Arte

Pasión por lo foráneo

81 galerías españolas desembarcan en el programa general de ARCO

15 febrero, 2007 01:00

Manuel Saiz: A life (Utrecht), 2007 (Moriarty)

Son 81, tres de ellas debutantes (álvaro Alcázar, Adora Calvo y Nieves Fernández), las galerías españo-las seleccionadas para esta vigesimosexta edición de ARCO. Proponemos aquí un recorrido por lo más relevante de la legión española, en la que destaca la creciente presencia de artistas extranjeros. La continuidad, inevitable y conveniente, caracteriza es-te conjunto en el que la periferia toma posiciones.

La vigésimosexta edición de ARCO ha sido definida por su nueva directora como de transición, más que entre un modelo y otro -que es algo que sólo se verá con el paso el tiempo-, de transición interior, de funcionamiento interno de la feria, y dependiente de las nuevas realidades del panorama artístico y del mercado. Contemplada desde esa perspectiva, la oferta de las galerías españolas cabría considerarla, en período de transformación, dentro de una inevitable y conveniente continuidad.

Si consideramos las tres que concurren por primera vez a ARCO, la galería álvaro Alcázar lo hace cambiando únicamente de nombre, ya que su director y la inmensa mayoría de sus artistas proceden de la antigua Metta; Nieves Fernández presenta fundamentalmente clásicos como Kounellis o Chillida, junto a otros más inciertos, y si algo a priori me atrae más son los dibujos de Danica Phelps, presente en ediciones anteriores con la galería austriaca Hubert Winter. De modo que sólo la galería salmantina Adora Calvo arriesga, eso sí, bajo el paraguas de Fernando Sinaga, uno de nuestros principales escultores y de ancho influjo, con tres jóvenes David Escanilla, Diego del Pozo y Jesús Portal, que conviene seguir.

Me parece justo reconocer, además, que es en varias de las galerías consideradas de la periferia en las que puede rastrearse, si no lo mejor de la feria -una calificación tan difícil como inútil de adjudicar, ante tal cúmulo de oferta-, sí una buena parte de lo que consolida una realidad conocida y apuntala otra nueva. Es la suya una labor lo suficientemente ardua, en comparación con las que divisan horizontes más anchos, aunque numéricamente tan superiores, como enriquecedores, que bien merecen cuando menos nuestro reconocimiento por los artistas que descubren o sostienen.

Sin ser exhaustivo y en orden más o menos aleatorio, la murciana T20 repite, entre otros, a la japonesa Kaoru Katayama, residente desde hace más de quince años en el país, y premio a la mejor obra del certamen en la edición anterior, por Technocharro, y que ahora se adentra en los aires de Brasil. Si se interesa por los artistas españoles de los años setenta y ochenta, especialmente los pintores, habrá de buscarlos en Miguel Marcos -Alfonso Albacete, Chema Cobo y Santiago Serrano-, La Nave -Eduardo Barco, Rufo Criado, Manuel Saro, Soledad Sevilla, Jordi Teixidor e Yturralde-, Siboney o Alfredo Viñas -también con Chema Cobo-; la veterana Trayecto, de Vitoria, ofrece un impresionante conjunto, desde Juan Hidalgo a Ibon Aranberri, con artistas imprescindibles como Pep Agut, y también Juan Luis Moraza o ángel Marcos; como lo hacen, con artistas de generaciones inmediatas otras galerías vascas, Vanguardia, de Bilbao, con José Ramón S. Morquillas, Windsorkulturgintza, con Francisco Ruiz de Infante y Alberto Peral, o la también bilbaína Carreras Múgica que reúne a Richard Serra con Pello Irazu. Las nuevas fotografía y pinturas de José Ramón Amondaráin, en Moisés Pérez de Albéniz, Esti-Arte y Tomás March.

Estreno de Fontcuberta
Visor, de Valencia, estrena Guantánamo, de la Serie Googlegamas, de Joan Fontcuberta; la granadina Sandunga, piezas de Simón Zabell y Jesús Zurita; y las barcelonesas Estrany-De la Mota, otras de Ignasi Aballí y Javier Codesal, como Llucià Homs, lo hace con fotografías de Linarejos Moreno, y Dels àngels, con Pep Agut, Miquel Mont y Jaime Pitarch. Joan Prats, trae a Juan de Jarillo y Javier Peñafiel y, en un emocionado recuerdo, al maestro Joan Hernández Pijuan.

Siempre pueden satisfacerse, quienes no gusten de lo más o menos último, con los principales especialistas madrileños en las vanguardias históricas, así los Kurt Schwitters, de Leandro Navarro, o con las pinturas de los informalistas españoles en Guillermo de Osma. Como cada año, el stand de Elvira González conjuga figuras de la posvanguardia con apuestas recientes.

Sobre el papel, no parece que se hayan producido cambios sustanciales en las ofertas de Soledad Lorenzo, Juana de Aizpuru, Helga de Alvear u Oliva Arauna, aunque cabe aguardar en cada una de ellas obras que no defraudarán, así, por citar únicamente alguna de cada galería, y en su orden, los vídeos de íñigo Manglano-Ovalle, los impresionantes retratos de Pierre Gonord, las fotografías de Isaac Julien realizadas dentro de su proyecto Fantôme Creole, y realizadas en el continente africano durante el rodaje de su vídeo Fantôme Afrique -una de las mejores impresiones de la pasada feria de Basilea- o las del surafricano Zwelethu Mthethwa, ya expuesto en Oliva Arauna en el año 2000, y que corrobora, con otros artistas de su país, la existencia de una escena de intenso contenido político y civil.

Confrontación internacional
Por su parte, Evelyn-Botella, Egam y Antonio Machón permanecen fieles a sus artistas habituales, un camino al que, porque nos tengan acostumbrados,no desmerece un ápice en la confrontación con algunas de sus iguales internacionales. Machón muestra por primera vez, creo, obras de Adolfo Schlosser.

Otro síntoma que cabe considerar y que se multiplica más que emerge, es la presencia cada vez más numerosa de artistas extranjeros en las galerías españolas. Como Espacio Mínimo, que se acerca a los veinticinco artistas representados, una quinta parte de los cuales son chinos, japoneses o coreanos -Li Wei, Liang Yuanwei, Liu Ding, Yang Ping, Yeondoo Jung- y el setenta por ciento extranjeros. Presentan, eso sí, el nuevo vídeo del cántabro Manu Arregui.

Fúcares reúne, entre otros, al alemán Elger Esser con Jaime de la Jara; Distrito Cuatro, al venezolano Alexander Apóstol y a la norteamericana Laurie Simmons; Raquel Ponce, al dominicano Jorge Pineda, con Esther Pizarro y el portugués Nuno Vasa; Marta Cervera, al coreano Changha Hwang; Max Estrella, al escocés Charles Sandison y al británico Adrian Tyler con Carlos León y el portugués Pedro Calapez; Moriarty, al chino Weng Fen y al norteamericano Ryan McGinness; Gering & López Gallery a José Antonio Hernández-Díez y a Matthew McCaslin; Heinrich Ehrhardt, a Anselm Reyle. Por no hablar de La Fábrica, con Marina Abramovic, Nobuyoshi Araki, Richard Billingham, Chen Chieh-Jen, Félix Curto, Paul Gram, Juan López, Antoni Muntadas y Matt Siber. Magda Bellotti exhibe fotografías de Eva Koch y dibujos de ángeles Agrela y Miki Leal. Incluso Espacio Líquido, de Gijón, apuesta por Aino Kannisto y los delicados dibujos en papel perforado de Amparo Sard. Se diría que la internacionalización, vedada en otros ámbitos foráneos, y el cotejo de nuestros artistas con ellos es aquí, y nunca mejor dicho, moneda de cambio normal. Y, en cierto sentido, por más que en las exposiciones de centros e instituciones de arte sea cada vez más frecuente la concurrencia de distintas nacionalidades, ARCO posibilita su confrontación en el espacio de un mercado del que todos quieren participar por igual. En estos días se mide, además, otro fenómeno que merece a mi juicio cierta atención: la competencia entre unos y otros en las colecciones existentes o todavía incipientes en el país, lo que determinará tanto las carreras de los artistas más jóvenes como el sesgo que adquirirán las colecciones privadas y, seguramente también, las públicas.

Desde México y Venezuela
Para concluir este recorrido, que no deja de ser arriesgado y aleatorio, es imposible sustraerse a atracciones justificadas tanto por el criterio como por una seducción no siempre caprichosa, pero sí, desde luego, personal. En lo que he podido testar, y para no repetir ni galerías ni artistas ya citados, escogeré el Vik Muniz, que reproduce la muchacha cosiendo de Vilhelm Hammershøi, colgado en Elba Benítez, que muestra, también, dos libros sobre Marcel Broodthaers del venezolano Juan Araujo y fotografías de Cabello y Carceller; de las obras del mexicano Jaime Ruiz Otis, en La Caja Negra, me atrae su gusto por "materiales estéticos" tan extraños como tóner de fax usado, las pegatinas, o los cartones, sus piezas realizadas a partir de elementos de desecho de la cultura del consumo y, especialmente, la serie Cajas de lluvia, de la que dice que ha sido hecha con cajones de plástico utilizados comúnmente en las fábricas y que mediante la incorporación de un circuito de agua invisible se convierten en la versión poscapitalista y contemporánea de instrumentos musicales ancestrales.

También, las fotografías del suizo Olaf Breuning, en Leyendecker, con su extraño humor y su sarcasmo ante los iconos urbanos de la cultura pop. El propio Breuning afirma que sus imágenes deben competir con los productos de los medios de comunicación. Algo muy semejante a lo que ocurre en ARCO, donde las obras de arte tienen que pelear por su lugar ante la avalancha de información que sobre lo ajeno al arte nos inunda durante cinco días. Luego vuelve de nuevo la calma, sin detención ni ruptura.