“No hay cosa más insoportable que pasar toda una vida obsesionada por un solo punto, por un solo día de existencia”. Lo escribía Stefan Zweig en 24 horas en la vida de una mujer, una novela breve y suficiente sobre las texturas del ser humano por dentro: una aristócrata viuda se enamora de un joven ludópata y lo libra del suicidio en el casino de Montecarlo -como si pudiésemos salvar a alguien-.

Entrevista a Silvia Marsó Jorge Barreno

El austríaco ya demostró en Carta a una desconocida que milita en la neurosis emocional, en las vidas atravesadas por un acontecimiento mínimo en torno al cual se orbita con angustia. Sin embargo, ese mismo hecho pasa desapercibido para el resto del mundo. La persona con quien lo compartiste ni se inmuta. ¿No es esa la verdadera forma de soledad? Ahora la actriz Silvia Marsó produce y protagoniza esta obra -musicalizada -en el teatro Infanta Isabel de Madrid y habla con EL ESPAÑOL sobre feminismo, vicios, amoríos, política y reyes.

Las 24 horas que más me han cambiado la vida a mí fueron las 24 horas del nacimiento de mi hijo, que fue lo que tardó en llegar al mundo. Y claro, tener un hijo es el antes y el después. En esta versión de 24 horas en la vida de una mujer, como dices, la protagonista es una aristócrata viuda que, por su condición de mujer, condicionada por la época, vivió sin capacidad de tomar decisiones propias. ¿Que si en la España de 2018 aún las mujeres tenemos algún tipo de cortapisas…? Sí, aún hay muchos condicionantes económicos, religiosos… tabúes familiares, tabúes sociales, que coartan la libertad individual, sobre todo, de las mujeres. Tenemos que luchar, como hago yo, abanderar nuestros propios proyectos y sacar adelante las cosas desde el compromiso más férreo con nuestra profesión y con nuestra manera de sentir y de pensar.

Otra de las cosas que plantea esta obra es la diferencia de edad en una historia de amor. Actualmente, en el siglo XXI, aún sigue siendo un tema que se comenta, por ejemplo, lo que le ha pasado a Macron: que su mujer le lleva 20 años, aproximadamente, no sé la cifra exacta. ¡Y aún es algo que se comenta…, y estamos en el XXI! En esta historia ella se enamora de un muchacho muy joven, que es un ludópata, y lo salva del suicidio en la ruleta del casino de Montecarlo. ¡Y eso no pasa al revés…! Cuando un hombre se va con una mujer más joven, para la sociedad es un tío de maravilla, es un hombre súper admirable, pero cuando es al revés siempre hay una sospecha.

Recuerdas que el joven ludópata encuentra en la protagonista una suerte de salvadora, que se vuelve dependiente de ella, aunque sea en un corto espacio de tiempo. ¿Que si creo que los hombres van buscando en una mujer esa protección materna? Pues querida, yo creo que en el fondo todos nunca dejamos de ser niños o niñas y que uno de los atractivos del amor es la protección, por eso funcionan, a veces, tanto, las relaciones con personas de diferente generación, porque uno de los dos está buscando al padre o a la madre. A mí me gustaría hacer de madre de todos los chicos jóvenes y guapos… (risas). Les trataría con muchísimo mimo. Tienen que ser guapos, eso sí…

Citas a Bigas Luna: “Existen tres tipos fundamentales de mujeres: la puta, la madre, y la puta madre”. ¿Que qué quieren ellos? Pues yo creo que cada época de la vida tiene un rol distinto. Eso va evolucionando según va evolucionando el individuo en sí. Yo creo que cuando son jóvenes les gustan más las mujeres mayores, porque les atrae más la experiencia, el haber vivido de una mujer madura… pero a partir de cierta edad ya vuelven a buscar a la jovencita porque ellos han dejado de serlo. Me preguntas si un vicio -en el caso de la obra, la ludopatía- nunca se abandona, si el vicioso lo es para toda la vida. Bueno, el vicioso sí que lo es para toda la vida, pero puede conseguir salir de la dependencia con ayuda psicológica. Nosotros, cuando preparamos la obra, fuimos a la asociación APAL de Madrid, que ayuda a los ludópatas, y estuvimos hablando con ellos. Todos ellos reconocen que el jugador lo es siempre, igual que el alcohólico lo es siempre, pero sí que si hacen una serie de terapias acaban pudiendo tener una vida normal y corriente.

El personaje de Felipe Ansola, el ludópata de 24 horas en la vida de una mujer, no tuvo ayuda. No tuvo ninguna ayuda profesional, ninguna terapia. Es que ahora ya se sabe, pero la gente que vivió la ludopatía en otros momentos históricos sucumbió a esta dependencia, porque es devastadora. Yo no creo que el joven se aproveche de la protagonista, él es un poco ángel y demonio, doctor Jekyll y Mr. Hyde, y juega entre el bien y el mal sin saberlo, de una manera absolutamente inconsciente, convulsiva y compulsiva, las dos cosas. Tiene una inmadurez propia de su juventud y está absolutamente poseído por el juego.

Me recuerdas que Ray Loriga decía que “cada vez que alguien abandona un vicio, el demonio gana un alma”. ¿Que si hay vicios que podemos permitirnos? Bueno, yo me permito el teatro, que no es nocivo aunque podría serlo. Todos los vicios son perjudiciales según en qué medida, pero el ser humano tiene la suficiente inteligencia para saber dónde se mete cuando inicia algún camino por algún lugar prohibido. Me preguntas por el Me Too y sobre si he vivido alguna experiencia desagradable de ese tipo. En mi vida como actriz, no; en mi vida como mujer, sí. Varias.

No me han marcado porque siempre he salido airosa de todas estas situaciones, pero hemos tenido que aguantar mucho, las mujeres, durante muchos años. Yo desde que tengo uso de razón he oído piropos obscenos, insinuaciones… y me parece que es algo que se tiene que denunciar y que gracias a Dios va a empezar a respetarse. Me han faltado al respeto y se pasa mucha vergüenza: debería darle vergüenza a ellos, pero es una la que la pasa. Exhibicionistas que se abren la gabardina, o cuando te dicen algo en el cine, o si estás con un grupo de amigas y viene uno y se sienta al lado del grupo… me han dicho muchas cosas guarras. Es asqueroso y no tenemos por qué soportarlo. Me parece muy bien que se hable de este movimiento.

La actriz Silvia Marsó protagoniza 24 horas en la vida de una mujer, en el Teatro Infanta Isabel.

La actriz Silvia Marsó protagoniza 24 horas en la vida de una mujer, en el Teatro Infanta Isabel. Jorge Barreno.

Los hombres también sufren acoso. Sobre todo los homosexuales, sí. Muchos compañeros míos han sufrido acoso. Es más difícil que una mujer acose: también se pueden dar casos, pero los acosadores de los hombres también son hombres. Tengo amigos gays o no gays que son acosados por hombres homosexuales. Por otra parte, no sé si he cobrado alguna vez menos que mis compañeros. Porque no me gusta hablar de dinero con ellos. Seguramente habrá ocurrido, pero yo no he llegado a saberlo nunca. Es un tema… que no.

Yo he rechazado ofertas de trabajo muy seductoras en televisión porque quería hacer teatro. Entre ser popular y ser actriz, elegí ser actriz. ¿Que si temía convertirme en mujer objeto en la tele? No, temía más bien apartarme de la senda. Es que el contrato que me ofrecieron para ser presentadora en una cadena privada (cuando empezaban las privadas) era millonario, pero no quería apartarme de mi vocación de actriz. Poco a poco he intentado labrarme un camino sólido. Siendo muy popular y muy mediática no lo consigues: consigues otra cosa, pero no eso. Yo quiero ser una actriz solvente, sólida, y cada vez mejor. Es un sacrificio duro. Es una carrera de fondo, y además no tiene límites, porque en el deporte hay metas pero en el arte no.

Me cuentas que el PP ha dedicado una partida presupuestaria a montar una fiesta por los 40 años de libertad de expresión en España, justo a la vez que la polémica de ARCO, Fariña, Valtonyc, Willy Toledo… Con la que está cayendo… la verdad es que yo creo que el límite no es nada objetivo, es muy subjetivo y está en función de quiénes opinan, claro. Yo viví la primera lucha por la libertad de expresión cuando encerraron a Els Joglars por haber hecho La torna, que era una obra de teatro que hablaba de los últimos ejecutados por el régimen de Franco. Condenados a muerte. Pero como era sin palabras, con pantomina, la censura de la época la pasó por alto y se estrenó, y fue un escándalo. Esto fue el 77. Yo era una adolescente y me acuerdo de haber asistido a la primera manifestación por la libertad de expresión. Recuerdo el logo… había muchas cosas por las que luchar en aquel momento. Se salía de una dictadura y de una situación como la que habíamos vivido en este país. Pero nunca llegué a pensar que ahora ocurran casos tan parecidos, como los que hemos citado… que ponen en entredicho la libertad de expresión. Claro que en España hemos retrocedido en libertad. No sé a qué año… creo que no estamos ni en los ochenta. Es distinta la situación, no se puede establecer un paralelismo. Pero hay que visualizar este hecho y tenerlo en cuenta y que entre todos intentemos luchar para que no ocurra, para que no haya censura.

A mí me preocupa mucho la ecología desde hace muchísimos años. Estoy en Greenpeace desde que empezó en España. Aquí no estamos nada concienciados con eso: ni con la ecología, ni con el maltrato a los animales… aquí el maltrato a los animales está institucionalizado y me parece todo bastante grave. Los toros no son cultura. Nada que perjudique a un ser vivo y le provoque dolor de una manera voluntaria puede ser cultura. Estoy en contra de las corridas de toros y creo que tienen fecha de caducidad. Es inevitable. ¡Es que es terrible que se torture a un ser vivo y dejarlo ahí, agonizando…! Si somos seres evolucionados y nos funciona la neurona espejo, es imposible que nadie se ponga en el lugar del toro… quienes no se ponen en el lugar del toro no tienen la neurona espejo. ¡Es así! Es la neurona que tenemos los seres humanos para ser compasivos y empatizar con el dolor ajeno. Los animales no se dan cuenta… pero nosotros sí. Sinceramente, a los taurinos debe faltarles una neurona. Quien no empatice con el sufrimiento del toro… tendría que hacérselo mirar. Que vayan al médico y pregunten.

La actriz Silvia Marsó protagoniza 24 horas en la vida de una mujer, en el Teatro Infanta Isabel.

La actriz Silvia Marsó protagoniza 24 horas en la vida de una mujer, en el Teatro Infanta Isabel. Jorge Barreno.

Yo soy catalana y madrileña de adopción, sí. Claro que me siento interpelada por lo que está pasando en Cataluña. Todos lo estamos… yo quizá más, por dos partes: vivo aquí, soy de allí… mi familia está allí, mis raíces… estoy en un limbo emocional muy doloroso. Es difícil para mí de digerir. Desde la cultura creo que podemos hacer cosas: mira, yo estoy haciendo aquí 24 horas en la vida de una mujer en castellano, he hecho una adaptación, pero también la voy a hacer en catalán, y de alguna manera es nadar entre las dos aguas, por decirlo metafóricamente. Es un gesto de conciliación. ¿Que si estoy a favor de un referéndum legal…? Es un tema. Es un temazo. Y no me gusta hablarlo así, porque estoy bloqueada con el tema.

Me dices que han censurado la obra de Santiago Sierra en ARCO, y me preguntas ¿presos políticos o políticos presos? Bueno, es difícil esta pregunta, porque no estamos en la época del franquismo, pero también estamos viendo como otros políticos que están haciendo cosas que yo considero peores, como robarnos, están en la calle… ¡robar a los ciudadanos! No entiendo bien cuál es el baremo. Es una injusticia muy grande que haya políticos presos en Cataluña: otros nos roban y están en la calle. Eso sí que es verdad.

Test

¿Un libro? El amor en los tiempos del cólera. Me impactó cuando era jovencita y creo que un libro siempre puede hacerte mejor persona, más adelante. Una película: El espíritu de la colmena, de Víctor Erice. Sin duda alguna: la vi cuando tenía diez años y me sembró la semilla de querer ser actriz. Mi canción es Mediterráneo, de Serrat, porque la siento muy mía. Bueno, yo soy mucho de Sabina para la noche y de Serrat para la vida. Como decía Bernard Shaw, los espejos sirven para verte el rostro, y el arte sirve para verte el alma. La belleza sirve para buscar la poesía en lo visual. Soy más de Gran Wyoming que de Bertín Osborne porque al menos me hace reír… y Bertín Osborne es muy guapetón y uno de los más populares cantantes que tenemos en nuestro país, pero me gusta más el mensaje de Wyoming. Un mito caído para mí sería Andy Warhol, porque cuando estuve en su Antológica, en París: ahí descubrí que no pintó a nadie que fuera pobre. Solamente pintaba a ricos y famosos y eso no es ser un pintor, es ser un oportunista.

¿A qué gran hombre me hubiese gustado rechazar…? Me hubiese gustado vengarme de Onassis, que hizo tan infeliz a mi querida Callas, así que si hubiera podido le hubiera dado calabazas por todo lo que le hizo a ella. ¿Monarquía o República? Durante muchos años, Monarquía… y ahora República, tal y como están las cosas. Pienso en dos imágenes: una, la imagen del príncipe Felipe, aún príncipe, llevando la bandera de España con todos los deportistas españoles desfilando en las Olimpiadas. Eso es Monarquía. Guay. Pero la imagen del rey Juan Carlos matando elefantes y posando con todo el morro delante de un animal tan grande masacrado por su escopeta… ¡República! Sí, me hace republicana esa imagen.

¿Letizia o Sofía? Lo que más me gustaba de Sofía era el amor por los animales, el respeto y el no haber asistido jamás a una corrida de toros: eso lo comparto con ella. Y Letizia me gustaba cuando era presentadora y periodista, y cuando era una mujer independiente. Lo que pasa es que ahora todo ha cambiado tanto… ¿Qué obra de teatro le recomendaría a Cifuentes? Educando a Rita (risas). Nombraría ministro de Cultura a José Luis Gómez, director de La Abadía, porque es un hombre que ha defendido la cultura siempre por encima de todo. Su trayectoria y su profesionalidad lo ha demostrado firmemente. ¿Un SMS para Rajoy? Ay… le diría “por favor, baja el IVA cultural en todos los aspectos, no sólo en la taquilla”.

La actriz Silvia Marsó protagoniza 24 horas en la vida de una mujer, en el Teatro Infanta Isabel.

La actriz Silvia Marsó protagoniza 24 horas en la vida de una mujer, en el Teatro Infanta Isabel. Jorge Barreno.