida en cinco temáticas, con Clara Marcellán como comisaria y en cooperación con la Kunsthaus Zürich, se presenta con el sugestivo título El ojo que escucha.

La sinestesia es uno de los pilares del arte: mirar el silencio, sentir el tacto de la música, oler el aroma del tiempo. La pintura de Hammershøi nos enseña a comprender mejor la luz y el silencio. Sus cuadros son llaves que nos revelan secretos, hallazgos tan discretos como el murmullo de una plegaria.

No voy a ocultar que yo también soy un hombre de interiores. Al igual que Lezama Lima, he viajado poco, pero cada uno de mis 20.000 libros es una ventana abierta al vasto mundo. Eso sí, mis interiores no son tan austeros como los de Hammershøi, quizás porque vivo rodeado por la estepa castellana y necesito mitigar la austeridad del paisaje con infinidad de pequeños objetos que reflejan mi historia personal.

Me pregunto qué historias esconde la bandeja que sostiene la mujer de Hammershøi en Interior, mujer vista de espaldas: ¿cenas en silencio?, ¿desayunos saturados de luz?, ¿comidas donde una simple mirada es más elocuente que una frase? Pocos pintores han sabido mostrar con tanta delicadeza la poesía de las cosas pequeñas.