Aurèlia Muñoz con su obra 'Macra I', 1969. Foto: Museo Reina Sofía

Aurèlia Muñoz con su obra 'Macra I', 1969. Foto: Museo Reina Sofía

Arte

La gran exposición de la pionera del arte textil Aurèlia Muñoz llega al Reina Sofía

Cuando se cumplen 100 años de su nacimiento, el museo inaugura la mayor retrospectiva de la artista en una colaboración inédita con el MACBA de Barcelona.

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No consta, en las fuentes públicas consultadas, que Aurèlia Muñoz y Maruja Mallo llegaran a conocerse, aunque sus trayectorias se solaparon en el tiempo y hoy ambas aparecen vinculadas en la relectura museística del canon artístico español. Un canon que el Museo Reina Sofía y el MACBA de Barcelona se están afanando en reescribir.

Aurèlia Muñoz. Entes

Museo Reina Sofía. Madrid. Comisarios: Manuel Cirauqui, Rosa Lleó y Silvia Ventosa. Hasta el 7 de septiembre

Pero imagínese que este encuentro hubiera sucedido. Probablemente conocieran la existencia la una de la otra e incluso se hubieran inspirado en sus colores o trazos. Ambas dominaban la técnica del dibujo y esta exposición del Museo Reina Sofía nos lo deja claro al mostrar, del archivo personal de Muñoz, más de cincuenta excepcionales dibujos.

Aurèlia Muñoz (Barcelona, 1926-2011) era mucho más que una artista textil. Su arte se convertía en una forma de conocimiento y de relación con el mundo, una episteme donde la artesanía, lo étnico y lo folclórico se mezclaban con la mística, la espiritualidad y la vanguardia experimental: una hibridación mágica y meditada.

El trabajo de Muñoz es una referencia para artistas contemporáneas que están volviendo con fuerza al arte textil, como Sonia Navarro, quien, en lugar de tejer ella misma las fibras, recicla piezas sobrantes de otros; Mercedes Azpilicueta, que reinventa los tapices; o Belén Rodríguez, que descompone, “pictórica y escultóricamente”, ingredientes culturales ligados al mundo artesanal textil, por incluir en este texto algunos nombres de sus herederas.

Aurèlia Muñoz es un referente para todas ellas y, también, para todas nosotras. Creyó en sí misma en un momento en que el arte y, sobre todo, el realizado por mujeres estaba denostado. Escribe en su diario, en 1945: “Creo tener aptitudes para el dibujo y el arte y quiero dedicarme a ello de modo profesional”. Y así consiguió crear piezas bellísimas que aludían a Leonardo da Vinci, El Bosco o Gaudí.

'Ondulaciones', 1974. Foto: Fátima Sanz

'Ondulaciones', 1974. Foto: Fátima Sanz

Quizá todo empezara cuando el médico le aconsejó reposo tras graves episodios de dolores estomacales y de espalda. Ella se opuso radicalmente y entonces decidió dedicar su vida a su faceta creativa. Se matriculó en la escuela Massana para dar forma a sus sueños, y así consiguió profesionalizarse y abrir una de las épocas más fértiles de su carrera: los años sesenta y setenta.

Muñoz integra en su obra todos los saberes. Comienza con los bordados y patchworks. A partir de 1960 estudia técnicas textiles tradicionales, indumentaria civil y litúrgica, así como iconografías medievales y renacentistas. Le impresiona profundamente el Tapiz de la Creación (siglos XI-XVIII) de la catedral de Girona; estudia el bordado histórico conocido como acu pictae (pintura a la aguja), cuya influencia podemos ver en la primera sala, donde los grandes tapices están realizados de una forma muy pictórica, casi a pinceladas.

Vinculada al movimiento Nouvelle Tapisserie en Europa y al Fiber Art en Estados Unidos, su práctica trascendió cualquier etiqueta artesanal. También experimentó, a finales de los ochenta, con pasta de papel, entrando de lleno en el paper art en el Cleveland Institute of Art. De esta época tenemos varios ejemplos de libros volantes, colgados en la sala 5 de la exposición, en los que la artista exploraba la fusión entre escultura y escritura.

Mientras, investiga fervientemente a los artistas de la época: Miró, Magritte, Gaudí, Klee. Lee a los poetas místicos, como san Juan de la Cruz y santa Teresa de Ávila. Hay que decir que su arte está influido por una gran espiritualidad. Ella no era creyente, pero al final de su vida se acercó a las filosofías orientales, sobre todo a una corriente zen japonesa, nos cuenta su hija Sílvia Ventosa, también comisaria de esta muestra, que en otoño viajará al MACBA en una de las pocas colaboraciones de este nivel entre ambas instituciones. Una colaboración con la que celebramos el primer siglo de su nacimiento.

Aurèlia Muñoz con su obra 'Macra I', 1969. Foto: Museo Reina Sofía

Aurèlia Muñoz con su obra 'Macra I', 1969. Foto: Museo Reina Sofía

Esta exposición supone la consagración de una artista que, aunque triunfó en vida, permaneció durante las últimas décadas en el olvido hasta que, cabe recordarlo, el galerista José de la Mano insistió en rescatarla, persiguiendo a su hija Sílvia en busca de piezas para una exposición. Muñoz obtuvo múltiples premios y reconocimientos en vida; quizá el más memorable fue entrar en la colección del MoMA de Nueva York. Además, recibió la Medalla de Plata de la Villa de París (1968), el Premio Convergence 76 de Pittsburgh, el Premio del Ministerio de Cultura a las Artes del Libro y Encuadernación (1980), el Premio Nacional Aranjuez de Tapiz (1984) y la Creu de Sant Jordi (1993), entre otros.

Desarrolló un método de trabajo minucioso y profesional. Primero dibujaba y abocetaba las piezas, lo que implicaba pensamiento; luego realizaba maquetas, hasta concretar finalmente la escultura final. Además, dejó claras instrucciones para la conservación y el montaje de sus piezas, tan delicadas, por otra parte, para cuya restauración únicamente se han sometido a una aspiración, interponiendo entre la pieza y la boca de la máquina una gasa de algodón, a excepción de la espectacular Ondulaciones, de 1974, que, por estar compuesta de hilos de nailon, permite ser sumergida en agua.

Esta exposición, que lleva por título Entes, plantea un juego fonético con el catalán, en el que resuena ‘ens’, nos, y, a su vez, alude a una colectividad de cuerpos, de unos personaje-entes sin género, en simbiosis con la vida natural, biológica, marina y humana. Muñoz crea entidades que se buscan a sí mismos, como titula uno de sus dibujos: Sin título (personaje pájaro en busca de su espacio vital), de 1967.

A través de las seis salas y una antesala introductoria, podemos conocer la trayectoria creativa de esta artista catalana, que pasó de trabajar formas de la naturaleza en piezas como Cascada de micas (1974), Macra vegetal (1973) o Palmera (1974) a, quizás, sus obras más espectaculares: los ingrávidos y ligeros cometas anclados, aerostatos y pájaros-cometa. Composiciones pensadas para ser colgadas que parecen realmente volar.

Vista de la exposición. Foto: Fátima Sanz

Vista de la exposición. Foto: Fátima Sanz

En esta época, su obra conecta con la escultura minimalista de Robert Morris, en la simplicidad de sus pliegues y de sus piezas suspendidas, pero también con Leonardo da Vinci en sus Pájaros-cometa y Aerostatos, estructuras móviles y aerodinámicas inspiradas por su afición a la papiroflexia y a la navegación a vela.

Podemos disfrutar de estas piezas en la sala cuatro, en la que observamos como se anclan al techo los hilos de lino de los que penden lonas de algodón blanco o sedas salvajes. Estas obras que ya estuvieron en el Palacio de Cristal, en el año 82, y que vuelven ahora a conquistar el cielo del museo.

Y del cielo a las profundidades abisales del mar. Muñoz buceaba todos los veranos en la cala Morell de Menorca, y esa iconografía visual submarina la acompañó en su última época. Utilizó los aperos tradicionales de pesca, las redes y las formas de los juncos, de las anémonas, las algas o las escamas para seguir imaginando un cosmos biomorfo experimental. En esta etapa, Muñoz teñía los papeles con tintes naturales, lo que implicaba también otro modo de pintar.

Más que recuperar a una artista olvidada, esta exposición devuelve una manera de mirar: una práctica que no separó arte, vida, pensamiento y materia.