Interior de la Biblioteca de Villaverde. Foto: Igues Boneca

Interior de la Biblioteca de Villaverde. Foto: Igues Boneca

Arquitectura

La Biblioteca de Villaverde: rigurosa, responsable y placentera, todo a la vez y sin contradicciones

La nueva biblioteca pública Francisco Umbral, obra del estudio de Miguel Ángel Díaz Camacho, subsana una necesidad histórica de este barrio del sur de Madrid.

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¿Rompeolas de todas las Españas, que diría Machado? Menesterosos del mundo, más bien. Un paseo por Butarque –Villaverde Bajo, zona este– desgrana el abono de la prosperidad de Madrid: ciudad vieja con gente nueva, toldos verdes más un castellano aproximativo. Incluso hay unos bloques con piscina, porque la capital crece a golpe de cloro, aunque lleven más agua aquellos vasos que el cercano Manzanares. El caso es que luego llega la gente, que siempre va y pide cosas.

Tras mucho pensar, al Ayuntamiento de Manuela Carmena le salió en 2016 que los flecos de Madrid querían bibliotecas. Convocó al efecto tres concursos: dos al norte, Las Tablas y Montecarmelo, y este otro al sur, que ganó la oficina de Miguel Ángel Díaz Camacho (Madrid, 1973) y se ha inaugurado el pasado junio.

La flamante obra está dedicada a Francisco Umbral, y como los barrios del norte nacieron con el siglo, y Villaverde, antiguo tejido industrial, forma parte de la ciudad desde 1954 –es decir, que tardaron 50 años más en hacerle caso–, se sugiere esta cita suya en la puerta: “La pobreza de los ricos consiste en que lo siguen teniendo todo, pero guardado. La pobreza de los pobres, en cambio, está a la vista”.

Esta vindicación de la austeridad deja claro que no estamos para florituras. De hecho, decimos biblioteca, aunque se trate de dos edificios en dos niveles dentro de un solo estuche alargado, de unos 60 metros por 14 de profundidad: arriba los libros, abajo un centro social.

En la biblioteca, una serie de pórticos paralelos de madera presentan un ejercicio de repetición y también de diferencia, con iteraciones que permiten la abertura de patios, una entreplanta colgada y una serie de lucernarios que miran al norte.

Exterior de la Biblioteca de Villaverde. Foto: Javier Callejas

Exterior de la Biblioteca de Villaverde. Foto: Javier Callejas

El nivel inferior semienterrado desemboca en la parte más baja del emplazamiento y se ilumina mediante un patio inglés que separa al bloque de la acera.

Por fuera, todo se resuelve con apenas un par de materiales, remedo del antiguo pasado fabril del barrio: hacia la tierra, chapa ondulada, y hacia el cielo, una franja de vidrio que se funde con los dientes de sierra que ocasionalmente rizan el perfil de la caja.

Son dos edificios en dos niveles dentro de un solo estuche alargado, de unos 60 metros por 14 de profundidad: arriba los libros, abajo un centro social

Por dentro, la presencia constante de la madera desvela un interés explícito y continuado en la trayectoria del estudio por el coste medioambiental de la construcción, asunto que resulta tan pertinente en la actualidad como siempre lo ha sido a lo largo de la historia.

Según cuenta el ensayista Jared Diamond, por ejemplo, la deforestación de la isla de Japón a inicios del siglo XVIII era tan extrema que hubo que adoptar medidas para evitar una catástrofe ecológica. Así se racionó la cantidad de madera que podría emplearse en un edificio, tomando como base una medida muy concreta, el ken: vigas de 1,80 m de longitud. Las casas se volvieron livianas y modulares –construidas con palitos, para entendernos–, aspecto con el que las seguimos asociando hoy.

Si, como dice el Pacto Verde Europeo, los edificios son “responsables de alrededor del 50 % de la extracción y el consumo de recursos”, la madera de Villaverde parece una buena solución. Funciona como estructura y acabado a la vez y su producción, bien gestionada, reduce el impacto ambiental de los procesos constructivos. Es renovable y reciclable. Quizá estas vigas tengan otra vida en el futuro.

De momento, están aquí. La biblioteca, por supuesto, tiene sus debes. Como en cualquier proyecto que atiende a una orientación predominante, la espalda suele funcionar peor, y aquí queda como un paramento ciego, un muelle de carga. Resulta, de serlo, una falla insustancial, porque la atención al lugar consiste en algo más que en un mero ejercicio de alzados.

Vista nocturna del exterior de la Biblioteca de Villaverde. Foto: Javier Callejas

Vista nocturna del exterior de la Biblioteca de Villaverde. Foto: Javier Callejas

Pese a la bien ganada fama de Umbral, es curioso que el lema del concurso, “La biblioteca de los Mil Soles”, se haya extendido por los medios y hasta por el vecindario.

La oficina de Díaz Camacho los asocia con los reflectores colocados en fachada para mejorar la orientación septentrional del volumen, aunque también evocan, no por casualidad, al léxico del finlandés Alvar Aalto y sus celebrados lucernarios-lucero para la biblioteca de Viipuri.

La referencia es más que buena, porque de todos los maestros modernos, quizá Aalto practicase la arquitectura más amable con las personas sin dejar de ser riguroso con la técnica, y no al revés, que suele ser lo habitual para salir en las revistas.

Entonces, los edificios y su público tienen algo que decirse. En las últimas semanas, hemos escuchado decir lo bonito que sería que un niño llamado Ousmane (o Jessica) llegase a ser alcalde de su ciudad. Un viernes tarde en este lugar de Villaverde alienta, sin embargo, una idea un poco distinta.

Con un puñado de opositores que se columpian en la entreplanta o unas chicas en el sótano agarradas a un karaoke –cantando Como una ola, ríen y se desgañitan–, la cosa no consiste en que los héroes se escapen del barrio, sino en que el barrio esté a su altura. El callejero de Butarque es mineral, pero de minerales que valen poco, potasa, níquel y mica. Y hay una calle del Oro bien cortita, como por si acaso, a unos metros de la biblioteca.