Hombre sosteniendo a su gato.

Hombre sosteniendo a su gato. Freepik

Ciencia

La psicología dice que las personas que ven a su gato como un hijo tienden a interpretar peor sus emociones

Tu gato puede ser familia, pero no una persona: atribuirle celos o venganza puede llevar a errores de convivencia.

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Las claves

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Un estudio con más de 1.800 propietarios de gatos en Países Bajos revela que quienes ven a sus gatos como hijos tienden a interpretar peor sus emociones.

Humanizar a los gatos lleva a atribuirles emociones y motivaciones humanas, lo que puede causar errores en la interpretación de su lenguaje corporal.

Considerar al gato un miembro de la familia aumenta el cuidado y la atención, pero puede dificultar la comprensión real de sus necesidades y comportamientos.

Malinterpretar las señales felinas puede afectar negativamente el bienestar del gato y la relación con su dueño, según advierte la literatura científica.

Para muchas personas, llamar “mascota” a su gato parece casi quedarse corto. Duerme con ellas, ocupa un lugar importante dentro de la familia y no es extraño escuchar expresiones como “es mi hijo” o “es mi mejor amigo”. Ese vínculo puede ser enormemente positivo, pero la psicología ha encontrado una pequeña paradoja: cuanto más humanizamos al animal, más fácil puede resultar interpretar algunas de sus señales desde una perspectiva que no es la suya.

Un estudio publicado en Applied Animal Behaviour Science analizó esta cuestión con más de 1.800 propietarios de gatos de los Países Bajos. Los investigadores querían saber si la manera en la que las personas definían su relación con el animal estaba asociada con cómo interpretaban sus emociones.

Los resultados muestran hasta qué punto se han difuminado las fronteras entre mascota y familia. Un 52% describía al gato como miembro de la familia, alrededor de un 27% como un hijo y un 6% como su mejor amigo. Solo aproximadamente el 14% escogía simplemente la categoría de mascota.

Después, los participantes tuvieron que responder qué emociones creían que podían experimentar los gatos y observar una serie de siete fotografías. Cuatro imágenes contenían señales consideradas suficientemente fiables para identificar un estado emocional. Las otras tres eran deliberadamente neutras.

Ahí apareció una diferencia llamativa. Los propietarios que describían su relación con el gato utilizando roles propios de las relaciones humanas tendían con mayor frecuencia a atribuir emociones también a las fotografías neutras. Además, eran más propensos a pensar que los gatos experimentaban emociones sociales complejas como celos o compasión.

Un miembro de la familia

Por el contrario, las personas que tenían una percepción más ajustada de las capacidades emocionales conocidas de los gatos acertaban mejor al identificar las fotografías que realmente contenían señales emocionales.

El problema no es querer al gato, sino convertirlo mentalmente en una persona Los investigadores no concluyen que tratar al gato como un hijo sea malo ni que estas personas desconozcan necesariamente a sus animales.

Lo que encontraron es una asociación entre una visión más antropomórfica y una menor precisión al interpretar ciertas señales emocionales. El estudio tampoco permite demostrar que una cosa provoque directamente la otra.

El antropomorfismo consiste precisamente en atribuir características, intenciones o emociones humanas a seres que no lo son.

Puede tener una cara positiva. Considerar al gato un miembro de la familia puede aumentar el interés por su bienestar, la disposición a proporcionarle cuidados veterinarios y la preocupación por sus necesidades. Pero también puede conducir a errores cuando utilizamos nuestras propias emociones para explicar automáticamente su comportamiento.

Una revisión sobre este fenómeno advierte de que interpretar a los animales desde una perspectiva exclusivamente humana puede llevar a atribuirles motivaciones que no se corresponden con lo que realmente está ocurriendo.

Un gato que araña un sofá, por ejemplo, no tiene por qué estar “vengándose” porque su dueño haya salido de casa. Un animal que evita un abrazo tampoco está necesariamente rechazando afectivamente a la persona.

La diferencia está en que los gatos utilizan su propio lenguaje corporal. La posición de las orejas, la tensión corporal, los ojos, los bigotes, la cola o la distancia que mantienen respecto a una persona pueden aportar información sobre su estado. El contexto resulta además fundamental: una misma señal aislada no siempre significa exactamente lo mismo.

De hecho, comprender ese lenguaje no es tan sencillo como parece. Una revisión sobre los mitos asociados al comportamiento felino recoge investigaciones en las que muchos propietarios tenían dificultades para reconocer señales de estrés. En uno de los trabajos citados, un 57% no identificaba la agresividad como una posible manifestación de malestar.

Estas equivocaciones pueden tener consecuencias prácticas. Si una persona interpreta un comportamiento como desafío, maldad o venganza, puede responder castigando al animal cuando lo que existe detrás es miedo, estrés, frustración o una necesidad ambiental no cubierta. La literatura científica advierte de que este tipo de malentendidos puede terminar deteriorando tanto el bienestar del gato como la relación con su propietario.

Otra investigación sobre la percepción que los propietarios tienen de sus gatos ya había observado que definirlos como hijos o mejores amigos estaba relacionado con determinadas expectativas sobre su comportamiento y con diferencias en la manera de organizar su entorno y relacionarse con ellos.

Precisamente cuanto más importante sea el animal para su propietario, más útil resulta aprender cómo comunica realmente miedo, comodidad, estrés o ganas de interacción. Porque un gato puede ocupar el lugar de un hijo dentro de una familia, pero sigue viendo y expresando el mundo como un gato.