Torres Blancas de Madrid.

Torres Blancas de Madrid. Altamarea

Arquitectura

'España Brutal': los gigantes de hormigón que dividen, fascinan y resisten el paso del tiempo

Un libro recorre toda la geografía española a través de emblemáticos edificios brutalistas, recordando su historia y su legado cultural.

De las Torres Blancas de Madrid, al Espai Verd de Valencia pasando por el Walden 7 de Barcelona.

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Lo amas o lo odias. Desde su surgimiento tras la Segunda Guerra Mundial, el brutalismo ha ejercido una especie de fascinación hipnótica entre sus admiradores y cierto rechazo por sus detractores. Bien sea por sus imposibles formas geográficas o por la austeridad de sus fachadas, para bien o para mal, ese juego inesperado de hormigón que no se sabe muy bien si viene del pasado o de un futuro distópico difícilmente pasa desapercibido.

Sin trampa ni cartón, se trata este de un movimiento arquitectónico que debe su origen a la expresión francesa béton brut (hormigón en crudo), acuñada por el arquitecto Le Corbusier y de quien el crítico de arquitectura inglés, Reyner Banham, tomaría la idea para dar la estocada final, al definirlo como New Brutalism en 1966.

Basado en la funcionalidad de los edificios, la utilidad del espacio y la construcción por encima de lo ornamental, esta tendencia ha cautivado a propios y extraños por su estética sincera que favorecía el uso del hormigón armado sin pintar ni pulir.

En otras palabras, enormes bloques robustos, con grandes volúmenes geográficos, que a menudo fueron concebidos por su uso funcional como fábricas, viviendas, edificios institucionales, universidades o, incluso, templos religiosos.

A España llegó más tarde que al resto de países europeos, americanos u orientales, pero dejó algunos de los más emblemáticos edificios de nuestra geografía. Nombres como Francisco Javier Sáenz de Oíza, Javier Carvajal, Fernando Higueras, Miguel Fisac, Ricardo Bofill o Fernando Moreno Barberá, entre otros muchos, se dejaron seducir por este movimiento, que practicaron a lo largo de nuestro país con construcciones como Torres Blancas, la Facultad de Ciencias de la Información de Madrid, el Walden 7 de Barcelona, el Espai Verd de Valencia o la Torre de Atotxa en San Sebastián.

“El brutalismo ofrecía modernidad, alternativa al neohistoricismo y al racionalismo, siendo austero, sincero, comprometido”, cuenta el arquitecto Manuel Briñas Coronado en el prólogo de España Brutal.

Escrito por Alejandro García Alcántara y publicado por Altamarea, este libro presenta un fantástico y amplio recorrido a lo largo de toda la geografía española a través de los muy diversos edificios brutalistas, su historia y su legado cultural, un itinerario visual e informativo imprescindible para los amantes de esta corriente.

Atalayas modernas

Aunque algunos lo definirán como una enorme mole de hormigón, lo cierto que cuesta ver complejos como Torres Blancas de Madrid y no sentir cierta fascinación por sus formas circulares y su aire retro y surrealista. Hoy todo un referente del brutalismo español, Premio del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid en 1971, esta emblemática torre de 71 metros de altura y 22 plantas, fue diseñada entre 1964 y 1969 por Francisco Javier Sáenz de Oíza con la idea de integrar viviendas, oficinas, locales comerciales y hasta una sala de exposiciones y un restaurante.

“Oíza concibió el edificio como un gran organismo vivo —cuenta García Alcántara—: los núcleos estructurales y de comunicación funcionan como un árbol, mientras que las terrazas circulares en voladizo, dispuestas de forma irregular y abierta, evocan las ramas y hojas. El edificio culmina en plataformas superiores que sugieren la copa de ese árbol, desplegando la idea de una Ciudad Jardín Vertical”.

Portada de 'España brutal'.

Portada de 'España brutal'. Altamarea

Desde las alturas, también otras torres conforman este paisaje brutalista como la Hercón de A Coruña, la polémica Atotxa de San Sebastián –criticada por algunos por romper con la estética del entorno–, La Pagoda en Valencia o Los Manantiales en Torremolinos –cuya estructura cilíndrica recuerda también a la madrileña–.

“La torre está bien, a mi entender, fuerte, clara, con buenas plantas y con buena imagen. Proyecté la torre, y la torre sigue ahí. Defendí la torre y la torre permanece”, dijo Javier Carvajal sobre la construcción de su también famosa Torre de Valencia situada en la calle O’Donnell de la capital. Ellas son las caras visibles, las que se asoman desde las alturas y se imponen con toda la gravedad de sus formas geométricas.

Desde el futuro

Pero si algo tiene el brutalismo es ese aire trasnochado a un futuro que tal vez ya pasó. En ese sentido, pocas representaciones son más distópicas e impresionantes que el singular Edificio Walden 7 (1970-1975) de Barcelona, diseño de RBTA (Ricardo Bofill Taller de Arquitectura). “Inspirado en las utopías residenciales de los años 60, el edificio toma su nombre de la novela Walden Two de B. F. Skinner, en la que se plantea una comunidad urbana ideal basada en la cooperación, la autogestión y las relaciones vecinales”, cuenta el autor de España Brutal.

Un complejo de 446 viviendas, distribuidas en 18 torres interconectadas que en El amante bilingüe, Juan Marsé describió como la “la maltrecha fortaleza de formas cambiantes, roja, misteriosa y sideral como un crustáceo gigantesco bañado por la luna”.

Edificio Walden 7 de Barcelona.

Edificio Walden 7 de Barcelona. Altamarea

Autor también de la fantasiosa Muralla Roja en Alicante, Bofill se inspiró en las casbas africanas para realizar esta curiosa fortaleza que tiene en su azotea una piscina con forma de cruz latina. “Aunque no responde estrictamente a los principios del brutalismo –escribe García Alcántara-, comparte con este movimiento el uso expresivo de la geometría y la contundencia formal”.

Pero antes de alejarnos de Walden 7, tal vez podamos echar un rápido vistazo sobre otro de los edificios que parecen salidos de la ciencia ficción. Ahí está la Central Térmica de Sant Adriá (1971-1976), en la ciudad condal, una imponente construcción industrial de Juan Ignacio Coscolluela Muntaner, también conocida como Las Tres Chimeneas por las tres gigantes torres de doscientos metros de altura que sobresalen de su monumental estructura de hormigón. Declarada Bien Cultural de Interés Local, está previsto que en 2028 se convierta en un centro cultural y tecnológico de la industria audiovisual.

Vivir y creer en el brutalismo

“Como movimiento surgido tras la Segunda Guerra Mundial, el brutalismo respondió a los grandes problemas de vivienda y equipamientos tras la gran destrucción de buena parte de Europa —explica García Alcántara—. Buscó transformar la manera de habitar la ciudad con edificios convertidos en ciudades dentro de las ciudades, como es el caso de L’Unité d’Habitation”.

También en España, destaca el autor algunos ejemplos de esta querencia como las Viviendas Protegidas de Pedro Astigarraga en Bilbao (1963-1968) o el maravilloso L’Espai Verd (1992-1994) en Valencia, ideado por Antonio Cortés Ferrando como un oasis urbano de vivienda colectiva y vegetación omnipresente.

No obstante, este completo recorrido por algunos de los más impactantes y asombrosos edificios brutalistas patrios, nos lleva a rincones también sorprendentes como las Bodegas Olarra (Logroño), diseñada por el arquitecto José Antonio Ridruejo entre 1973 y 1977 destaca por su planta en forma de Y y su impresionante sala de barricas cubierta por 111 cúpulas hexagonales de hormigón, o el Museo Arqueológico de Palencia.

L'Espai Verd de Valencia.

L'Espai Verd de Valencia. Altamarea

No será esta, es cierto, la única pinacoteca que se incluya en su itinerario —el libro menciona otros recintos artísticos como el Museo Ángel Mateos de Salamanca, el Museo de Albacete, o la Fundació Joan Miró, catalogada como Bien Cultural de Interés Nacional—.

Sin embargo, el palentino tiene la peculiaridad de estar construido dentro de la Casa Colón, un edificio civil del siglo XVI que conserva la fachada y que fue intervenido en su interior en la década de los 80 por Luis Arranz Algueró con un espacio circular cubierto por una gran cúpula de cristal sobre varios pilares de hormigón.

Además de universidades, como la Facultad de Psicología y Logopedia de Valencia, que marcó el inicio de este movimiento en el ámbito académico español, o la Facultad de Ciencias de la Información de Madrid, tampoco falta la representación más espiritual del brutalismo.

En este sentido, merece la pena recordar la hermosa Iglesia de la Madre de Dios de la Porciúncula (1964-1968) en Mallorca. Conocida más bien como la Iglesia de Cristal, por los treinta y nueve vitrales que la rodean, su gran cúpula central filtra la luz natural sobre esta capilla construida con hormigón armado.

Mientras que en Viladecans (Barcelona) encontramos la bonita Parroquia de Santa María de Sales (1962-1967). Bien Cultural de Interés Local, esta capilla con sus cuatro campanas verticales y forma de tobogán fue ideada por el arquitecto austriaco Robert Kramreiter.

Algunas más sobrias y menos experimentales, estas arquitecturas, no obstante, tienen la capacidad de despertar nuestra imaginación y fascinación una vez que nos adentramos en ellas. Como señala Briñas Coronado en el prólogo del libro, España Brutal “no se trata de una mera recopilación de edificios, sino de una reflexión sobre un movimiento que, a pesar de las críticas, sigue interpelándonos con su fuerza, honestidad, carácter y verdad. Símbolo del progreso, solidez y ambición social, pese a su rudeza material y su escala audaz, sigue siendo capaz de conmover e inspirar”. Cuanto menos nos ofrece otra alternativa para recorrer España.