María Jesús Montero, Miembro del Congreso de los Diputados de España.
Durante muchos años, el Partido Socialista Obrero Español no se limitó a exhibir una maquinaria electoral y desempeñó el papel de representar una idea de ascenso social, modernización y orgullo político para amplias capas populares. No se trataba únicamente de conservar poder: era expresar la aspiración histórica de transformación. Hoy, sin embargo, ese impulso ha desaparecido.
Tras las elecciones andaluzas del 17 de mayo, la imagen que transmite el socialismo andaluz (y el nacional) no es el de una organización herida pero combativa, sino el de una estructura resignada, instalada en una preocupante pobreza de ambición política. Y no me refiero a la actitud de su jefe/amo, sino a la del partido como organización con supuesta capacidad de reacción. Se diría que el objetivo ya no es conquistar la mayoría social, sino simplemente resistir, administrar la derrota y sobrevivir orgánicamente.
La decrepitud de un partido rara vez comienza por los resultados electorales. Empieza antes: cuando pierde la voluntad de disputar el relato colectivo de una sociedad. Y eso es precisamente lo que parece haber ocurrido. El PSOE ha dejado de hablar el lenguaje de las aspiraciones sociales. Ya no transmite un horizonte reconocible de cambio ni una idea movilizadora, ni siquiera una narrativa clara sobre qué proyecto de sociedad desea construir.
El conformismo se ha convertido en doctrina. Perder es algo normal. Se minimizan los retrocesos históricos. Se muestra como razonable lo que hace unos años se habría interpretado como un severo fracaso político. Desaparece la autocrítica y se sustituye por un discurso a la defensiva, burocrático y emocionalmente desmovilizador.
Aparece un fenómeno muy llamativo: la desaparición del orgullo político. El viejo socialismo podía ser discutible, excesivo o incluso clientelar en ocasiones, pero poseía una enorme autoestima colectiva. Hoy esa convicción parece sustituida por una actitud timorata y acomplejada, incapaz de generar ilusión incluso entre sus propios votantes.
La pobreza de espíritu político no consiste únicamente en carecer de líderes carismáticos. Es algo más profundo: la incapacidad de imaginar victorias. Un partido deja de ser verdaderamente competitivo cuando interioriza psicológicamente la derrota como estado natural. Y esa sensación se empieza a apoderar de una buena parte de la cultura interna socialista.
Mientras otras fuerzas políticas, con mayor o menor acierto, construyen discursos emocionales y ambiciosos, el PSOE parece atrapado en una severa melancolía. Gestiona recuerdos, invoca su historia y apela a sus siglas. Pero apenas ofrece un impulso nuevo reconocible.
La paradoja resulta dolorosa para muchos votantes progresistas: nunca se ha necesitado tanto una posición fuerte, moderna y con ambición de mayoría, y sin embargo el principal partido de la izquierda transmite una imagen de agotamiento psicológico y conformismo estratégico.
La historia política demuestra que los partidos no desaparecen cuando pierden elecciones, sino cuando dejan de creer que pueden volver a ganarlas. Ese es hoy el gran riesgo del PSOE: no la derrota electoral, sino la renuncia a la ambición.
Convertir en “victoria” la simple pérdida de la mayoría absoluta del adversario revela una rebaja drástica de las propias expectativas políticas. El síntoma más revelador de esta decadencia anímica quizá sea la forma en que el PSOE ha interpretado los resultados. Que el principal motivo de satisfacción consista en que el Partido Popular haya perdido la mayoría absoluta dice mucho más del estado psicológico del socialismo que cualquier análisis demoscópico. Un partido con vocación de mayoría de gobierno parece conformarse ahora con celebrar el desgaste ajeno. Ya no mide el éxito por su capacidad de conquistar una mayoría social propia, sino por limitar parcialmente la fuerza del adversario. Y esa diferencia no es menor: marca el tránsito entre una organización con vocación de liderazgo y otra instalada en la cultura de la resignación.
La verdadera crisis del PSOE no reside únicamente en sus resultados electorales, sino en la rebaja de sus horizontes políticos. Cuando un partido histórico celebra como gran noticia que otro deje de tener mayoría absoluta, está admitiendo implícitamente que ya no se siente capaz de disputar el poder de verdad. Y pocas señales describen mejor la pobreza de ambición de la organización política, en contraste con la desmesurada ambición del líder, cuyos intereses parecen divergir de los de la organización que dirige con mano de hierro.
Resulta significativo que buena parte del discurso posterior a las elecciones haya girado alrededor de la pérdida de la mayoría absoluta del Partido Popular. Sin duda, es un dato políticamente relevante. Pero convertirlo en principal motivo de satisfacción revela hasta qué punto el PSOE ha reducido sus expectativas. La ambición de gobernar ha sido sustituida por el consuelo de limitar al adversario.