Fenómeno, el nuevo bar hi-fi en el Barrio Salamaca.

Fenómeno, el nuevo bar hi-fi en el Barrio Salamaca.

Reportajes gastronómicos

El auge de los bares hi fi: cómo el culto por la música se ha convertido en tendencia en la hostelería

Los cócteles y vinilos como fórmula de la alta fidelidad se instauran como nuevo modelo de negocio en el ocio y restauración.

Más información: La primera coctelería en Madrid, recomendada por el New York Times, que abre de lunes a viernes

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La melomanía se ha instaurado en la hostelería, ¿o ha sido al revés?. Sin entrar en discusiones de que vino antes —si el huevo o la gallina— ambas artes han construido caminos y trayectorias independientes que en más de una ocasión se han dado la mano.

Bien con la presencia de oferta gastronómica en festivales o, por el contrario, de actuaciones improvisadas en restaurantes, cafés o bares, por poner solo algunos ejemplos.

Ahora, lo que parecía ser tendencia hace un año, se ratifica como un modelo de negocio que se ha instaurado y consolidado: los bares hi-fi, establecimientos que cuidan tanto la estética como la propuesta de la música que complementa la experiencia culinaria.

Pero, en realidad, esto no es nada nuevo. La “moda” de los hi‑fi bars viene de la cultura de los listening bars japoneses, que a su vez descienden de los jazz kissa y ongaku kissa surgidos en Japón desde los años 20–50.

Hay que remontarse a 1926, cuando abre en Shibuya el Meikyoku Kissa Lion, considerado uno de los primeros cafés de escucha de música (ongaku kissa), donde se iba a oír discos en silencio porque los equipos y vinilos eran carísimos.

Tras la Segunda Guerra Mundial se popularizan los jazz kissa: pequeños cafés con sistemas de sonido de alta fidelidad y grandes colecciones de jazz, concebidos como espacios casi “de cine” para escuchar LPs, no para socializar.

De esa tradición nacen los listening bars o hi‑fi bars japoneses: bares con altavoces potentes, vinilo, iluminación baja y una etiqueta de “hablar menos, escuchar más".

Ahora, la búsqueda de un ocio más tranquilo y la tendencia “experience dining” ha hecho que estos negocios aparezcan casi a borbotones, sobre todo por las calles de Madrid. Solamente en los últimos meses en la capital han abierto sus puertas otros tres.

Espacios como El Willy HIFI, en el barrio de Justicia, encarnan esta filosofía con radical coherencia: aquí no se viene a escuchar música de fondo, sino a escuchar música. Su sistema de sonido, desarrollado como si fuera parte de la arquitectura, y su apuesta exclusiva por el vinilo convierten cada sesión en un ejercicio de atención plena.

Una mesa y vinilos en Willy HIFI.

Una mesa y vinilos en Willy HIFI.

La propuesta no se limita al sonido. La coctelería, diseñada por el propio DJ residente, sigue la misma lógica narrativa que una sesión musical: equilibrio, progresión y tensión. El resultado es una experiencia sensorial donde cada elemento —desde la iluminación hasta la textura de los materiales— está al servicio de la escucha.

En Fenómeno, en el barrio de Salamanca, la propuesta adquiere una escala mayor pero mantiene la misma obsesión. Sus 400 metros cuadrados están diseñados como un recorrido sensorial donde el sonido —distribuido a través de un complejo sistema de altavoces artesanales— envuelve al cliente sin imponerse.

La barra de Fenómeno.

La barra de Fenómeno.

La curaduría musical, trabajada durante más de un año, huye del algoritmo y apuesta por el criterio humano. Funk, disco y sonidos contemporáneos se entrelazan en sesiones que evolucionan con la noche.

Mientras tanto, la barra opera con la misma precisión técnica: coctelería de laboratorio, recetas afinadas y una propuesta gastronómica pensada para compartir sin interrumpir la escucha.

Algo así ocurre en Planta Baja, la coctelería de Juan D'Onofrio, el chef y propietario de Chispa Bistró, y el el bartender Kevo Jacoby, a pocos pasos de Cibeles. La propuesta  se completa con una selección de platos fríos de Chispa, con opciones como magret de pato, vitello tonnato o bresaola, pensadas para acompañar su oferta de bebidas.

 Su sistema de sonido ha sido renovado junto a Admire Audio, incorporando tecnología HI-END que ofrece mayor calidad, calidez y definición, haciendo de la escucha un elemento protagonista que cobra fuerza especialmente los viernes y sábados con sesiones de DJ orientadas a crear comunidad y una identidad cultural propia, donde la música no es solo ambiente, sino parte central de la experiencia.

Entre la pista y el recogimiento

Pero no todos los espacios hi-fi apuestan por la misma intensidad contemplativa. Barco Sound House, heredero de la mítica sala BarCo, combina la escucha de alta fidelidad con sesiones en vivo y una programación ecléctica que va del jazz al techno.

La nueva sala BarCo.

La nueva sala BarCo.

Aquí, el sonido también se siente, pero se comparte desde una energía más abierta, más cercana a la pista que al templo. Cuenta con un carta de picoteo pensada para compartir y la visión creativa de los socios de Mateo Honten.

En paralelo, surgen conceptos híbridos como LAZO, que integran la música dentro de ecosistemas creativos más amplios: café, coworking, galería o espacio cultural.

LAZO, café de día, vinos de noche.

LAZO, café de día, vinos de noche.

En este esquinazo que abrió sus puertas hace menos de un mes en Arganzuela, el hi-fi no es necesariamente el eje único, pero sí un lenguaje más dentro de una nueva forma de entender la hostelería. En su café, el vinilo está siempre puesto pero los fines de semana se pone a los mandos un DJ residente.

De la taza al tocadiscos

En paralelo, proyectos como Proper Sound —impulsado por los creadores de Toma Café— llevan el concepto hacia un terreno más íntimo. Nace en un lugar poco convencional: el antiguo tostador de café del proyecto, reconvertido en espacio de escucha.

Este listening bar recupera el espíritu original japonés: vinilo, equipos de alta fidelidad y una selección musical curada directamente por quienes están detrás de la barra. Aquí se viene, ante todo, a escuchar.

Toma Café fue uno de los proyectos que cambió la forma de consumir café en la ciudad, introduciendo conceptos como origen, tueste o método. Hoy, esa misma lógica se traslada al sonido: entender qué se escucha, cómo se escucha y por qué. Igual que aprendimos a distinguir un buen espresso, ahora empezamos a apreciar la diferencia entre oír y escuchar.

¿Moda o cambio de paradigma?

Lo que hace apenas un año parecía una tendencia incipiente se ha consolidado como modelo de negocio. La clave está en su capacidad para responder a una demanda creciente: la de un ocio más pausado, más consciente, donde la experiencia importa tanto como el producto.

Quizá ahí resida su éxito. No en la nostalgia del vinilo ni en la sofisticación técnica, sino en su capacidad para transformar algo cotidiano en un acto de atención. Porque, en estos espacios, la música ya no suena: se convierte en el verdadero plato principal.