El crowdfunding

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La hipocresía en el crowdfunding

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Vivimos en una sociedad llena de contradicciones que a veces parecen difíciles de entender. Por ejemplo, puede que en pocos días se movilicen miles de euros para abrir una nueva taberna o apoyar una campaña política, pero en cambio, a muchas familias les cuesta muchísimo conseguir dinero para que sus hijos con TDAH puedan recibir ayuda psicológica. Esto no es solo una historia anecdótica; revela una forma de valorar las cosas que está muy presente y que necesita ser cuestionada.

Las plataformas de crowdfunding han demostrado que la gente puede ser muy generosa cuando ve algo que le inspira o le interesa. Proyectos creativos que capturan la atención consiguen aún más financiamiento: un negocio con un concepto llamativo, una campaña política con un lema pegajoso o un videojuego que evoca nostalgia. Estas causas hacen que nuestras carteras se abran con facilidad y rapidez. Pero ¿por qué son tan atractivas? Su éxito está en que satisfacen necesidades inmediatas: el entretenimiento, el sentido de pertenencia o simplemente la emoción de apoyar algo que creemos importante, aunque sea por un momento. Cuando financian una taberna, muchas personas sienten que se unen a un impulso colectivo, una especie de recompensa emocional que, aunque temporal, les llena.

Mientras tanto, muchas familias enfrentan día a día la lucha contra el TDAH. Además del daño emocional, se enfrentan a la exclusión social, baja autoestima, ansiedad o incluso depresión. Los padres hacen enormes esfuerzos para poder pagar terapias privadas porque las listas en el sistema público suelen ser largas, a veces meses o años. Aunque cerca del 5% de los niños tienen TDAH, solo algunos pueden acceder a un tratamiento completo. La terapia psicológica, que es clave para manejar la condición y fortalecer la confianza en uno mismo, cuesta entre 60 y 120 euros por sesión. Para una familia promedio, ese gasto puede volverse insostenible rápidamente. Sin embargo, las campañas para apoyar a niños con TDAH rara vez logran captar la atención o el dinero que merecen. ¿Por qué? Porque, al final, el dolor humano no genera tantas ventas o atención como sí lo hacen las historias de negocios innovadores o la promesa de un eurodiputado que promete cambiar Bruselas.

Parece que nuestra empatía funciona según reglas económicas. Nos motivamos más ante causas que nos entregan algo tangible: un producto, una experiencia o el reconocimiento social de haber apoyado algo 'genial'. Pero, ¿qué se obtiene al costear la terapia de un niño con TDAH? Solo la satisfacción personal de haber ayudado a alguien que lo necesita. Para muchos, esto no es tan llamativo como participar en una campaña política llamativa o en un proyecto cultural. A esta lógica, se suma un hecho incómodo: tendemos a priorizar lo que nos beneficia, aunque sea mínimamente, en lugar de lo que solo ayuda a otros.

Escoger esta forma de actuar tiene consecuencias graves. La negligencia puede generar un futuro lleno de problemas, como menores posibilidades de mantenerse en la escuela, problemas de conducta, consumo problemático de sustancias y dificultades para conseguir un buen trabajo en la adultez. La carga social y económica que esto genera se vuelve mucho más grande con el tiempo. Por eso, invertir en el tratamiento temprano de los niños con TDAH puede cambiar vidas, traer beneficios duraderos para toda la comunidad y reducir estos costos futuros. No se trata de decir que no valen recursos para un bar o campañas políticas, que también pueden tener beneficios sociales y económicos. El problema está en cómo priorizamos y en ese desequilibrio que nos lleva a gastar más en cosas que no son tan importantes y a ignorar lo que realmente necesita ayuda.

Necesitamos crear una cultura de donación más consciente, que combine la satisfacción personal con un impacto real en la sociedad. Para lograr esto, hay que informarse mejor sobre las necesidades reales de nuestra comunidad y evaluar nuestros impulsos de dar por dar, sin pensar demasiado.

La gran pregunta es: ¿Qué tipo de sociedad queremos ser? ¿Una que celebra cada nuevo negocio y olvida el silencio y el sufrimiento de los niños que luchan por entenderse a sí mismos? ¿O una que realmente mide su prosperidad en cómo trata a los más vulnerables?

La respuesta no solo nos define ahora, sino también quiénes seremos en el futuro.