Carlos Gurpegi se despide de San Mamés en su último partido con el Athletic Club.

Carlos Gurpegi se despide de San Mamés en su último partido con el Athletic Club.

Fútbol

Gurpegi (45), exfutbolista, sobre sus inversiones: "He tenido un asesor financiero y tengo mis cositas, pero soy 'cagoncete'"

El exjugador del Athletic Club se considera una persona conservadora, y es que a pesar de que le han ofrecido algunos negocios, solo tiene "dos o tres lonjas y algún piso".

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C. S.
Publicada

Gurpegui desarrolló toda su carrera profesional en el Athletic Club entre 2002 y 2016, donde se convirtió en uno de los jugadores más queridos por la grada por su carácter competitivo y su apego al club. Debutó en Primera el 31 de marzo de 2002 frente al Villarreal y acabó levantando como capitán la Supercopa de España de 2015, el gran título de su trayectoria rojiblanca.

Su historia deportiva estuvo marcada por episodios duros, desde el conocido positivo por dopaje y la sanción federativa hasta lesiones graves que le obligaron a parar largos periodos.

Tras su retirada, se mantuvo vinculado al club como técnico en Lezama y como representante institucional, un rol que le obligó a viajar, acudir a sorteos europeos y moverse en entornos donde, como él mismo admitió, echó de menos haber aprovechado mejor el tiempo de futbolista para formarse.

Carlos Gurpegui, histórico "one club man" del Athletic Club, habló en una entrevista con Los Fulanos de algo que rara vez se ve con tanta transparencia en el fútbol: cómo había gestionado su patrimonio durante y después de su carrera, en qué se equivocó y qué aprendió de esos errores.

El excentrocampista navarro, que disputó 393 partidos oficiales con el Athletic y llegó a ser capitán en San Mamés, se definió como un inversor prudente, muy influido por la cultura del esfuerzo que mamó en casa y por la figura de un asesor de máxima confianza, "el vecino", que terminó siendo clave para ordenar sus finanzas tras una mala experiencia inicial.

Gurpegui, en una rueda de prensa con el Athletic Club.

Gurpegui, en una rueda de prensa con el Athletic Club.

En lo económico, Gurpegui explicó que nunca quiso ir solo y se apoyó en un asesor de plena confianza, hasta el punto de que esa persona era también su vecino y su amigo.

Contó que tras la enfermedad y posterior fallecimiento de su primer asesor, tuvo que traspasar toda su gestión patrimonial a ese nuevo consejero de cabecera, un proceso que le generó muchas dudas hasta comprobar que la transición había sido, en sus palabras, "una pasada".

"Yo sobre todo tenía un asesor, una persona de mi confianza que encima era mi vecino", relató, antes de recordar que "siempre" le habían guiado a la hora de comprar inmuebles, invertir en bolsa o entrar en fondos. Aun así, se definió como alguien miedoso con el riesgo: "Tenía mis cositas y era un poco cagoncete… prefería no ganar mucho, pero tenerlo, antes que llevarme un susto y ver de repente que tenía un 25% menos".

"Soy segurola, segurola. No me quería dar sustos", insistió con una mezcla de humor y realismo.

La aventura fallida en Bucarest

El gran tropiezo de su historial inversor llegó con una promoción inmobiliaria en Bucarest, Rumanía, en los años posteriores a la caída del régimen de Ceaușescu, cuando se vendía el país como gran economía emergente dentro de la Unión Europea.

"Hicimos una promoción en Bucarest. Nos metimos además varios porque nos dijeron que Rumanía iba a ser un país emergente", recordó el exfutbolista, situando la operación en torno a 2012.

El plan era simple sobre el papel: adelantar el dinero de dos pisos, ceder el contrato antes de escriturar y embolsarse una plusvalía rápida. La realidad fue otra: "Al final tuvimos que escriturar y no había manera de quitarnos esos pisos de encima", lamentó, subrayando además la complejidad burocrática de tener que constituir una sociedad en el país.

Con el tiempo, terminaron vendiendo por debajo de lo invertido: "Tampoco eran cantidades desorbitadas, pero son cantidades que a mí me fastidia perderlas, porque he vivido desde muy pequeño lo que cuesta ganar el dinero".

En esa reflexión se coló la educación económica recibida en casa: un padre agricultor pendiente todos los días del tiempo por si granizaba o hacía demasiado calor, y una madre que mantuvo una pescadería durante 35 años. Esa infancia, sostuvo, le hizo valorar cada euro y le dolió especialmente asumir pérdidas, por pequeñas que fueran en comparación con lo que puede mover un futbolista de élite.

A raíz del tropiezo rumano, Gurpegui se prometió no entrar en operaciones que no pudiera ver, tocar y comprender bien. "A partir de esa, dije: cosas que vea, que las pueda palpar, y si pueden ser por la zona por la que vives o te mueves, mucho mejor", explicó, en referencia a una filosofía de inversión mucho más cercana y tangible.

En el capítulo de activos concretos, reveló que había apostado por el ladrillo clásico: "No he montado bares ni discotecas, eso no lo veía. Tenía dos o tres lonjas, algún piso y ya", resumió, aclarando que se trataba de locales y una oficina además de esas viviendas.

Las grandes aventuras empresariales, como montar un negocio hostelero o lanzarse a proyectos exóticos, nunca terminaron de convencerle pese a que, como reconoció entre risas, le llegaron a bromear con que "las discotecas en Rumanía" daban buen rendimiento.

Con los años, y ya retirado, Gurpegui aseguró que se implicaba mucho más en el seguimiento de su patrimonio, en estrecha colaboración con su asesor Ángel. "Ahora estudiábamos muchísimo más las cosas. Yo tenía más tiempo y me interesaba mucho más por los fondos, por cómo iba la bolsa, por hacer un seguimiento casi diario", explicó, reforzando la idea de que el futbolista activo, centrado en entrenar y descansar, a menudo delegaba en exceso.

Esa experiencia personal le llevó a lanzar un mensaje a las nuevas generaciones de jugadores que había tenido a su cargo en el Bilbao Athletic o en el Basconia. Les animó a dedicar "una hora al día" a aprender inglés o a formarse en algún ámbito que les despertase inquietud, convencido de que él había "perdido mucho tiempo" durante su carrera que podría haber aprovechado mejor.

Y aunque admitió que no había visto de cerca casos extremos de ruina como los que se mencionan en estadísticas que sitúan a un alto porcentaje de futbolistas en la quiebra tras retirarse, sí recordó la presión constante de promotores y vendedores que llamaban a la puerta del vestuario con ofertas de pisos, negocios y productos financieros de todo tipo.

Su receta, a la luz de sus palabras, combinó tres elementos: prudencia ("segurola" por convicción), un asesor de confianza que filtrara las propuestas y el aprendizaje doloroso de una apuesta fallida en Bucarest que le hizo volver al terreno seguro de los inmuebles cercanos y comprensibles.