Enrique-Krauze

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El Cultural

Enrique Krauze: "La democracia es la capacidad de expulsar a los malos gobiernos"

3 octubre, 2018 02:00

"Yo ya no soy Chávez, yo soy un pueblo". Estas palabras del fallecido dictador venezolano Hugo Chávez condensan a la perfección la tesis defendida por el historiador y ensayista mexicano Enrique Krauze (Ciudad de México, 1947) en su nuevo libro El pueblo soy yo (Debate), un volumen de ensayos donde bucea en los orígenes del populismo latinoamericano y global y advierte de los peligros de concentrar el poder en manos de un solo individuo. Las dictaduras cubana y venezolana, la irrupción de Podemos, el fenómeno Trump y, por supuesto, la figura de López Obrador, comparten espacio con reflexiones históricas, de la Antigua Grecia hasta el siglo XX, sobre la construcción, la anatomía y la genética del populismo, el uso de la demagogia y el drama de las dictaduras. "Este libro es un recordatorio de lo que el poder absoluto ha hecho y está haciendo en muchos países", resume Krauze.

Pregunta.- En el prólogo advierte que el siglo XX, tan fecundo en dictaduras, no ha servido para extraer lecciones. ¿Por qué es desgraciadamente necesario un libro como éste?
Respuesta.- Esta es mi mayor perplejidad. El siglo XX, no necesita uno ser historiador ni leer mucho, deja unas lecciones que debían ser concluyentes. Es el siglo de Lenin, Mao, Mussolini, Stalin, Castro, Hitler, Pol Pot. Estamos hablando de decenas de millones de muertos, de hambrunas, de desolación, de genocidios... Todos estos regímenes comparten una característica: el poder personal sin límites ni institucionales ni temporales. El resultado fue la peor cosecha de crueldad, la hoguera de la historia. Son suficientes elementos como para que la humanidad extrajera una lección muy sencilla: no hay que concentrar el poder. Así parecía haber terminado el siglo XX, pero para mi enorme sorpresa, el siglo XXI despertó con una recaída en ese modelo. ¿Conclusión? Nadie aprende en cabeza ajena, como dice el refrán.

P.- Habla de varios ejemplos, pasados y presentes, de populismo y dictadura en América Latina. ¿Por qué Su América, como decía Martí, es tan proclive al caudillismo, tan refractaria a los valores de la democracia liberal?
R.- Mi maestro Richard Morse decía que en el ADN cultural de nuestros países está la filosofía neoescolástica española del siglo XVII, rastreable en la tradición del Siglo de Oro y clave en el diseño de la monarquía absoluta española. El pueblo, recipiendario de la soberanía por parte de Dios, la entrega por entero al monarca, no la delega con condiciones, la entrega. Esta es una tradición que permeó profundamente en Hispanoamérica, hasta tal punto de que por tres siglos no hubo prácticamente rebeliones y la legitimidad fue incontestada.

"Casos como los de Chávez o Castro no son accidentes de la historia. Están insertos en una tradición"

Cuando el orden español se hunde a principios del siglo XIX, surgen en toda América, de la Patagonia a México, los famosos caudillos, hombres de horca y cuchillo, dueños de vidas y haciendas, que toman el poder. De la convergencia de ambas tradiciones, el monarquismo español y el caudillismo latinoamericano, surge una realidad política en la que queda muy poco espacio para la democracia liberal. Casos como los de Chávez o Castro no son accidentes de la historia. Están insertos en una tradición que tiene mucho menos que ver con el marxismo que con todo esto.

Imaginación económica

P.- Entre los intelectuales latinoamericanos es una queja constante, presente en el libro, la ausencia de una tradición y una realidad liberalista. ¿A qué se debe?
R.- Esta crisis del liberalismo existe, pero también hay muchos defensores. La historia de la democracia liberal en América ha sido minoritaria y a la defensiva, pero a lo largo de estos 200 años ha habido experimentos y países que han logrado cimentar esos usos democráticos y liberales: Uruguay, Chile, Costa Rica, Colombia, parte de su historia Argentina, y por muy breves periodos México. En estos países lo que hace falta es imaginación económica y social práctica para mejorar la condición de la gente pobre y marginal. En cuanto a lo político no podemos renunciar al principal ideal del liberalismo clásico: estar siempre alerta frente al poder, mantener una irreductible desconfianza del poder.

P.- Habla de las soluciones, pero ¿cuáles son los factores sociales que propician el populismo en auge?
R.- Se diría que la desigualdad de América Latina desemboca necesariamente en el populismo, y yo mismo he creído eso. Pero un amigo me hizo ver que si la desigualdad desemboca necesariamente en populismo, países como Colombia o Brasil tendrían que haber sucumbido antes que Venezuela, que tenía el índice de desigualdad más bajo. El drama ocurrió allí por la tradición militarista y caudillista de Venezuela. Por eso creo que debemos poner el acento en el aspecto político de las cosas. No porque sea el único, sino porque al querer justificar la concentración de poder a través de razones como la pobreza o la desigualdad estamos haciéndole un flaco favor a la libertad. Es mucho lo que se puede y debe hacer en lo económico y social y lo que falta es imaginación económica. Los que han fallado son los economistas, que como ocurre en el caso de los políticos de Podemos son muy académicos, pero poco prácticos, no sirven a las necesidades reales de la gente. La salida fácil es dejar que venga un salvador y resuelva los problemas, pero la historia nos enseña cómo termina eso.

P.- Precisamente, ¿cómo es posible que en nuestra época se acceda el poder absoluto, bajo qué mecanismos una sociedad permite que alguien asuma un poder así?

"Hay algo atávico y muy antiguo en el hombre: una nostalgia del Dios encarnado, un miedo a la libertad… que propicia victorias como la de Trump"

R.- El ejemplo de Trump aún está fresco y uno no deja de estar perplejo. No sé en qué consiste, pero creo que hay algo atávico y muy antiguo en el hombre: una nostalgia del Dios encarnado, del padre que resuelva los problemas de la humanidad, un miedo a la libertad, una sensación de orfandad, una soledad, un vacío de la vida moderna, un alejamiento de la trascendencia o de Dios... todo eso junto, que propicia casos así. Aunque en el ejemplo de Estados Unidos están operando también factores muy prácticos: la población blanca que se siente amenazada por cualquiera que no tenga la tez clara y el pelo rubio, un viejo nativismo, el racismo que es casi innato en amplias zonas del país, el culto a la fuerza bruta... Todos esos elementos convergen para que este hombre, que parece salido de un reality show se imponga. Tengo esperanzas, sin embargo, de que esta república siga siendo una democracia admirable por 240 años más.

P.- Esta acusación de cesarismo también ha recaído sobre otros líderes de democracias del siglo XX, como Churchill, De Gaulle, e incluso Felipe González. ¿Cuál es la diferencia, por qué sus gobiernos no degeneraron?
R.- Es cierto que se ha calificado a muchos presidentes así, pero creo que es un exceso. El cesarismo de verdad destruye las instituciones, y ninguno de ellos lo hizo, sino que de un modo u otro dimitieron o abandonaron el poder. ¿Cuál es la prueba de fuego? Popper, el gran teórico liberal de la democracia del siglo XX, terminó sus días llegando a la conclusión de que la democracia en esencia es la capacidad de expulsar a los malos gobiernos. A eso se reduce. Y a estos personajes les fue negada la continuidad de un modo u otro. Eso se llama democracia. La tragedia de Venezuela, y de muchísimos países hoy, es el continuismo, la preservación del poder por múltiples subterfugios, por la fuerza o por la manipulación de los sistemas y geografías electorales. Las posibilidades de hacer esto hoy son terribles.

P.- El populismo se está extendiendo por las democracias occidentales. Hablaba de la tradición histórica como fundamento en Latinoamérica, pero ¿cuáles son las motivaciones populistas en Europa, beben de la misma raíz?
R.- Las razones del populismo en Europa son otras, pero las figuras fuertes son análogas: Orbán, Duda o Salvini parecen copias de Trump o copias inversas de Hugo Chávez. Aquí el elemento aglutinador es el nacionalismo y el racismo, una reacción ante lo que se percibe como el gran peligro: las migraciones. Nace como el miedo al Otro, un viejo instinto europeo. Por ese instinto Europa, en particular Alemania, exterminó a los judíos, no olvidemos eso. Y ahora tiene esta actitud con respecto al mundo musulmán o a los inmigrantes de otros países. Entiendo que debe regularse la inmigración, pero soy un liberal que cree que la inmigración, el mestizaje, enriquece. Como ejemplo, sirva la tradición española, cuya convivencia multicultural generó una cultura muy rica.

Hechizo culpable

"¿La responsabilidad está en Alcibíades o en el pueblo? Está en los dos, en ese hechizo mutuo, que sigue siendo un grave problema"

P.- Hacia el final del libro, se sirve del ejemplo de Alcibíades para plantear una cuestión espinosa, ¿hasta qué punto se puede responsabilizar al pueblo de estas situaciones?
R.- Pensemos en un líder como Alcibíades, atractivo, carismático, que prometía todo... Contra el antiguo consejo de Pericles, que pedía contención, los griegos emprenden la expedición a Sicilia que termina en un absoluto desastre. Ahí empieza la decadencia ateniense, una de cuyas primeras víctimas fue Sócrates. ¿La responsabilidad está en Alcibíades el demagogo o en el pueblo que lo arropó? Está en los dos, en ese hechizo mutuo, que sigue siendo un grave problema en el mundo actual.

P.- Durante las elecciones mexicanas ha hablado de los puntos a favor y en contra del que será próximo presidente, López Obrador, pero ha advertido encarecidamente sobre el peligro. ¿Qué supondrá para el país?
R.- México requiere reformas sociales que espero que sean eficaces y que alivien la pobreza extrema, el gravísimo problema de violencia y la corrupción. Deseo que este gobierno tenga éxito, y creo que lo puede llegar a tener. Pero mi preocupación es política. El enorme poder que otorga tener más de la mitad de los votos permite cambiar la Constitución, dominar el Congreso, el poder judicial, los medios de comunicación. Todo esto puede llevar a una especie de restauración del PRI pero con un elemento más grave. Los presidentes del PRI no eran carismáticos, su carisma era institucional. En cambio con López Obrador el carisma está en él. En segundo lugar ellos no eran dueños del PRI. Y él sí es dueño de Morena. Aquí están los elementos de un poder absoluto. Y si alguna lección extraigo de la historia es que del poder absoluto lo que puede esperarse son consecuencias desastrosas.

P.- Cierra el volumen ofreciendo como antídotos la palabra y el debate, ¿son la única solución frente al populismo?
R.- La solución principal es ejercer la reflexión, la charla y el debate, masivamente, algo inhabitual hoy, donde las redes sociales están pervertidas. Especialmente grave es que ya no existe la verdad objetiva, porque si cada uno tiene su verdad vivimos en una auténtica Torre de Babel. Sin embargo sí, creo que la palabra y la democracia deliberativa, aunque no parezca un fin glorioso como la revolución, es la única salvación frente al populismo.