Image: Julio Llamazares

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El Cultural

Julio Llamazares

"Estoy en fuera de juego desde que tengo uso de razón"

Alberto Gordo
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Julio Llamazares. Foto: Mitxi

El escritor leonés publica En mitad de ninguna parte (Alfaguara), una reedición de su primer libro de relatos, de 1995.

Julio Llamazares (León, 1955) se siente al margen del fluir de la literatura, para él "un gran río en el que los escritores, por importantes que nos creamos, no somos más que gotas minúsculas que pasan". Por eso, desde el margen, ajeno a modas y tendencias literarias, el autor leonés interrumpe ahora el curso natural de su obra frenando y volviendo atrás, a un libro llamado En mitad de ninguna parte: su primera antología de relatos, de 1995, que acaba de reeditar Alfaguara. Aquí está el Llamazares genuino, el más reconocible: el poeta de frases redondas que lleva al lector en volandas, como hipnotizado por el ritmo; el irónico, el desesperanzado, el nihilista; el Llamazares arraigado en la tradición oral, el escritor de provincias que conoció su biblioteca vital por boca del abuelo, que le contaba historias frente al fuego.

El autor de La lluvia amarilla tiene una peculiar relación con el cuento, un género que, pese a gustarle, nunca ha cultivado demasiado: "Soy gran lector de relatos; me encanta leer cuentos, pero sin embargo he escrito muy pocos y siempre instado por alguien, porque me han hecho encargos para periódicos o para antologías. No sé cuál es la explicación. Cuando me pongo a escribir me tiran las distancias largas y tiendo a armar largos relatos, novelas, libros de viajes..."

Pregunta.- ¿Cuáles son sus cuentistas favoritos?
Respuesta.- Me gustan muchos, pero sobre todo leo a los clásicos: Chéjov, los grandes cuentistas europeos; en España tenemos muchísimos: en el siglo XX, por ejemplo, tenemos a Aldecoa, a Antonio Pereira, que es un escritor muy poco conocido, pero uno de los grandes, a Medardo Fraile... en fin, la lista es interminable. Por fortuna España es un país con mucho cuento, en el doble sentido de la palabra. Por suerte para la literatura y por desgracia para la vida política y social.

P.- ¿No le gusta lo que ve hoy en la vida pública española? ¿Estamos peor que nunca?
R.- No me gusta, claro, pero tampoco hay que dramatizar. España es la misma hoy que hace treinta, cincuenta u ochenta años. Y puede que mejor que hace diez años. Lo que pasa es que ahora nos ha tocado la época de las vacas flacas y los problemas, la corrupción, los defectos... todo lo vemos más. Pero tenemos los mismos problemas que antes. El problema de España es que no leemos a los clásicos. Si tú lees a los clásicos, a Cervantes, a Calderón, a Lope, a Quevedo, ves que lo que está pasando ahora ya pasaba entonces, y ha pasado siempre. Rinconete y Cortadillo habla de hoy, del PP, de la Junta de Andalucía... Los clásicos nos dicen que España es un país en el que la corrupción está muy metabolizada desde hace siglos.

P.- Siempre podemos tomárnoslo con humor, ¿no? Como esos pobres hombres de algunos de sus relatos...
R.- El humor es un rasgo de inteligencia, y es un antídoto contra la estupidez, contra la estulticia, contra la arrogancia, contra todo lo que detesto. Uno se puede enfrentar a eso a través de la crítica directa o a través del humor, y yo prefiero esto último, porque probablemente sea más eficaz.

P.- ¿Cree que hay suficiente humor en la literatura española o, como se piensa a menudo, goza de prestigio, todavía, la tragedia, lo triste, lo sombrío?
R.- Los españoles nunca hemos tenido mucho sentido del humor, pese a lo que creamos. Los extranjeros nos suelen ver así, como gente arrogante que puede bromear con los demás, pero no con ellos mismos. Aunque sí hay una veta de humor que atraviesa toda la historia de la literatura, que viene de Quevedo, que pasa por Valle-Inclán... hoy Luis Mateo Díez, por ejemplo. Pero, en general, el humor no es lo que más destaca de la literatura española y, cuando aparece, suele ser bastante vitriólico y negro.

P.- En varios cuentos recurre usted a la técnica de situar a un personaje que le cuenta la historia a otro personaje. ¿Tiene algo que ver con el peso de la tradición oral en su obra?
R.- Bueno, yo creo que la tradición oral tiene peso en la obra de todos los autores. Los escritores nos nutrimos de lo que escuchamos, lo que conocemos, lo que imaginamos…. La realidad está llena de historias, los periódicos están llenos de historias. Cuando algún escritor me dice que no se le ocurre nada sobre lo que escribir, yo no me lo puedo creer; siempre le digo que vaya al periódico, que está repleto de historias de principio a fin. Tristes, alegres, de todo tipo. Y la literatura es el arte de convertir esas historias en emoción a través de la palabra, de la música de las palabras y de su belleza.

P.- Los cuentos que ahora salen a la venta se publicaron por primera vez hace casi veinte años. Usted no los ha corregido. ¿Los ve perfectos tal y como se escribieron entonces?
R.- No es que estén perfectos, es que alguna vez he recuperado un libro, he hecho retoques y luego me he arrepentido. Creo que cada libro es una especie de fotografía que corresponde a un momento determinado de la vida y, de la misma forma que no se han de retocar las fotos, creo que tampoco han de retocarse los libros.

P.- ¿Y ve esa foto muy distinta de la imagen que tiene ahora de sí mismo?
R.- En esencia yo creo que no he cambiado mucho, aunque espero haber aprendido algo. Soy un escritor muy fiel a mí mismo, con pocas ideas claras y con muchas dudas, también muy claras, y esas ideas y esas dudas permanecen en el tiempo.

P.- En los cuentos se ven rasgos habituales de su obra, como esos personajes desclasados, que están como desubicados en el mundo.
R.- Sí, y yo creo que son reflejos de mi manera de ver el mundo. Son gente marginal y yo soy un marginal. Estoy en fuera de juego en el mundo siempre, desde que tengo uso de razón, o al menos tengo esa sensación.

P.- Alguna vez ha dicho que escribe para conmover, no para entretener. ¿Es este un modo de ir a contracorriente de la actualidad literaria?
R.- La actualidad literaria es la que va a contracorriente de mí. Yo escribo como escribieron los escritores siempre, pero ahora el libro se ha convertido en una industria y cada vez tiene menos que ver con la literatura. Yo hago literatura: no escribo desde una perspectiva comercial y profesional.

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